Capítulo 7 – Ofrendas Ardientes

•5 julio 2010 • 8 comentarios

Hacer de niñera de los hombres lobos me había retrasado para mi cita. Con el tiempo que me había llevado leer el archivo de McKinnon, se me había hecho aún más tarde, pero si había un incendio esa noche, sería embarazoso si no estaba preparada. Aprendí dos cosas del archivo. Una; que todos los incendios habían sido provocados después del anochecer, lo que al instante me hacía pensar en vampiros. Salvo que los vampiros no podían provocar incendios. No era una de sus capacidades. De hecho, el fuego era una de las cosas que más temían. Ah, había visto a algunos vampiros que podían controlar pequeñas llamas. Encender o apagar la llama de una vela, trucos de salón, pero el fuego era un elemento de pureza. La pureza y los vampiros no se mezclaban. Lo segundo que aprendí del archivo consistía en que no sabía mucho sobre incendios en general o incendios provocados en particular. Iba a necesitar un libro o una buena clase.

Jean-Claude había hecho reservas en Demiche’s, un restaurante muy agradable. Había tenido que correr a casa, a mi nueva casa alquilada, y cambiarme. Se me había hecho lo bastante tarde para que quedáramos en encontrarnos en el restaurante. El problema con estas citas románticas era dónde colocar mis armas. Los vestidos provocativos eran el último desafío para llevar armas ocultas.

La ropa formal la escondía más, pero hacía que fuera más difícil el sacar el arma. Cualquier forma ajustada lo hacía difícil. Esa noche llevaba puesto un vestido ceñido con aberturas altas a ambos lados, me aseguré que las medias fueran negras, y la ropa interior de encaje negro. Me conocía lo suficiente como para saber que alguna vez, durante la noche, me olvidaría y enseñaría la ropa interior. Y si tenía que sacar el arma, seguramente la mostraría. Entonces, ¿por qué usarla? Respuesta: llevaba una pistola Firestar de 9mm metida dentro de un ceñidor.

El ceñidor era una correa elástica colocada por encima de la ropa interior, pero bajo la ropa de calle. Estaba diseñada para usarse bajo una chaqueta de traje con botones bajos. Levantabas la chaqueta con la mano libre, sacabas el arma, y voilà, comenzabas a disparar. La faja no se llevaba bien bajo la mayoría de ropa de vestir porque tenías capas de tela que levantar antes de poder alcanzar el arma. Era mejor que nada, pero sólo si el tipo malo era paciente. Pero ese vestido, todo lo que tenía que hacer era introducir mi mano por una de las rajas. Tenía que sacar el arma bajo el ceñidor, y de debajo del vestido, no era lo suficientemente rápido, pero no estaba tan mal. Tampoco funcionaba con un vestido especialmente ajustado. Nadie ganaba peso en forma de arma.

Había encontrado un sujetador sin tirantes que conjuntaba con las bragas negras, así que, una vez que me quitara el arma y el vestido, llevaría lencería. Los zapatos eran de tacón, más alto de lo que aceptaría normalmente, pero era eso o recortar el vestido. Y ya que me negaba a coser, serían los tacones.

El inconveniente principal de los vestidos de tirantes consistía en que mostraba todas mis cicatrices. Pensé en comprar una chaqueta corta para cubrirlas, pero no era un vestido para llevarla. Así que, pasaba. Jean-Claude había visto las cicatrices antes, y la poca gente lo bastante grosera como para echar un segundo vistazo podía tener una buena vista.

Me sabía maquillar bastante bien; sombra de ojos, colorete, barra de labios. La barra de labios era roja, muy, muy roja. Pero tenía el color adecuado para ella. Piel pálida, pelo rizado y negro, ojos marrones. Con todos los contrastes y colores fuertes, la barra de labios rojo brillante iba a juego. Me sentía muy elegante, hasta que vi a Jean-Claude.

Estaba sentado a la mesa, esperándome. Lo vi desde la entrada, aunque el maître se encontraba como a dos personas por delante de mí. No me importaba. Disfrutaba de la vista.

El pelo de Jean-Claude era negro y rizado, pero le había hecho algo, así es que estaba recto y liso, cayéndole por delante de los hombros y rizándose en las puntas. Su cara parecía aún más delicada, como la porcelana fina. Era hermoso, no atractivo. No estaba segura de qué era lo que salvaba su cara de ser femenina; alguna línea en su mejilla, la curva de su mandíbula, algo. Nunca le confundirías con algo que no fuera masculino. Estaba vestido de azul marino, un color con el que nunca le había visto. La chaqueta corta de tela brillante, casi metálica, estaba cubierta con encaje negro en un patrón de flores. La camisa llevaba sus típicos volantes, era una camisa de 1600, pero era de un rico y azul exquisito, hasta el montón de volante que subían por su cuello hasta enmarcar su cara y salían por debajo de las mangas de la chaqueta hasta cubrir la mitad superior de sus blancas y delicadas manos.

Sostenía una copa vacía en su mano, haciendo girar el tallo de vidrio entre sus dedos, mirando la luz a través del cristal. No podía beber vino más que un sorbo de vez en cuando, y se lamentaba.

El maître me condujo por entre las mesas hacia él. Alzó la vista, y el ver su cara completa, hizo que mi pecho se cerrara, y de repente fuera difícil respirar. El azul, tan próximo a su cara, hacía sus ojos más azules de lo que los había visto alguna vez, no era el color del cielo a medianoche, era azul cobalto, el color de un buen zafiro. Pero ninguna joya tendría alguna vez esa carga de inteligencia, de oscuro conocimiento. La mirada en sus ojos cuando me vio caminar hacia él, me hizo temblar. No de frío, no de miedo. De anticipación.

Con los tacones y con las aberturas a ambos lados del vestido, tenía arte al andar. Tenías que lanzarte, retroceder, encorvarte, balanceando las caderas al caminar, o el vestido se enredaría en tus piernas y los tacones en tus tobillos. Tenías que andar como si supieses que podías llevarlo puesto y parecer maravillosa. Si dudabas o vacilabas, caerías al suelo y te convertirías en calabaza. Después de años de incapacidad para llevar tacones y vestidos, Jean-Claude me había enseñado en un mes lo que mi madrastra no pudo en veinte años.

Él se puso de pie, y no me importó, aunque una vez me enfadé en una cita en una fiesta de promoción, porque lo hacía para cualquier chica de la mesa. Uno, había madurado desde entonces; dos, así podría ver el resto del traje de Jean-Claude.

Los pantalones eran de lino negro, ajustado a su liso y perfecto cuerpo. Por la forma, sabía que no había nada bajo los pantalones, salvo él. Las botas negras abrazaban sus piernas hasta las rodillas. Eran de suave cuero, parecida al seda; arrugada y blanda.

Se deslizó hacia mí y le observé acercarse. Todavía estaba algo asustada de él. Con miedo de cuánto lo quería. Parecía un conejo atrapado ante las luces de un coche, congelado, esperando que llegara la muerte. ¿Pero latía el corazón del conejo más y más rápido? ¿Llegaba su aliento ahogado a su garganta? ¿Era esa ansiedad por el miedo o sólo por la muerte?

Envolvió sus brazos alrededor de mí, acercándome. Sus pálidas manos estaban calientes cuando se deslizaron por mis brazos desnudos. Se había alimentado esa noche, había robado el calor de alguien. Pero ellos habían querido hacerlo, estarían hasta impacientes. El Amo de la Ciudad nunca mendigaba donantes. La sangre era el único fluido corporal que no compartiría con él. Deslicé mis manos sobre la seda de su camisa, por debajo de la chaqueta corta. Quería acomodar mi cuerpo contra su calor robado. Quería pasar mis manos por la rugosidad del lino, contrastando con la suavidad de la seda. Jean-Claude siempre era un sensual banquete, hasta con ropa.

Besó mis labios ligeramente. Habíamos aprendido que la barra de labios desaparecía. Entonces inclinó mi cabeza a un lado y respiró a lo largo de mi cara, por mi cuello. Su aliento era como una ráfaga de fuego recorriendo mi piel. Habló, sus labios justo encima del firme pulso de mi cuello.

―Estás preciosa ésta noche, ma petite. ―Presionó sus labios contra mi piel, suavemente.

Solté un suspiro entrecortado y me aparté de él.

Ese era un saludo entre vampiros, colocar un ligero beso encima del pulso de la garganta. Era un gesto reservado para los amigos muy íntimos. Mostraba gran confianza y afecto. Rechazarlo, significaba que estabas enfadado o desconfiabas. Todavía me parecía demasiado íntimo para hacerlo en público, pero le había visto usarlo con otros y también había visto empezar peleas por un rechazo. Era un viejo gesto que volvía a estar de moda. De hecho, se había vuelto un saludo chic entre artistas y otros del mismo tipo. Suponía que era mejor que los besos al aire cerca de la cara.

El maître sostuvo mi silla. Le indiqué que se fuera. No era feminismo, era falta de gracia. Nunca lograba colocarme a la mesa sin que la silla golpeara mis piernas o estar tan lejos de la mesa que tenía que terminar arrastrando la silla por mi cuenta. Así que al diablo con él, lo haría yo misma.

Jean-Claude me observó luchar con el asiento, sonriendo, pero no se ofreció a ayudarme. Al final, al menos había conseguido librarme de eso. Él se sentó en su propia silla con un elegante descenso. Era un movimiento casi afectado, pero se asemejó más a un gato. Incluso en reposo, había un potencial muscular bajo la piel, una presencia física que era completamente masculina. Solía pensar que era un truco de vampiros. Pero era, simplemente, él.

Sacudí mi cabeza.

―¿Qué ocurre, ma petite?

―Me sentí elegante hasta que te vi. Ahora parezco una de las hermanastras feas.

Chasqueó la lengua.

―Sabes que eres preciosa, ma petite. ¿Tendré que alimentar tu vanidad diciéndote cuánto?

―No estaba a la pesca de elogios ―gesticulé hacia él y sacudí mi cabeza otra vez―. Estás asombroso esta noche.

Él sonrió, inclinando su cabeza a un lado, haciendo que su pelo cayera hacia delante.

Merci, ma petite.

―¿Te has hecho una permanente lisa? ―pregunté―. Se ve genial ―añadí de prisa, y lo hacía, pero esperaba que no fuera tan permanente como una permanente rizada.

Amaba sus rizos.

―Si lo fuera, ¿qué dirías?

―Si lo fuera, te lo acabo de decir. Ahora estás burlándote de mí.

―¿Lamentarías la pérdida de mis rizos? ―preguntó.

―Podría devolverte el favor ―contesté.

Abrió los ojos con fingido horror.

―No tu suprema gloria, ma petite, mon Dieu. ―Se reía de mí, pero estaba acostumbrada.

―No sabía que pudiera llevarse tan apretado el lino ―indiqué.

―Y  yo  no sabía que podrías esconder un arma bajo tan a… ajustado vestido. ―Su sonrisa se agrandó.

―Mientras no abrace a nadie, no lo sabrán.

―Muy cierto.

Llegó un camarero y nos preguntó qué queríamos beber. Pedí agua y Coca-Cola. Jean-Claude rehusó. Si pudiera haber pedido algo, habría sido vino.

Atrajo su silla hasta sentarse casi a mi lado. Cuando llegara la comida, se movería hasta su sitio, pero elegirla era parte del entretenimiento de la noche. Me había llevado a cenar en varias citas, para comprender lo que quería Jean-Claude, o casi necesitaba. Era su siervo humano. Portaba tres de sus marcas. Uno de los efectos secundarios de la segunda señal era que podía tomar sustento a través de mí. Si teníamos que hacer un largo viaje por mar, no habría tenido que alimentarse de nadie del barco. Podía vivir a través de mí durante un tiempo. También podía probar la comida a través de mí.

Por primera vez en casi cuatrocientos años, podía probar la comida. Tenía que comerlo por él, pero él podía disfrutar de una comida. Era trivial, comparado con algunas otras cosas que había ganado con la vinculación, pero era lo que pareció complacerle más. Pedía la comida con una ilusión casi infantil y me miraba comerlo, saboreándolo igual que yo. En privado, rodaría de espaldas como un gato, sus manos presionadas en su boca, como si tratase de exprimir cada sabor. Era lo único que le hacía verse gracioso. Era magnífico, sensual, pero raramente gracioso. Ya había ganado dos kilos en seis semanas comiendo por él.

Deslizó su brazo sobre el respaldo de mi silla, y leímos juntos el menú. Se inclinó lo bastante cerca para que su pelo acariciara mi mejilla. El olor de su perfume, «oh, lo siento», colonia, acarició mi piel. Aunque si lo que Jean-Claude llevaba puesto era colonia, entonces Brut era un insecticida.

Alejé mi cabeza de la caricia de su cabello, principalmente porque la sensación de tenerlo tan cerca era en todo lo que podía pensar. Tal vez, si hubiese aceptado su invitación de vivir con él en el Circo de los Malditos, parte de ese calor se habría disipado. Pero había alquilado una casa en tiempo récord en mitad de la nada, así mis vecinos no estarían en la línea de tiro, que era el motivo por el cual había dejado mi último apartamento. Odiaba la casa. No era chica de casas. Era chica de apartamentos. Pero en los apartamentos había vecinos.

El encaje de su chaqueta parecía áspero contra mis hombros casi desnudos. Colocó su mano sobre mi hombro, rozando mi piel con sus yemas. Su pierna acarició mi muslo y comprendí que no había oído ni una maldita cosa de lo que me había dicho. Era embarazoso.

Dejó de hablar y me miró, me miró fijamente a unos centímetros de mí, con aquellos extraordinarios ojos.

―Te he especificado mi selección del menú. ¿Has oído algo de lo que he dicho?

―Lo siento. ―Sacudí mi cabeza.

Se rió, y se filtró sobre mi piel, al igual que su aliento, cálido y escurridizo, sobre mi cuerpo. Era un truco vampiro, pero a baja escala, y se habían convertido en los juegos preliminares públicos. En privado hacíamos otras cosas.

―Sin disculpas, ma petite. Sabes que me gusta que me encuentres… embriagador ―susurró contra mi mejilla.

―Ve a sentarte a tu lado de la mesa. Ya has estado aquí el suficiente tiempo para saber lo que quieres. ―Se rió otra vez y yo le aparté.

Movió diligentemente su silla hacia atrás, hasta ocupar lugar.

―Tengo lo que quiero, ma petite.

Tuve que bajar la mirada para no fijarme en sus ojos. El calor subió sigilosamente por mi cuello, por mi cara, y no pude detenerlo.

―Si  lo  que  quieres  decir  es  qué  quiero  comer,  es una pregunta diferente ―dijo él.

―Eres un dolor en el culo ―aseguré.

―Y en tantos otros sitios ―respondió.

No pensé que pudiera sonrojarme más. Me equivoqué.

―Para.

―Adoro el hecho de que pueda hacerte sonrojar. Es encantador.

El tono de su voz me hacía sonreír a pesar de mí misma.

―Esto no es un vestido para estar encantadora. Yo aspiraba a atractiva y sofisticada.

―¿Es que no puedes estar encantadora, tanto como atractiva y sofisticada? ¿Hay alguna regla que impida ser las tres cosas?

―Hábil, muy hábil ―indiqué.

Abrió sus ojos ampliamente, intentando parecer inocente, y falló. Era muchas cosas, pero inocente no era una de ellas.

―Ahora, empecemos a negociar la comida ―dije.

―Lo haces sonar como un trabajo.

Suspiré.

―Antes de que llegaras, pensaba que la comida era algo que comías para no morirte. Nunca estaré tan atraída por la comida como tú. Contigo es casi un fetiche.

―Apenas un fetiche, ma petite.

―Una afición, entonces.

―Quizás ―afirmó.

―Tan sólo dime lo que te gusta del menú, y negociaremos.

―Todo lo que pido es que lo pruebes. No tienes que comerlo.

―No, se acabó esa mierda de degustación. He ganado peso. Nunca cojo peso.

―Has ganado dos kilos, según dices. Aunque he buscado afanosamente ese fantasma de los dos kilos y no he podido encontrarlo. Eso hace que tu magnífico peso total sea de cincuenta kilos, ¿cierto?

―Así es.

―Oh, ma petite, estás cada vez más gigantesca.

Le miré, y no fue una mirada amistosa.

―Nunca bromees con una mujer sobre su peso, Jean-Claude. Al menos no en el americano siglo XX.

Extendió las manos.

―Mis más sinceras disculpas.

―Cuando pides perdón, intenta no sonreír al mismo tiempo. Estropea el efecto ―comenté.

Su sonrisa era tan amplia que me permitió ver un poquito de un colmillo.

―Trataré de recordarlo para el futuro.

El camarero volvió con mis bebidas.

―¿Quiere usted pedir o necesita unos minutos?

Jean-Claude me miró.

―Unos minutos.

La negociación comenzó.

Veinte minutos más tarde necesitaba otra Coca-Cola, y ya sabíamos lo que queríamos. El camarero volvió, pluma alzada, esperanzador.

Había ganado en lo del aperitivo, así que no había ninguno. Había renunciado a la ensalada y le había permitido la sopa. Sopa de puerro y patatas, oye, no era un examen. Los dos queríamos el filete.

―Un pequeño corte ―le indiqué al camarero.

―¿Cómo lo quiere de hecho?

―La mitad bien hecho, la otra mitad medio crudo.

El camarero parpadeó.

―¿Perdone, señora?

―Es un corte de 250gr., ¿verdad?

Asintió.

―Córtelo por la mitad y prepare 125gr. bien hechos, y los otros 125gr. medio crudas.

Me miró ceñudo.

―No creo que podamos hacer eso.

―Con estos precios, deberían sacar a la vaca y hacer un ritual de sacrificio encima de la mesa. Sólo hágalo. ―Le tendí el menú.

Él lo tomó. Todavía frunciendo el ceño, se giró hacia Jean-Claude.

―¿Y usted, señor?

Jean-Claude le concedió una pequeña sonrisa.

―No pediré nada esta noche.

―Entonces, ¿le gustaría tomar vino con la cena, , señor?

Nunca perdía un segundo.

―No bebo vino.

Derramé la Coca-Cola por todo el mantel. El camarero hizo todo lo posible menos la maniobra Heimlich[1]. Jean-Claude rió hasta que las lágrimas asomaron por las esquinas de sus ojos. En realidad, no podía asegurarlo con esa luz, pero sabía que las lágrimas estaban teñidas de rojo. Sabía que habría manchas rosáceas en la servilleta de lino cuando la frotara ligeramente sobre sus ojos. El camarero huyó sin haber entendido la broma. Mirando fijamente a través de la mesa, al sonriente vampiro, me preguntaba si la había entendido o era yo el blanco. Había noches en las que no estaba segura de por dónde caería la mierda.

Pero para cuando estiró su mano hacia mí sobre la mesa, ya lo había entendido. Definitivamente, era el blanco de la broma.



[1] La Maniobra de Heimlich, también llamada Compresión abdominal es un procedimiento de primeros auxilios para desobstruir el conducto respiratorio, normalmente bloqueado por un trozo de alimento o cualquier otro objeto. Es una técnica efectiva para salvar vidas en caso de asfixia por atragantamiento.

Capítulo 6 – Ofrendas Ardientes

•5 julio 2010 • Dejar un comentario

El sargento Rudolph Storr apareció antes de que los canguros peludos pudieran llegar. Le había llamado yo. Era el responsable de la Brigada Regional de Investigación Preternatural, BRIP o RIP. Mucha gente nos llama RIP, por Rest In Peace[1]. Oye, al menos saben quienes somos.

Dolph mide más de dos metros, con cuerpo de luchador, aunque no sólo es el tamaño físico lo que le hace impresionante. Había formado un equipo que se suponía era una broma para apaciguar a los liberales, y lo había hecho funcionar. El BRIP había solucionado más delitos preternaturales en los tres últimos años que cualquier otra unidad policial. Incluyendo al FBI. Dolph incluso había sido invitado para dar una conferencia en Quántico[2]. Nada mal para alguien a quien habían dado ese puesto como castigo. Dolph no era exactamente optimista, pocos policías lo son; pero si le dan limones, hace una limonada jodidamente buena.

Cerró la puerta detrás de él y me miró fijamente.

―El doctor dijo que mi detective estaba aquí. Ya lo veo.

―Nunca dije que fuera detective. Dije que estaba con la brigada. Asumieron el resto.

Sacudió la cabeza. El pelo negro le escondía hasta las puntas de las orejas. Se había retrasado con el corte de pelo.

―Si juegas a policías, ¿por qué no le gritaste al poli que supuestamente debía estar en esta puerta?

Le sonreí.

―Pensé en dejártelo a ti. Asumo que ya sabe que fue un niño muy malo.

―Me encargué de ello ―contestó Dolph.

Se quedó de pie en la puerta. Me quedé sentada en la silla. En realidad, había conseguido no sacar el arma. Estaba feliz por ello. Me observaba fijamente, lo bastante severo como para dañar sin tener un arma apuntándole.

―¿Qué ocurre, Anita?

―Sabes todo lo que sé ―contesté.

―¿Cómo llegaste a convertirte en Johnny-el-Duro[3]?

―Stephen me llamó.

―Cuéntame ―pidió.

Le conté. Incluso la parte de la prostitución. Quería que esto parara. Los polis son bastante buenos atajando delitos si les dices la verdad. Excluí algunas cosas, como que había matado al viejo alfa de los hombres leopardo. Fue lo único que excluí. Para mí fue casi lo mismo que ser sincera.

Dolph parpadeó y escribió todo en su fiel cuaderno.

―¿Dices que nuestra víctima permitió que alguien le hiciera eso?

Negué con la cabeza.

―No creo que sea así de simple. Creo que fue allí sabiendo que le encadenarían. Sabría lo del sexo y el dolor, pero no creo que supiera que iban a estar tan cerca de matarle. Los médicos tuvieron que ponerle sangre. Su cuerpo entraba en shock más rápido de lo que tardaba en funcionar.

―He oído de cambiaformas que han curado heridas peores que éstas ―comentó Dolph.

Me encogí de hombros.

―Algunas personas se curan mejor que otras, hasta entre los cambiaformas. Nathaniel está en los últimos puestos de la estructura de poder, según me han dicho. Tal vez, aparte de ser débil, no se cura bien ―extendí las manos―. No lo sé.

Dolph rebuscó entre sus notas.

―Alguien le dejó en la entrada de emergencias envuelto en una sabana. Nadie vio nada. Simplemente apareció.

―Nadie ve nunca nada, Dolph. ¿No es esa la regla?

Con eso me gané una pequeña sonrisa. Era agradable verla. Últimamente, Dolph no estaba muy contento conmigo. Había averiguado recientemente que salía con el Amo de la Ciudad. Y no le gustó. No podía confiar en alguien que socializaba con los monstruos. No podía culparle.

―Sí, es la regla. ¿Me estás diciendo todo lo que sabes sobre esto, Anita?

Levanté una mano haciendo el saludo scout.

―¿Te mentiría yo?

―Si eso sirve para tus propósitos, sí.

Nos observamos mutuamente. El silencio era tan denso que se podría caminar sobre él. Lo dejé asentarse. Si Dolph pensaba que iba a romper el silencio antes que él, estaba muy equivocado. La tensión entre nosotros no era por este caso. Era su rechazo a mi elección de citas. Ahora, su desilusión por mí estaba siempre presente. Urgente, pesada, esperando que pidiera perdón o dijera, «Caramba, sólo bromeaba». El hecho de que saliera con un vampiro hacía que confiara menos en mí. Lo entendía. Hace dos meses, incluso menos, habría opinado igual. Pero ahora se trataba de con quién, o con qué, estaba saliendo. Dolph y yo, ambos teníamos que aprender a llevarlo.

Y aún así era mi amigo, y le respetaba. Incluso estaba de acuerdo con él, pero si conseguía salir de este maldito hospital, tendría una cita con Jean-Claude esta noche. A pesar de mis dudas sobre Richard, moralidades en general y paseos con muertos, deseaba esa cita. Pensar en un Jean-Claude esperándome, hacía que mi cuerpo se tensase y calentase. Embarazoso, pero cierto. No creo que nada, salvo dejar a Jean-Claude, habría satisfecho a Dolph. No estaba segura de que fuese una opción, por muchos motivos. Así que me senté y miré a Dolph. Él me miró fijamente. El silencio se hizo más denso con cada tic-tac del reloj.

Un golpe en la puerta nos salvó. El oficial, ahora alerta en la puerta, susurró algo a Dolph. Éste afirmó con la cabeza y cerró la puerta. La mirada que me echó era aún menos amistosa, si eso era posible.

―El oficial Wayne dice que fuera hay tres parientes de Stephen. También dice que si son todos parientes, se comerá el arma.

―Dile que se retire ―dije―. Son miembros de la manada. Los hombres lobo consideran eso más próximo que la familia.

―Pero legalmente no lo son ―dijo Dolph.

―¿Cuántos de tus hombres quieres perder cuándo el siguiente cambiaformas atraviese esa puerta?

―Podemos dispararles tan bien como tú, Anita.

―Pero sin embargo tienes que avisarles antes de poder disparar, ¿verdad? Incluso tienes que tratarlos como personas en lugar de monstruos o acabarías delante del comité de evaluación.

―Los testigos dicen que tú le diste a Zane, sin apellidos, una advertencia.

―Me sentía generosa.

―Disparaste delante de testigos. Eso siempre te hace generosa.

Volvimos a observarnos el uno al otro. Quizás no se trataba sólo de salir con un vampiro. Quizá se trataba de que básicamente, Dolph era policía y comenzaba a sospechar que yo mataba humanos; asesinaba personas. La gente que me hería o me amenazaba, tenía tendencia a desaparecer. No muchos, pero suficientes. Y hace menos de dos meses que he matado a dos personas donde los cuerpos no podían ocultarse. Las dos veces en defensa propia. Nunca vi el interior de un tribunal. Ambos asesinos tenían historiales más largos que mi estatura. Las huellas digitales de la mujer habían coincidido con las del asesino de varios políticos que la Interpol tenía por ahí. En realidad, al ser asesinos de alto nivel nadie se apenó, al menos, no la policía.

Pero esto alimentó las sospechas de Dolph. Maldición, casi las confirmaban.

―¿Por qué me recomendaste a Pete McKinnon, Dolph?

Tardó tanto en responder que pensé que no iba a hacerlo, pero finalmente dijo:

―Porque eres la mejor en lo que haces, Anita. No siempre puedo aprobar tus métodos, pero ayudas a salvar vidas; mantienes en su sitio a los tipos malos. Eres mejor en un escenario de asesinato que muchos de los detectives de mi equipo.

Para Dolph, esto era un discurso. Abrí la boca, y después la cerré.

―Gracias, Dolph. Viniendo de ti es un gran cumplido.

―Sencillamente, pasas demasiado tiempo con los malditos monstruos, Anita. No hablo sólo de con quién sales. Hablo en general. Has jugado bajo sus reglas durante tanto tiempo que a veces olvidas lo que es ser normal.

Sonreí.

―Levanto muertos para vivir, Dolph. Nunca he sido normal.

Sacudió la cabeza.

―No entiendas mal deliberadamente lo que estoy diciendo, Anita. No es el pelo o los colmillos lo que te hacen un monstruo, no siempre. A veces, es simplemente donde marcas la línea.

―El hecho de que juegue con monstruos es lo que me hace valiosa para ti, Dolph. Si te soy sincera, no sería tan buena ayudando a solucionar delitos preternaturales.

―Sí. A veces me pregunto que si te hubiera dejado en paz y no te hubiera obligado a ayudarnos, serías… más suave.

Le miré ceñuda.

―¿Dices que te culpas por lo que me he convertido? ―Intenté reír, pero su cara me frenó.

―¿Cada cuánto tuviste que estar entre monstruos por cada uno de mis casos? ¿Con qué frecuencia tuviste que hacer tratos para ayudar a mantener en su sitio a un asesino? Si yo te hubiera dejado en paz…

Me levanté. Tendí la mano hacia él, dejándola caer sin haberle tocado.

―No soy tu hija, Dolph. No eres mi guardián. Ayudo a la policía porque me gusta hacerlo. Soy hábil en ello. ¿A quién más vas a llamar?

Asintió.

―Sí, ¿a quién más? Los cambiaformas de fuera pueden entrar y… visitar a los pacientes.

―Gracias, Dolph.

Tomó una gran bocanada de aire y la soltó en un suspiro.

―Vi la ventana por la que empujaron a tu amigo Stephen. Si hubiera sido humano, estaría muerto. Fue simple suerte que ningún civil fuera asesinado.

―Creo que Zane, como mínimo, era cuidadoso con los humanos. Con la fuerza que tiene, habría sido más fácil matar que mutilar.

―¿Por qué le importaría eso?

―Porque está en la cárcel hasta que consiga la fianza.

―No le soltarán ―dijo Dolph.

―No mató a nadie, Dolph. ¿Cuándo has visto que alguien no consiga una fianza en una acusación por lesiones?

―Piensas como un policía, Anita. Es lo que te hace útil.

―Pienso como policía y como monstruo. Eso es lo que me hace útil.

Afirmó con la cabeza, cerró el cuaderno y lo introdujo en el bolsillo interior de la chaqueta.

―Sí, eso es lo que te hace útil. ―Se marchó sin otra palabra. Hizo pasar a loa tres hombres lobo y cerró la puerta.

Kevin era alto, moreno, desaliñado y olía a cigarrillos. Lorraine era pulcra y remilgada, como una maestra de segundo grado. Olía a White Linen[4] y pestañeaba nerviosamente mientras me miraba. Teddy; dicho por él, no por mí, pesada alrededor de ciento treinta kilos, músculo la mayor parte. Se había revuelto el pelo hasta formar una cresta oscura y fina, que hacía que la cabeza pareciera demasiado pequeña para el descomunal cuerpo. Los hombres parecían asustados, pero el apretón de manos de Lorraine dejó poder vibrando bajo mi piel. Parecía un conejo asustado, y tenía el suficiente poder para ser el gran lobo malo.

Pasados veinte minutos, fui libre para marcharme. El trío mal conjuntado de hombres lobo se había dividido en turnos, de tal modo que uno de ellos estuviera siempre con los enfermos. ¿Confiaba en los nuevos lobos para protegerlos? Sí. Porque si dejaban sus puestos y permitían que Stephen fuera asesinado, les mataría de veras. Si hacían lo mejor que podían y sencillamente, no eran lo bastante fuertes, bien; pero si se rendían… Le había dado a Stephen, y ahora también a Nathaniel, mi protección. No estaba bromeando. Me aseguraría de que todos lo supieran.

Kevin lo expresó mejor:

―Si Sylvie se revela, se la enviamos.

―Hazlo.

Sacudió la cabeza, jugando con un cigarrillo apagado. Le había dicho que no podía fumar, pero parecía que tocarlo le consolaba.

―Está meando fuera del tiesto. Espero que pueda limpiarlo.

Sonreí.

―Elocuente, Kevin, muy elocuente.

―Elocuente o no, Sylvie va a romper su culo si puede.

Mi sonrisa se ensanchó. No pude evitarlo.

―Déjame preocuparme por mi propio culo. Mi trabajo es mantener tu culo a salvo, no el mío.

Los tres me miraron. Había algo en sus caras, casi la misma expresión, pero no podía leerlas.

―Ser lupa es más que solo luchar por la superioridad ―susurró Lorraine.

―Lo sé ―contesté.

―¿En serio? ―preguntó. Había algo infantil en su pregunta.

―Eso creo.

―¿Nos matará si le fallamos ―preguntó Kevin―, pero moriría por nosotros? ¿Se arriesgará a pagar el mismo precio que nos pide pagar?

Me gustaba más Kevin cuando no era tan elocuente. Observé a estos tres extraños. Personas que acababa de conocer. ¿Arriesgaría mi vida por ellos? ¿Podía pedirles que arriesgaran sus vidas por mí, si yo no quisiera devolverles el favor?

Les miré, realmente les miré. Las pequeñas manos de Lorraine se apretaban con tanta fuerza que temblaban. Teddy me observaba con calma mirándome a los ojos, pero con desafío; con una inteligencia que podrías perderte si sólo le mirabas el cuerpo. Kevin parecía que debería estar en un callejón en busca de pelea, o en un bar de copas terminándose su dosis de whisky. Había algo debajo de ese cinismo. Era miedo. Miedo a que terminara siendo como todos los demás, un aprovechado al que le importara un bledo cualquiera de ellos. Raina lo había sido, y ahora Sylvie. Se suponía que la manada era su refugio, su protección, no lo que más temieran.

Su calida energía llenó el espacio, se extendió desde ellos, bailando sobre mi cuerpo. Estaban nerviosos, asustados. Las fuertes emociones hacían que la mayoría de los cambiaformas tuvieran una fuga de poder. Si eres sensible a ello, lo sientes. Lo había sentido muchas veces durante años. Esta vez, de alguna manera, era diferente. No solo sentí el poder, mi cuerpo reaccionó. No fue un simple temblor de piel, un escalofrío; era algo más profundo. Era casi sexual, pero tampoco era eso exactamente. Era como si el poder hubiera encontrado una parte de mí, acariciado una parte de mí que nunca había sabido que estaba ahí.

Su poder me llenó, tocó algo, y sentí, independientemente de lo que fuera, como si encendiera un interruptor. Un embate de energía caliente fluyó en mi interior extendiéndose por la piel, como si cada poro del cuerpo emitiera una fogosa ráfaga de aire. Hizo que mi garganta emitiera un grito suave. Conocía el sabor del poder, y no era Jean-Claude. Era Richard. De alguna forma me había conectado con el poder de Richard. Me pregunté si él lo estaba sintiendo fuera del estado, donde estudiaba para su licenciatura

Hace seis semanas, para salvar sus vidas, deje que Jean-Claude nos uniera a los tres. Ellos se morían, y yo no podía permitirlo. Richard había invadido mis sueños por casualidad, pero en gran medida fue Jean-Claude quien nos había protegido, porque de otra forma era demasiado doloroso. Era la primera vez que sentía el poder de Richard desde aquel día. La primera vez que sabía con seguridad que el lazo aun se mantenía ahí, todavía fuerte. La magia es así. Ni siquiera el odio puede destruirla.

De repente supe que palabras decir, palabras que no podía haber sabido.

―Soy lupa, soy la madre de todos. Soy vuestra protección, vuestro refugio, vuestra paz. Me enfrentaré con vosotros contra todo mal. Vuestros enemigos son mis enemigos. Comparto la sangre y la carne con vosotros. Somos lukoi, somos la manada.

El calor desapareció repentinamente. Me tambaleé. Sólo la mano de Teddy me impidió caer al suelo.

―¿Está bien? ―preguntó con una voz tan profunda e impresionante como todo él.

Agité la cabeza.

―Estoy bien, estoy bien.

Tan pronto como pude, retrocedí. Richard había sentido el tirón a cientos de kilómetros de distancia y lo había cortado. Me había cerrado de golpe la puerta sin saber lo que estaba haciendo o porqué. Un ataque de rabia bailaba en el interior de mi cabeza como un grito silencioso. Estaba muy furioso.

Ambos estábamos ligados a Jean-Claude. Yo era su sierva humana y Richard su lobo. Era una dolorosa intimidad.

―Usted no es un lukoi ―dijo Lorraine―, no es un cambiaformas. ¿Cómo lo hizo?

Sonreí.

―Secreto de profesión.

La verdad era que no lo sabía. Tendría que preguntarle a Jean-Claude esta noche. Esperaba que pudiera explicármelo. Era el tercer maestro vampiro en la historia que había ligado a un mortal y a un cambiaformas en un mismo vínculo. Sospechaba que no había un manual y que Jean-Claude improvisaba más a menudo de lo que quisiera saber.

Teddy se arrodilló.

―Usted es la lupa.

Los otros dos le siguieron. Se humillaron como pequeños y sumisos lobos, aunque a Kevin no le gustara, y a mí tampoco. Pero no estaba segura de cuánto era sólo pose y cuánto necesario. Quería que fueran sumisos; no quería tener que luchar contra nadie, o matar a alguno. Por tanto, les dejé arrastrarse lentamente por el suelo, subir las manos a lo largo de mis piernas y olisquear mi piel como perros. En ese momento entró la enfermera.

Todos se levantaron del suelo. Traté de explicarlo y finalmente lo dejé. La enfermera se mantenía de pie, observándonos, con una extraña sonrisa congelada en la cara. Al final retrocedió sin hacer ninguna maldita cosa.

―Enviaré al Doctor Wilson para que les revise. ―Agitó la cabeza demasiadas veces, demasiado rápido y cerró la puerta tras de ella. Si hubiera llevado tacones, habría apostado que podríamos haber oído la carrera.

Eso en cuanto a no ser uno de los monstruos.



[1] Descanse en paz

[2] Cuidad de Virginia, situada en el área metropolitana de Washington, conocida por tener una de las Bases de Infantería de Marina más grandes del mundo.

[3] En el original, Johnny-on-the-spot. Término popular que significa persona que está disponible y lista a actuar cuando sea necesario.

[4] Perfume femenino de Estée Lauder.

Capítulo 5 – Ofrendas Ardientes

•5 julio 2010 • 1 comentario

Stephen se encontraba en una estrecha cama de hospital. El rizado pelo rubio era más largo que el mío, cubriendo la blanca almohada. Las violentas cicatrices rojas y rosas se entrecruzaban en su delicada cara. Parecía como si le hubieran empujado por una ventana, que era exactamente lo que había pasado. Stephen, que no me superaba en más de nueve kilos, había mantenido la posición. Al final, Zane le había empujado por la ventana con tela metálica de seguridad. Fue como estrujar a alguien contra un rallador de queso metálico. Si hubiera sido humano, estaría muerto. Incluso Stephen estaba herido, mal herido. Pero se curaba. No podía ver decolorarse literalmente las cicatrices. Era parecido a ver florecer una flor. Sabías que ocurría, pero no conseguías verlo. Cada vez que volvía a mirarle, me encontraba con una cicatriz menos. Asustaba como el demonio.

Nathaniel estaba en la otra cama. Tenía el pelo más largo que Stephen. Apostaba que hasta la cintura. Era difícil asegurarlo cuando sólo le había visto tumbado. Era del más oscuro caoba, casi marrón, pero no… De un caoba vivo, intenso. El cabello extendido sobres las sábanas blancas era como la piel de un animal, espeso y brillante.

Era bastante más que guapo, y no podía medir más de metro setenta. El pelo ayudaba a la ilusión de feminidad. Pero los hombros eran desproporcionadamente amplios; en parte por levantar pesas, en parte por genética. Tenía hombros grandes, pero cuadraban más con alguien de aproximadamente quince centímetros más alto. Tenía que tener dieciocho años para desnudarse en el Placeres Prohibidos. La cara era delgada, la mandíbula demasiado suave. Podía tener dieciocho, pero no desde hacía mucho. Posiblemente, un día crecería dentro de esos hombros.

Estábamos en una habitación privada, en el área de aislamiento. La zona que la mayoría de los hospitales mantenía para licántropos, vampiros, y otros vecinos preternaturales. Cualquier cosa que pensara que podía ser peligrosa. Zane había sido peligroso. Pero los policías se lo habían llevado con las heridas casi curadas. La carne había expulsado al suelo mis balas, como trozos rechazados de un órgano. No pensaba que necesitásemos la sala de aislamiento para Stephen y Nathaniel. Podría estar equivocada con Nathaniel, pero no lo creía. Confiaba en el juicio de Stephen.

Nathaniel no había recobrado el conocimiento. Yo había preguntado que heridas tenía, y me lo dijeron porque todavía creían que era policía, y además les había salvado el trasero. La gratitud es algo maravilloso.

Alguien, mas o menos, había destripado a Nathaniel. No estoy diciendo que le hubieran rajado el estomago con un cuchillo, sino que le abrieron y dejaron que los intestinos llegaran al suelo; los médicos encontraron trozos de escombros en los intestinos. Había signos de trauma severo en otras partes del cuerpo. Habían abusado sexualmente de él. Y sí, una prostituta puede ser violada. Todo lo que tiene que decir es «no». Nadie, ni siquiera un licántropo, estaría de acuerdo en ser violado mientras le cuelgan los intestinos hasta el suelo. La violación pudo haber sido antes y después intentaron matarle. Era un poco menos enfermizo hacerlo en ese orden. Un poco.

Tenía marcas en las muñecas y los tobillos, como si hubiera sido encadenado. Las marcas estaban en carne viva, como si hubiera luchado, y no se curaban. Lo que significaba que habían usado cadenas con un alto contenido en plata. De ese modo, no solo le sujetaban, sino que le hacían daño. Quién lo hubiera hecho, sabía con antelación que atraparía a un licántropo. Estaban preparados. Lo que planteaba algunas preguntas muy interesantes.

Stephen dijo que Gabriel había estado prostituyendo a los hombres leopardo. Entendía por qué la gente quería algo tan exótico como ellos. Sabía que el existía sadomasoquismo. Los cambiaformas podían aguantar un infierno de dolor. Así, la combinación hasta parecía tener un cierto sentido. Pero esto iba más allá de los juegos sexuales. Nunca había oído algo tan brutal fuera de un caso de un asesino múltiple.

No les podía dejar solos, sin protección. Incluso sin la amenaza de asesinos sexuales, todavía estaban los propios leopardos. Zane podía haber gritado y haberme besado los pies, pero había otros. Si no tenían ninguna estructura de manada, ningún alfa, no tenían a nadie a quien decirle que dejara a Nathaniel en paz. Sin un líder, podría ser que dieran marcha atrás, o que me viera en la necesidad de matarles a todos, uno a uno. No era un plan agradable. Los auténticos leopardos no se preocupan de quién es jefe. No tienen estructura de manada, pero los cambiaformas no son animales; son personas. Lo que significaba que no importa lo solitaria o sencilla que fuera la forma animal, la mitad de la gente siempre encuentra una forma de enredar las cosas. Si Gabriel había seleccionado con mucho cuidado a su gente, no podía confiar en que no vinieran y se llevaran a Nathaniel de nuevo. Gabriel había sido un gatito morboso, y Zane tampoco me había impresionado mucho. ¿A quién pedir refuerzos? A la manada local de hombres lobo, por supuesto. Stephen era un miembro de su grupo. Ellos le debían protección.

Hubo un golpe en la puerta. Saqué la Browning y la sostuve en mi regazo, bajo la revista que había estado leyendo. Había logrado encontrar una copia de hacía tres meses del National Wildlife, con un artículo de osos Kodiak[1]. La revista escondía el arma muy bien.

―¿Quién es?

―Soy Irving.

―Entra. ―Sostuve el arma por si acaso alguien trataba de entrar detrás de él.

Irving Griswold era un hombre lobo y periodista. Para ser reportero, era un buen tipo, pero no era tan cuidadoso como yo. Cuando viera que entraba él solo, guardaría el arma.

Irving empujó la puerta, sonriendo. El pelo castaño rizado le rodeaba la cabeza como un halo marrón, con un brillante punto calvo en el centro. Las gafas se apoyaban en una pequeña nariz. Era bajo, y eso daba la impresión de que era redondo sin ser gordo. Parecía de todo menos un gran lobo malo. Ni siquiera parecía un periodista, lo cuál era uno de los motivos que lo hacían tan buen reportero, pero probablemente, siempre le impediría ser material de cámara. Trabajaba para el St. Louis Post-Dispatch, y me había entrevistado muchas veces.

Cerró la puerta detrás de él. Guardé el arma.

Sus ojos se ensancharon. Habló en voz baja, pero no en susurros.

―¿Cómo está Stephen?

―¿Cómo entraste aquí? Se suponía que había policías en la puerta.

―¡Ostras, Blake, yo también me alegro de verte!

―No juegues conmigo, Irving. Se supone que ahí hay un guardia.

―Está hablando en recepción con una enfermera muy bonita.

―Mierda.

No era una auténtica poli, por lo que no podía acercarme a ellos gritándoles, pero era tentador. Había una propuesta de ley a debate en Washington para entregar insignias federales a los ejecutores. A veces creía que era una muy mala idea. Otras veces no.

―Cuéntamelo rápido antes de que me echen. ¿Cómo esta Stephen?

Se lo dije.

―¿No te preocupa Nathaniel?

Parecía incómodo.

―Sabes que Sylvie ejerce de jefe de la manada mientras Richard está fuera de la ciudad trabajando para su maestro, ¿verdad?

Suspiré.

―No, no lo sabía.

―Sé que no hablas con Richard desde que rompisteis, pero creí que alguien te lo habría mencionado.

―Todos los lobos se mueven a mí alrededor como si hubiera habido un fallecimiento. Nadie me habla de Richard, Irving. Pensé que les había prohibido hablarme.

―No que yo sepa.

―Estoy sorprendida de que no entraras aquí buscando una historia.

―No puedo hacer un reportaje, Anita. Está demasiado cerca de casa.

―¿Debido a qué conoces a Stephen?

―A todos los implicados son cambiaformas, y yo soy un afable reportero.

―¿De verdad crees que perderías el trabajo si lo supieran?

―Trabajo, maldición. ¿Qué diría mi madre?

Sonreí.

―Entonces no puedes jugar al guardaespaldas.

Frunció el ceño.

―Sabes, no había pensado en eso. Cuando lastimaban en público a algún miembro del grupo y no podía esconderlo, Raina siempre iba al rescate. Con sus muertes, no creo que haya ningún alfa que no esconda lo que son. Nadie que me haya confiado la protección de Stephen, de todos modos.

Raina había sido la antigua lupa de la manada antes de que yo tomara el cargo. Técnicamente, la lupa anterior no tiene que morir para renunciar; a diferencia del Ulfric o Líder de la manada. Pero Raina había sido amiga de Gabriel. Habían compartido ciertas aficiones, como la producción de películas porno amateur con humanos y cambiaformas como protagonistas. Ella había ayudado a rodar una película mientras Gabriel intentaba violarme. Ah, sí, había sido un verdadero placer darle boleto a Raina.

―Esta es la segunda vez que has ignorado a Nathaniel ―dije―. ¿Qué pasa, Irving?

―Te dije que Sylvie es la responsable hasta que Richard regrese a la ciudad.

―¿Y…?

―Nos ha prohibido a todos ayudar de cualquier forma a los hombres leopardo.

―¿Por qué?

―Raina usó a muchos en sus películas porno, junto a lobos.

―He visto una de esas pelis. No estoy impresionada. Horrorizada sí, pero no impresionada.

Irving me miró muy serio.

―También dejó que Gabriel y los gatos castigaran a los miembros rebeldes de la manada.

―¿Castigar? ―Lo convertí en pregunta.

Irving inclinó la cabeza.

―Sylvie fue uno de los castigados, más de una vez. Los odia a todos, Anita. Si Richard no lo hubiera prohibido, habría usado a la manada para perseguir a los leopardos y matarlos a todos.

―He visto lo que para Raina y Gabriel eran juegos y diversión. Creo que por una vez, estoy de acuerdo con Sylvie.

―Limpiaste la casa para nosotros; tú y Richard. Richard mató a Marcus y ahora él es el Ulfric, líder de la manada. Tú mataste a Raina por nosotros, y ahora eres nuestra lupa.

―Le disparé, Irving. Según la ley de la manada, o eso fue lo que me dijeron, usar un arma invalida el desafío. Hice trampa.

―No eres la lupa porque mataras a Raina. Lo eres porque Richard te escogió como su compañera.

Negué con la cabeza.

―Ya no salimos, Irving.

―Pero Richard no ha escogido nueva lupa, Anita. Hasta que lo haga, el puesto es tuyo.

Richard era alto, moreno, hermoso, honesto, sincero y valiente. Era perfecto, salvo por ser un hombre lobo. Incluso podría habérselo perdonado, o eso creí. Hasta que le vi en acción. Hasta que vi toda la enchilada: la carne había estado un poco cruda y retorciéndose, y la salsa un poco sangrienta.

Ahora solo salía con Jean-Claude. No estaba segura de si era una mejora pasar de estar saliendo con un hombre lobo alfa, a estar saliendo con el Amo de la Ciudad, pero había hecho mi elección. Eran las manos pálidas de Jean-Claude las que sostenían mi cuerpo. Su rizado pelo negro el que estaba sobre mi almohada. Los ojos azules como la medianoche los que me miraban fijamente mientras hacíamos el amor.

Las chicas buenas no tienen sexo antes del matrimonio, sobre todo no con los no muertos. No creo que las chicas buenas echen de menos al ex-novio A, cuando han elegido al novio B. Tal vez me había equivocado. Richard y yo nos evitamos siempre que podemos, que ha sido durante la mayor parte de las pasadas seis semanas. Ahora está fuera de la ciudad. Ahora es fácil evitarse el uno al otro.

―No te preguntaré lo que estás pensando ―indicó Irving―, creo que lo sé.

―No seas tan endemoniadamente listo ―repliqué.

Extendió las manos.

―Gajes del oficio.

Eso me hizo reír.

―Así que Sylvie os ha prohibido a todos ayudar a los leopardos. ¿Dónde deja eso a Stephen?

―Rechazó una orden directa, Anita. Para alguien como Stephen, de los últimos en la estructura de la manada, tuvo agallas. Pero Sylvie no estará impresionada. Le despedazará y no permitirá que nadie baje y haga de canguro. La conozco bien.

―No puedo quedarme las veinticuatro horas del día, Irving.

―Se curarán en un día, más o menos.

Le miré ceñuda.

―No puedo sentarme aquí durante dos días.

Apartó la vista y se acercó al lado de la cama de Stephen. Fijó la mirada en el hombre dormido, las manos agarradas por delante de él.

Me acerqué a ellos, rozando el brazo de Irving.

―¿Qué es lo que no me estás contando?

Negó con la cabeza.

―No sé qué quieres decir.

Le giré, le hice encararme.

―Dímelo, Irving.

―No eres un cambiaformas, Anita. Ya no sales con Richard. Tienes que salir de nuestro mundo, no adentrarte más.

Me pareció tan serio, tan solemne, que me asustó.

―Irving, ¿qué ocurre?

Sólo sacudió la cabeza. Le agarré ambos brazos y resistí el impulso de sacudirle.

―¿Qué me estás ocultando?

―Tienes una forma de obligar al grupo a proteger a Stephen, inclusive a Nathaniel.

Retrocedí un paso.

―Te escucho.

―Estás por encima de Sylvie.

―No soy un cambiaformas, Irving. Era la nueva novia del líder. Ya ni siquiera lo soy.

―Eres más que eso, Anita, y lo sabes. Has matado a algunos de los nuestros. Matas fácilmente y sin remordimientos. La manada lo respeta.

―Vaya, Irving, qué declaración más emotiva.

―¿Te sientes mal por haber matado a Raina? ¿Perdiste el sueño por Gabriel?

―Maté a Raina porque intentaba matarme. Maté a Gabriel por la misma razón, instinto de supervivencia. Y no, no perdí el sueño.

―La manada te respeta, Anita. Si pudieras encontrar a algunos miembros del grupo que ya se hayan revelado como cambiaformas y les convencieras de que eres más aterradora que Sylvie, les protegerían, a ambos.

―No soy más aterradora que Sylvie, Irving. No puedo golpearles hasta hacerles papilla. Ella sí puede.

―Pero tú puedes matarles ―dijo muy suavemente, mirándome a la cara, observando mi reacción.

Abrí la boca, y la cerré.

―¿Qué intentas conseguir, Irving?

Sacudió la cabeza.

―Nada. Olvida que lo dije. No debería haberlo hecho. Sitúa más policías aquí y vete a casa, Anita. Aléjate de todo esto mientras puedas.

―¿Qué ocurre, Irving? ¿Sylvie es un problema?

Me miró. Sus ojos, que por lo general siempre eran alegres, estaban solemnes, alertas. Sacudió la cabeza.

―Me tengo que ir, Anita.

Le agarré del brazo.

―No vas a ir a ninguna parte hasta que me digas qué pasa.

Se giró hacia mí, despacio, de mala gana. Le solté el brazo y retrocedió.

―Habla.

―Sylvie ha desafiado a todos los que estaban por encima de ella en la manada, y ha ganado.

Le miré.

―¿Y?

―Tienes que entender que es extraño que una mujer se abra paso por la fuerza hasta llegar a ser la segunda al mando. Mide aproximadamente metro y setenta, de huesos pequeños. Pregúntame cómo gana.

―Estás siendo evasivo, Irving. No pareces tú. No voy a jugar a las veinte preguntas contigo. Sólo dímelo.

―Mató a las dos primeras personas contra las que luchó. No tenía que hacerlo. Decidió que sí. Los tres siguientes desafiados, simplemente, decidieron que ella era superior. No quisieron arriesgarse a que los matara.

―Muy práctico ―comenté.

Asintió con la cabeza.

―Sylvie siempre ha sido así. Finalmente, escogió a uno del círculo más interno para luchar. Es demasiado pequeña para ser un Enforcer, además, creo que le tenía miedo a Jamil y a Shang-Da.

―¿Jamil? ¿Richard no le desterró? ¡Pero si era uno de los lacayos de Marcus y Raina!

Irving se encogió de hombros.

―Richard pensó que la transición sería más suave si mantenía algo de la vieja guardia en el poder.

Negué.

―Jamil debería haber sido desterrado o eliminado.

―Tal vez, pero en realidad, Jamil parece apoyar a Richard. Creo que le sorprendió cuando no fue asesinado al instante. Richard se ha ganado su lealtad.

―No sabía que Jamil tuviera algún tipo de lealtad ―declaré.

―Ninguno lo sabía. Sylvie luchó y ganó el puesto de Geri, segundo al mando.

―¿Se mata por eso?

―Sorprendentemente, no.

―Ok, por tanto, Sylvie asciende en el grupo. Es la segunda al mando. Genial, ¿y?

―Creo que quiere ser Ulfric, Anita. Creo que quiere el puesto de Richard.

Le observé.

―Hay sólo un modo de ser Ulfric, Irving.

―Matar al viejo líder ―contestó él―. Sí, supongo que Sylvie lo sabe.

―No la he visto luchar, pero he visto a Richard. La supera en al menos cuarenta y cinco kilos; cuarenta y cinco kilos de músculo, y él es bueno. No le puede ganar en una pelea justa, ¿verdad?

―Parece como si Richard estuviera herido, Anita. Ha perdido el corazón. Creo que si ella le desafía, y de verdad lo desea, le ganaría.

―¿Qué estás diciendo? ¿Que está deprimido? ―pregunté.

―Es más que eso. Sabes cuánto lamenta ser un monstruo. Nunca había matado a nadie hasta Marcus. No puede perdonárselo.

―¿Cómo sabes todo eso?

―Escucho. Los periodistas somos buenos oyentes.

Nos contemplamos el uno al otro.

―Cuéntame el resto.

Irving miró hacia abajo, después dijo:

―No habla conmigo de ti. Lo único que me dijo fue que incluso tú no podías aceptar lo que era. Incluso tú, la Ejecutora, estabas horrorizada.

Ahora fue mi turno de bajar la mirada.

―Me gustaría no estarlo.

―No podemos cambiar lo que sentimos ―dijo Irving.

Encontré su mirada.

―Lo haría si pudiera.

―Lo sé.

―No quiero que muera Richard.

―Ninguno de nosotros quiere. Tengo miedo de lo que Sylvie haría sin nadie que pueda pararla ―señaló hacia la otra cama―. Su primera orden sería perseguir a todos los hombres leopardo. Y matarlos.

Aspiré profundamente y lo solté.

―No puedo cambiar cómo me siento por lo que vi, Irving. Vi cómo Richard se comía a Marcus. ―Caminé de arriba abajo por el pequeño cuarto, sacudiendo la cabeza―. ¿Qué puedo hacer para ayudar?

―Llama a la manada y exígeles que te reconozcan como lupa. Haz que algunos vengan aquí y les protejan en contra de las órdenes expresas de Sylvie. Pero tienes que darles tu protección. Tienes que prometerles que ella no les hará ningún daño, porque te ocuparás de que no pueda.

―Si hago eso y a Sylvie no le gusta, tendré que matarla. Es como hacerla caer en una trampa para acabar con ella. Es un poco premeditado hasta para mí.

Sacudió la cabeza.

―Te pido que seas nuestra lupa. Ser la lupa de Richard. Para enseñar a Sylvie que si sigue presionando, Richard puede que no la mate, pero tú sí lo harás.

Suspiré.

―Mierda.

―Lo siento, Anita. No habría dicho nada, pero…

―Tenía que saberlo ―dije.

Le abracé, y se puso rígido por la sorpresa, luego también me abrazó.

―¿Por qué lo hiciste?

―Por contármelo. Sé que a Richard no le va a gustar.

La sonrisa se desvaneció de su cara.

―Richard ha castigado a dos miembros del grupo desde que asumió el mando. Desafiaron su autoridad, su gran momento, y casi mató a ambos.

―¿Qué? ―pregunté.

―Los cortó en rodajas, Anita. Parecía otra persona, un extraño.

―Richard no hace esas cosas.

―Las hace ahora, aunque no todo el tiempo. La mayoría de las veces está bien, pero entonces se quiebra y monta en cólera. No quiero estar en ningún sitio cercano cuando pierda el control.

―¿Tan grave es? ―inquirí.

―Tiene que aceptar lo que es, Anita. Tiene que conseguir abrazar a su bestia, o va a volverse loco.

Negué con la cabeza.

―No puedo ayudarle a querer a su bestia, Irving. Tampoco puedo aceptarlo.

Irving se encogió de hombros.

―No es tan malo ser peludo, Anita. Hay cosas peores… como ser un muerto viviente.

Le miré con el ceño fruncido.

―Sal, Irving, y gracias por contármelo.

―Espero que sigas agradeciéndomelo dentro de una semana.

―Yo también.

Irving me dio algunos números de teléfono y se fue. Nadie quería quedarse demasiado tiempo. La gente podría sospechar que fuera algo más que un simple reportero. Nadie parecía preocuparse de mi reputación. Levantaba zombis, ejecutaba vampiros y salía con el Amo de la Ciudad. Si la gente comenzaba a sospechar que era un cambiaformas, ¿qué maldita diferencia habría?

Tres de los nombres de los miembros sumisos de la manada que Irving me había dado eran lo suficientemente duros para jugar a los guardaespaldas y lo bastante débiles para ser intimidados. No quería hacer esto. La manada se basaba en la obediencia: castigo y recompensa, sobre todo castigo. Si los miembros del grupo a los que llamaba me rechazaran, tendría que castigarles, o yo no sería la lupa; no sería lo bastante fuerte como para respaldar a Richard. Por supuesto, posiblemente, él no estuviera agradecido. Parecía que ahora me odiaba. No le culpaba. Me odiaría por interferir.

Pero no era sólo Richard. Era Stephen. Él había salvado mi vida una vez, y todavía no le había devuelto el favor. También era una de esas personas víctimas de todo el mundo, hasta hoy. Sí, Zane casi le había matado, pero ese no era el asunto. Había puesto la amistad por encima de la lealtad a la manada. Lo que significaba que Sylvie podría retirarle la protección. Sería como los hombres leopardo, carnaza para cualquiera. No podía dejar que eso le pasara, no si podía evitarlo.

Stephen podría terminar muerto. Richard podría terminar muerto. Yo podría tener que matar a Sylvie. Podría tener que mutilar, o matar a algún miembro del grupo para hacerme entender. Podría, podría, podría. Maldición.

Nunca había matado antes, excepto en defensa propia, o por venganza. Si pusiera toda la carne en el asador, sería asesinato premeditado y a sangre fría. Tal vez no en un sentido técnico, pero sabía lo que podría empezar con este movimiento. Eran como fichas de dominó. Todas están quietas y en orden hasta que golpeas una; luego no hay parada posible. Terminaría con un bonito mosaico en el suelo: Richard firmemente en el poder, Stephen y los hombres leopardos protegidos, Sylvie relegada o muerta. Las tres primeras cosas iban a pasar. Era decisión de Sylvie como resultaría la última. Brutal, pero verdadero. Por supuesto, había otra opción: Sylvie podía matarme. Eso le dejaría el camino libre otra vez. Sylvie no era exactamente despiadada, pero no dejaba a nadie meterse en su camino. Compartíamos ese rasgo. No, no soy despiadada. Si lo fuera, habría llamado a Sylvie para una reunión y le habría disparado sobre la marcha. Aún no era lo suficientemente sociópata para hacerlo. La misericordia me matará, pero a veces, es todo lo que nos hace humanos.

Hice las llamadas. Elegí primero el nombre de un hombre, Kevin, sin apellido. Su voz estaba trabada por el sueño, brusca, como si fumara.

―¿Quién diablo es?

―Agradable ―contesté―, muy agradable.

―¿Quién es?

―Soy Anita Blake. ¿Sabe quién soy? ―Cuando se trata de amenazar, menos es más. Clint Eastwood, y yo.

Estuvo silencioso durante casi treinta segundos, y dejé que el silencio aumentase. Su respiración se había acelerado. Casi podía sentirle el pulso rápido a través del teléfono.

Contestó como si estuviera acostumbrado a extrañas llamadas telefónicas y asuntos de la manada.

―Es nuestra lupa.

―Muy bien, Kevin, muy bien. ―Ceder también es bueno.

Tosió para limpiarse la garganta.

―¿Qué quiere?

―Quiero que vengas al St. Louis University Hospital. Han herido a Stephen y Nathaniel. Quiero que les protejas por mí.

―Nathaniel es un hombre leopardo.

―Así es.

―Sylvie nos ha prohibido ayudarles.

―¿Sylvie es tu lupa? ―Las preguntas son geniales, pero sólo si conoces las respuestas. Si haces preguntas y las respuestas te sorprenden, pareces tonto. Es difícil amenazar cuando pareces tonto.

Se mantuvo callado durante un segundo.

―No.

―¿Quién lo es?

Oí como tragaba.

―Usted.

―¿La supero en rango?

―Sabe que sí.

―Entonces trae tu trasero y haz lo que te digo.

―Sylvie me hará daño, lupa. De verdad que va a hacérmelo.

―Me encargaré de que no te lo haga.

―Usted sólo es la novia humana de Richard. No puede luchar contra Sylvie, al menos hacerlo y vivir.

―Tienes razón, Kevin. No puedo luchar contra Sylvie, pero puedo matarla.

―¿Qué quiere decir?

―Si te hace daño por ayudarme, la mataré.

―No quiere decir eso.

Suspiré.

―Mira, Kevin, ya conozco a Sylvie. Confía en mí cuando te digo que podría apuntarla con un arma a la cabeza y apretar el gatillo. Puedo, y mataré a Sylvie si me fuerza a hacerlo. Sin trucos, ni bromas, ni juegos. ―Escuché mi propia voz cuando lo dije. Parecía cansada, aburrida, y tan seria que casi daba miedo.

―Bien, lo haré, pero si me falla, me matará.

―Tienes mi protección, Kevin, y sé lo que eso significa en la manada.

―Eso   significa   que   tengo   que   reconocerla   como  dominante  sobre  mí ―contestó.

―Eso también significa que si alguien te desafía, puedo ayudarte a lidiar la batalla. Me parece un trato justo.

El silencio llenó la línea telefónica otra vez. Su respiración había disminuido, se había hecho más profunda.

―Prométame que no me matará.

―No puedo prometértelo, Kevin. Pero puedo prometer que si Sylvie te mata, la mataré por ti.

Silencio, esta vez más corto.

―La creo. Estaré en el hospital en cuarenta minutos o menos.

―Gracias, esperaré.

Colgué e hice las otras dos llamadas. Ambos consintieron en venir. Había dibujado una línea en el suelo, con Sylvie en un lado y yo en el otro. No iba a gustarle, ni un poco. No podía culparla. Si nuestros lugares estuvieran invertidos, me habría enfadado. Pero ella debería haber dejado a Richard en paz. Irving había dicho que era como si Richard estuviera herido, como si el corazón le hubiera abandonado. Yo había ayudado a colocar esa herida allí. Le había roto el corazón en trocitos diminutos y había bailado sobre ellos. No deliberadamente. Mis intenciones eran buenas, pero ya se sabe lo que dicen de las buenas intenciones.

No podía amar a Richard, pero podría matar por él. El asesinato era el más práctico de los dos regalos. Y últimamente, me había vuelto muy, muy práctica.



[1] Subespecie de oso pardo que habita en las costas del sur de Alaska e islas adyacentes, como la Kodiak. Se le llama también Oso gigante de Alaska debido a su gran tamaño, rivalizando con el oso polar por el título de carnívoro terrestre más grande de la Tierra.

Capítulo 4 – Ofrendas Ardientes

•11 enero 2010 • 10 comentarios

Capi nuevo, que lo disfruteis.


Mi segunda sala de emergencias en menos de dos horas. Era un día memorable hasta para mí. La buena noticia era que ninguna de las heridas era mía. La mala, que esto podría cambiar. Alfa o no, Zane era un cambiaformas. Eran capaces de levantar el peso equivalente a un elefante pequeño. No iba a luchar cuerpo a cuerpo con él. No sólo perdería, sino que probablemente me arrancaría el brazo y se lo comería. A la mayoría de los licántropos les gustaba intentar pasar por humanos. No estaba segura de que a Zane le hiciesen sudar esos pequeños detalles.
Seguía sin querer matar a Zane si no tenía que hacerlo. No era por piedad. Era por el hecho de que me obligaría a hacerlo en público. No quería ir a la cárcel. Que me preocupara más el castigo que el delito decía algo sobre mi moral. Algunos días pensaba que me estaba convirtiendo en una sociópata. Otros días creía que ya lo era.
Siempre llevaba balas de plata en mi arma. La plata funcionaba con los humanos, así como con los seres más sobrenaturales. ¿Por qué seguir usando munición normal cuando sólo funciona con humanos y unas cuantas criaturas? Hace unos meses me encontré con un fairie que estuvo malditamente cerca de matarme. La plata no funciona con las hadas, pero el plomo normal sí lo hizo. Así que me he habituado a guardar un cargador de repuesto con balas normales en la guantera. Retiré las balas de plata de las dos primeras rondas de mi cargador y las sustituí por plomo. Lo que significaba que tenía dos balas para disuadir a Zane antes de que le matara. Porque sin duda alguna, aunque siguiera acercándose después de que le hubiera disparado dos tiros de seguridad Glazer ―que duelen como el infierno―, se curaría del daño. La primera bala de plata no iba a ser disparada para herir.
No fue hasta que pasé por las puertas que caí en que no sabía el apellido de Nathaniel. Y el nombre de Stephen no iba a ayudarme. Maldición.
La sala de espera estaba abarrotada. Mujeres con bebés llorosos, niños corriendo entre las sillas libres, un hombre con un trapo ensangrentado alrededor de la mano, personas sin heridas visibles mirando al vacío. Stephen no estaba a la vista en ningún sitio.
Gritos, sonido de un cristal rompiéndose, y sonido de metal cayendo al suelo. Una enfermera salió por el pasillo más alejado.
―¡Llamad por refuerzos, ahora!
Otra enfermera detrás del escritorio de entrada pulsó algunos botones en el teléfono.
Llámalo presentimiento, pero apostaba a que sabía donde estaban Stephen y Zane. Presenté mi identificación a la enfermera.
―Estoy en la Brigada Regional de Investigación Preternatural. ¿Puedo ayudar?
La enfermera me agarró del brazo.
―¿Es usted policía?
―Estoy con la policía, sí. ―Ser evasiva era mejor. Como civil adjunta a una unidad policial, aprendes a hacerlo.
―Gracias a Dios. ―Comenzó a llevarme hacia el ruido.
Tiré hasta soltar el brazo y saqué el arma. Sin seguro, apuntando al techo, lista para disparar. Con la munición normal no habría apuntado al techo, no en un hospital lleno de pacientes encima de mí, pero las Rondas de Seguridad Glazer no son llamadas así por nada.
Las salas de atrás eran como todas las salas de emergencia en las que había estado alguna vez. Las cortinas colgaban de barras metálicas; de esa forma se podía dividir la sala en espacios más pequeños para examinar a los pacientes. Uno de los grupos de cortinas estaba cerrado, pero los pacientes se estiraban para mirar fijamente el espectáculo a través de ellas. Una pared dividía el espacio a mitad del pasillo, por lo que no había mucho que ver.
Un hombre, que lleva puesto un pijama verde de quirófano, salió volando desde el otro lado de esa pared. Emitió un crujido contra el panel de enfrente, se deslizó pesadamente hacia el suelo y se quedó muy quieto.
La enfermera que estaba conmigo corrió hacia él y la dejé ir. Lo que estaba más allá, lo que lanzaba médicos como si fueran juguetes, no era trabajo de matasanos. Era un trabajo para mí. Dos figuras más, con pijamas de quirófano, se encontraban en el suelo; un hombre y una mujer. La mujer estaba despierta, con los ojos muy abiertos. Su muñeca estaba en un ángulo de cuarenta y cinco grados; rota. Vio mi identificación sujeta en la chaqueta.
―Es un cambiaformas. Tenga cuidado.
―Sé lo que es ―le dije bajando un poco el arma.
Sus ojos se sobresaltaron y no fue de dolor.
―No dispare en mi sala de trauma.
―Lo intentaré ―contesté moviéndome por delante de ella.
Zane salió al pasillo. Nunca había visto a Zane, pero ¿quién más podía ser? Llevaba a alguien en brazos. Al principio creí que era una mujer porque el brillante pelo castaño era largo, pero el trasero expuesto y los hombros eran demasiado musculosos, demasiado masculinos. Tenía que ser Nathaniel. Cabía fácilmente en los brazos del otro hombre más alto.
Zane medía aproximadamente metro ochenta, alto y delgado. Su estrecho y pálido torso estaba cubierto únicamente por un chaleco de cuero negro. El pelo era tan blanco como el algodón, corto en los laterales, con la parte de arriba larga y en punta.
Abrió la boca y me gruñó. Tenía colmillos superiores e inferiores, como un gran gato. ¡Jesús!
Le apunté con el arma y solté el aire de mi cuerpo hasta que me mantuve inmóvil y tranquila. Apuntaba a la línea por encima del hombro de Nathaniel, aún un bulto. A esa distancia le daría.
―Sólo lo diré una vez, Zane. Suéltale.
―¡Es el mío, mío! ―Dio varias zancadas a lo largo del pasillo y disparé.
La bala le hizo detenerse a mitad de camino y tambalearse sobre las rodillas. El hombro al que había disparado dejó de funcionar y Nathaniel se deslizó por sus brazos. Zane se levantó, con el hombre más pequeño metido bajo la extremidad buena, como una muñeca. La carne del hombro ya estaba cicatrizando, reconstruyéndose a sí misma, como una imagen a cámara rápida de la apertura de una flor.
Zane podía haber intentado pasar por delante de mí, usar su velocidad, pero no lo hizo. Simplemente continuó andando, como si no creyera que le fuera a hacer nada. Debería haberlo creído.
La segunda bala de plomo le acertó en el pecho. La sangre se extendió por la pálida piel. Cayó de espaldas arqueando la columna, luchando por respirar, con un agujero del tamaño de un puño en el pecho. Fui hacia él, sin correr pero sin perder tiempo.
Caminé alrededor del cuerpo, fuera del alcance del brazo, y me coloqué lateralmente un poco atrás. El hombro que había disparado aún estaba sin fuerza, y su otro brazo estaba atrapado bajo el cuerpo de Nathaniel. Zane se quedó sin aliento, con los ojos marrones enormes.
―Plata, Zane, el resto de las balas son de plata. Un solo disparo y esparciré tus sesos por todo este agradable y limpio suelo.
Finalmente logró decir con voz entrecortada:
―No. ―La sangre le cubrió la boca, derramándose por la barbilla.
Le apunté el arma a la cara, por encima de las cejas. Si apretaba el gatillo… adiós. Me quedé con la mirada fija en el hombre al que nunca había visto antes. No me parecía joven, tampoco estaba cerca de la treintena. Un gran vacío me llenó. Fue como estar dentro de un silencio ahogado. No sentía nada. No quería matarle, pero no me preocupaba si lo hacía. No tenía importancia para mí. Sólo era importante para él. Dejé que ese pensamiento me cubriera los ojos. Que no me importara ni una cosa, ni la otra. Le dejé verlo porque él era un cambiaformas y entendería lo que le mostraba. La mayoría de las personas no lo harían. La mayoría de las personas cuerdas, al menos.
Hablé:
―Vas a dejar a Nathaniel en paz. Cuando la policía llegue, vas a hacer todo lo que te digan que hagas. Sin discusiones, sin peleas, o te mataré. ¿Me has entendido, Zane?
―Sí ―dijo, y más sangre fluyó de su boca. Comenzó a llorar. Las lágrimas se deslizaban por la cara manchada de sangre.
¿Llorar? No se suponía que los tipos malos llorasen.
―Estoy tan contento de que haya venido ―comentó―. Intenté cuidar de ellos, pero no pude. Intenté ser Gabriel, pero no podía sustituirle. ―Su hombro se había curado lo suficiente como para cubrirse los ojos con la mano, para que no le viésemos llorar. Pero su voz sonaba pesada por las lágrimas, así como por la sangre―. Estoy tan contento de que haya venido, Anita. Estoy tan contento de que ya no estemos solos.
No sabía que decir. Me pareció mala idea negar que yo fuera a ser su líder cuando había cuerpos cubriendo el suelo de la sala. Si rehusaba esa oferta, podría volverse agresivo de nuevo y tendría que matarle. De repente comprendí, casi como algo parecido a una descarga física, que no quería matarle. ¿Era por las lágrimas? Tal vez. Pero era más que eso. Era por el hecho de que había matado a su alfa, su protector, y nunca había desperdiciado ni un solo pensamiento sobre lo que eso podría causar al resto de los hombres leopardo. Nunca se me había ocurrido que no hubiera un segundo jefe, nadie para cubrir el puesto de Gabriel. Seguramente yo no podía ser su alfa. No me volvía peluda una vez al mes. Pero si esto impedía a Zane golpear a más médicos, le seguiría la corriente durante un rato.
Para cuando los policías llegaron, Zane ya estaba curado. Se había enroscado todavía llorando alrededor del cuerpo inconsciente de Nathaniel, como si fuera un osito de peluche. Le acariciaba el pelo a Nathaniel mascullando repetidas veces:
―Ella nos mantendrá seguros. Ella nos mantendrá seguros. Ella nos mantendrá seguros.
Creo que el «ella» era yo, y yo estaba a punto de perder la cabeza.

Capítulo 3 – Ofrendas Ardientes

•28 diciembre 2009 • 5 comentarios

Siento haberme retrasado tanto, no era intención dejar pasar tanto tiempo, pero weno, os dejo el capi 3, espero que lo disfruteis.


Cuando Larry estuvo metido en la cama con su Demorol, tan profundamente dormido que nada, salvo un terremoto le habría despertado, hice mi llamada telefónica. Todavía no tenía ni la mas mínima idea de a quién era, lo que me molestaba. No era sólo inconveniente, era inquietante. ¿Quién había conseguido mis números privados y por qué?
El teléfono no había terminado de sonar una vez cuando alguien lo descolgó. La voz al otro lado de la línea era masculina, suave, y llena de pánico.

―Hola… hola…

Toda mi irritación desapareció en un instante con algo muy cercano al miedo.

―Stephen, ¿qué ocurre?

Oí que tragaba con dificultad al otro lado del teléfono.

―Gracias a Dios.
―¿Qué ha pasado? ―Hice sonar mi voz muy clara, muy tranquila, porque quería gritarle, obligarle a decirme qué demonios ocurría.
―¿Puedes venir al hospital universitario St. Louis?

Eso consiguió llamar mi atención.

―¿Cómo de mal estás?
―No soy yo.

Mi corazón ascendió hasta la garganta y, mi voz salió estrangulada y tirante.

―Jean-Claude. ―Al momento de decirlo, supe que era una tontería.

Era poco después del mediodía. Si Jean-Claude hubiera necesitado un medico, habrían tenido que ir hasta él. Los vampiros no se movían en pleno día. ¿Por qué estaba tan preocupada por un vampiro? Había aceptado salir con él. Mi familia, Católicos devotos, estarían conmocionados. Yo aún estaba un poco avergonzada, era difícil defenderme.

―No es Jean-Claude. Es Nathaniel.
―¿Quién?

El aliento de Stephen salió con un suspiro de resignación.

―Pertenecía al grupo de Gabriel.

Que era otra forma de decir que era un hombre leopardo. Gabriel había sido el líder de los leopardos, su alfa, hasta que yo lo había matado. ¿Por qué le había matado? La mayoría de las heridas que él me había hecho, se habían curado. Era una de las ventajas de las marcas de vampiro. No cicatrizaba tan fácilmente, pero había un resto cicatrizado en la parte alta de mis nalgas y más abajo. Débil, casi inexistente, pero siempre tendría un pequeño recordatorio de Gabriel. Un recordatorio de que su fantasía había sido violarme, hacerme gritar su nombre, y luego matarme. Conociendo a Gabriel, probablemente no habría sido delicado en cuando a matarme, después o durante, en cualquier momento le habría servido. Mientras yo todavía estuviera caliente. A la mayoría de los licántropos no les iba la carroña.
Soné despreocupada, hasta en mi propia cabeza. Pero mis dedos acariciaban a lo largo de mi espalda, como si pudiera sentir las cicatrices por encima de mi falda. Tenía que ser despreocupada. Tenía que serlo. O comenzaría a gritar y no pararía.

―Los del hospital no saben que Nathaniel es un cambiaformas, ¿verdad? ―comenté.
―Lo saben. Se cura demasiado rápido para que no se den cuenta. ―Bajó su voz.
―Entonces, ¿por qué susurras?
―Estoy en la sala de espera, en una cabina telefónica. ―Había un sonido al otro lado, como si hubiera tenido que acercar el receptor a su boca. Refunfuñó―. Se va a cortar en un minuto. ―Después volvió―. Necesito que vengas, Anita.
―¿Por qué?
―Por favor.
―Eres un hombre lobo, Stephen. ¿Qué haces cuidando cachorros de gato?
―Mi nombre es uno de los que aparecen en su cartilla en caso de emergencia. Nathaniel trabaja en Placeres Prohibidos.
―¿Es un stripper? ―pregunté, aunque podía ser un camarero, pero no era probable.

Jean-Claude poseía Placeres Prohibidos, y nunca había malgastado a un cambiaformas fuera del escenario. Eran condenadamente exóticos.

―Sí.
―¿Necesitáis que os lleve? ―Parecía ser el trabajo del día, pensé.
―Sí, y no.

Había algo en su voz que no me gustaba. Inquietud, tensión. Stephen no solía andarse con rodeos. No se andaba con juegos. Simplemente lo decía.

―¿Cómo se hizo daño Nathaniel? ―Tal vez si hacía mejores preguntas, obtendría mejores respuestas.
―Un cliente se puso demasiado rudo.
―¿En el club?
―No. Anita, por favor, no hay tiempo. Ven y asegúrate de que no se va a casa con Zane.
―¿Quién demonios es Zane?
―Otro de la manada de Gabriel. Ha estado prostituyéndolos desde que Gabriel murió, pero no los protege como Gabriel lo hacía. No es un alfa.
―¿Prostituyéndolos? ¿De qué hablas?

La voz de Stephen se elevó alta y clara, demasiado alegre.

―Hola, Zane. ¿Has visto ya a Nathaniel?

No podía oír la respuesta, sólo el zumbido de toda esa gente en la sala de espera.

―No creo que ellos quieran que se vaya aún. Está muy lastimado ―dijo Stephen.

Zane debió acercarse al teléfono, muy cerca de Stephen. Una voz baja, casi un gruñido, atravesó el cable.

―Se irá a casa cuando yo diga que se vaya a casa.

La voz de Stephen rayaba el pánico.

―No creo que a los médicos les guste eso.
―Me importa una mierda. ¿Con quién estás hablando?

Para que su voz sonara tan clara tenía que haber sujetado a Stephen contra la pared. Amenazándole, pero sin decir nada específico.
Los gruñidos se convirtieron de repente en una voz muy clara. Le había arrebatado el teléfono a Stephen.

―¿Quién es usted?
―Anita Blake, y usted debe ser Zane.

Él se rió, y fue demasiado bajo, como si su garganta estuviera lastimada.

―La lupa humana de los lobos. Ah, estoy tan asustado.

Lupa era la palabra usada entre los hombres lobos para referirse a la compañera de su líder. Era la primera humana en ser honrada de esa manera. Aunque ya no estaba saliendo con su Ulfric. Habíamos roto después de que le vi comerse a alguien. Oye, una mujer tiene que tener algún principio.

―Gabriel tampoco se asustaba de mí. Y mira lo que consiguió ―dije.

Zane se mantuvo en silencio durante unos cuantos segundos. Respiró sobre el teléfono como un perro jadeante, pero no como si lo hiciera a propósito, más bien, como si no pudiera evitarlo.

―Nathaniel es mío. Aléjese de él.
―Stephen no es suyo ―aseguré.
―¿Le pertenece a usted? ―Podía oír el movimiento de tela. Un movimiento de tejido, al otro lado del teléfono que no me gustaba―. Él es taaaan mono. ¿Ha probado estos suaves labios? ¿Ha extendido éste largo pelo rubio sobre su almohada?

Sabía, sin verlo, que estaba tocando a Stephen, magreándolo, para acompañar las palabras.

―No le toque, Zane.
―Demasiado tarde.

Apreté el teléfono y forcé a mi voz para que sonara calmada.

―Stephen está bajo mi protección, Zane. ¿Me entiende?
―¿Qué haría para mantener seguro a su lobo favorito, Anita?
―No quiere apretar esa tecla, Zane. Verdaderamente, no quiere.

Bajó su voz hasta un susurro casi doloroso.

―¿Me mataría para mantenerlo seguro?

Por lo general, tenía que encontrarme con alguien al menos una vez antes de amenazar con matarlo, pero estaba a punto de hacer una excepción.

―Sí.

Se rió, bajo y nervioso.

―Veo por qué usted le gustaba tanto a Gabriel. Tan dura, tan segura de sí misma. Taaaaan peligrosa.
―Suena a una mala imitación de Gabriel.

Hizo un ruido a mitad de camino entre un silbido y un «bah».

―Stephen no debería haber interferido.
―Es amigo de Nathaniel.
―Yo soy todo el amigo que él necesita.
―No lo creo.
―Me llevo a Nathaniel conmigo, Anita. Si Stephen intenta detenerme, le lastimaré.
―Le hace daño a Stephen, y yo le lastimo a usted.
―Así sea ―colgó.

Mierda. Corrí a mi Jeep. Estaba a treinta minutos de distancia, veinte si aceleraba mucho. Veinte minutos. Stephen no era dominante. Era una víctima. Pero también era leal. Si pensaba que Nathaniel no debía ir con Zane, lo intentaría y lo protegería. No lucharía por él, pero podía lanzar su cuerpo delante del coche. No tenía ninguna duda de que Zane le pasaría por encima. En el mejor de los casos. En el peor, Zane se llevaría tanto a Stephen como a Nathaniel. Si Zane actuaba tan similar a Gabriel como hablaba, más bien prefería elegir mis posibilidades en el coche.

Capítulo 2 – Ofrendas Ardientes

•24 noviembre 2009 • 13 comentarios

Aquí tenéis el capi 2 completo.   🙂


Larry se sentó con mucho cuidado en el asiento de pasajeros de mi Jeep. Es difícil sentarse en un coche cuando tu espalda tiene puntos recién dados. Había visto la herida. Tenía un largo y grueso corte sangriento. Dos heridas, exactamente. Todavía llevaba puesta la camiseta azul con la que había ido, pero la espalda estaba desgarrada y ensangrentada. Estaba impresionada por cómo había impedido que las enfermeras se la cortaran. Tenían la tendencia de cortar toda la ropa que se pusiera en su camino.

Larry tiró del cinturón de seguridad, tratando de encontrar una posición cómoda. El pelo rojo y corto había sido nuevamente recortado, tanto que casi no notabas los rizos. Medía casi el metro sesenta y cinco, era algo más alto que yo. Se había licenciado en biología preternatural en mayo, pero entre las pecas y las pocas arrugas de expresión en sus ojos azul claro, parecía estar más cerca de los dieciséis que de los veintiuno.

Había estado tan distraída mirándole retorcerse, que me había pasado la desviación a la I-270. Estábamos atrapados en Ballas hasta que llegáramos a Olive. Era justo antes del almuerzo y Olive estaría llena de gente apiñada, tratando de introducir a la carrera comida en la boca para volver lo antes posible al trabajo.

―¿Tomaste los calmantes? ―pregunté.

Intentó sentarse de otra forma, con un brazo rígido al borde del asiento.

―No.

―¿Por qué no?

―Porque esas cosas me dejan fuera de combate. No quiero dormir.

―Dormirse   drogado   no   es   lo   mismo   que  dormirse  de  forma  natural ―indiqué.

―No, los sueños son peores ―contestó.

Me había pillado.

―¿Qué pasó, Larry?

―Estoy sorprendido de que hayas esperado todo este tiempo para preguntar.

―Yo también, pero no quería preguntar delante del médico. Si comienzas a hacer preguntas al paciente, tienden a alejarse y tratar al siguiente. Quería saber la gravedad de la herida que el médico te cosió.

―Sólo algunas puntadas ―explicó.

―Veinte ―apunté.

―Dieciocho ―matizó.

―Redondeaba.

―Confía en mí, no tienes que redondear ―hizo una mueca al hablar―. ¿Por qué duele tanto? ―preguntó.

Podría haber sido una pregunta retórica, pero le contesté de todos modos.

―Cada vez que mueves un brazo o una pierna, estas moviendo músculos de la espalda. Moviendo la cabeza mueves los hombros y esto provoca un movimiento en los músculos de la espalda. Nunca aprecias tu espalda hasta que pasa algo así.

―Genial ―comentó.

―Basta de trucos, Larry. Dime lo que pasó.

Nos detuvimos detrás de una larga fila de coches que llegaba hasta las luces de Olive. Estábamos atascados entre dos pequeños centros comerciales. El de nuestra izquierda tenía fuentes y el V. J.’s Tea and Spice donde compraba todo mi café. A nuestra derecha estaba Streetside Records y un restaurante chino. Si subías a Ballas a la hora del almuerzo, siempre tenías tiempo de analizar las tiendas a ambos lados.

Sonrió, luego hizo una mueca.

―Tenía dos cuerpos para ejecutar. Ambas víctimas de vampiro que no querían levantarse como tales.

―Recuerdo que deseaban morir. Últimamente has estado haciendo la mayor parte de esos casos.

Afirmó, luego se congeló a mitad del gesto.

―Incluso asentir con la cabeza me duele.

―Y mañana te dolerá más.

―Caramba, gracias, jefa. Necesitaba saberlo.

Me encogí de hombros.

―Mentirte no hará que te duela menos.

―¿Nadie te ha dicho alguna vez que tu tacto con los enfermos apesta?

―Mucha gente.

Hizo un pequeño sonidode hmph.

―Ya me parecía. De todas formas, ya había terminado y estaba recogiendo cuando una mujer llegó con otro cuerpo. Era un vampiro sin orden judicial.

Le eché un vistazo, frunciendo el ceño.

―No le harías nada al cuerpo sin haber cumplido con todo el papeleo, ¿verdad?

Me miró con el ceño fruncido.

―Por supuesto que no. Les dije que si no había orden judicial, no habría vampiro muerto. Estacar a un vampiro sin una orden judicial es asesinato, y no voy a hacerme responsable porque alguien olvidó los trámites. Se lo dije a ellos claramente.

―¿Ellos? ―inquirí. Avancé por el tráfico, un poco más cerca de la luz.

―El otro asistente de la morgue había ido con ellos. Salieron en busca de la orden perdida. Me dejaron con el vampiro. Era por la mañana. No iba a ir a ninguna parte. ―Intentó apartar la mirada y no encontrarse con mis ojos, pero le dolió. Al final, me tuvo que mirar enfadado―. Salí por un cigarrillo.

Le miré y tuve que pisar los frenos de golpe cuando el tráfico se detuvo. Larry fue arrojado contra el cinturón de seguridad. Gimió, y cuando terminó de retorcerse en el asiento, dijo:

―Lo hiciste a propósito.

―No, no lo hice, pero tal vez debería haberlo hecho. Dejaste a un vampiro solo. Un vampiro, que podría haber tenido los suficientes asesinatos en su historial para merecer una orden judicial de ejecución, solo, en el depósito de cadáveres.

―No fue sólo el cigarrillo, Anita. Sencillamente, el cuerpo estaba allí, sobre la camilla. No estaba encadenado o atado con correas. No había cruces en ninguna parte. He hecho ejecuciones. Envuelven a los vampiros con cadenas de plata y cruces hasta que es difícil encontrarle el corazón. Sencillamente, había algo mal. Quería hablar con la médico forense. Tiene que aprobar a todos los vampiros antes de la ejecución, o lo hace alguien más. Además, la ME fuma. Calculé que podríamos volver juntos a su oficina.

―Y… ―dije.

―No estaba fuera, así que regresé a la morgue. Cuando llegué, la encargada intentaba clavar una estaca en el pecho del vampiro.

Tuvimos suerte de estar detenidos en un atasco. Si hubiéramos estado en movimiento, me habría estrellado contra alguien. Le observé.

―Dejaste tu equipo de trabajo sin vigilancia.

Logró parecer avergonzado y furioso al mismo tiempo.

―Mi equipo no incluye escopetas como lo hace el tuyo, así que creí que nadie se acercaría a él.

―Mucha gente roba cosas del bolso sólo de recuerdo, Larry. ―El tráfico comenzó a avanzar lentamente y tuve que concentrarme en mirar hacia delante, en lugar de a su cara.

―Sí, sí, me equivoqué. Sé que me equivoqué. La agarré por la cintura y la aparté del vampiro. ―Deslizó los ojos hacia abajo, sin mirarme. Ésta era la parte que me cabrearía, o la que él pensaba que me enfadaría―. Le di la espalda para comprobar al vampiro. Para asegurarme que no le había hecho daño.

―Te atacó por la espalda ―dije.

Avanzábamos poco a poco, pero avanzábamos. Ahora estábamos atrapados entre Dairy Queen y Kentucky Fried Chicken a un lado, y un concesionario de coches Infiniti y una gasolinera al otro. El paisaje no mejoraba.

―Sí, sí. Debió pensar que estaba fuera de combate, porque me dejó y volvió al vampiro. La desarmé, pero todavía intentaba llegar al vampiro cuando el otro asistente entró. Nos costó un enorme trabajo inmovilizarla. Estaba loca, desquiciada.

―¿Por qué no sacaste el arma, Larry?

El arma debía estar en su equipo de ejecución, porque una pistolera de hombro y su herida no casaban. Pero iba armado. Le había llevado al campo de tiro y a pequeñas cacerías de vampiros hasta que estuve segura de que no se pegaría un tiro en el pie.

―Si hubiera sacado mi arma, podría haberle disparado.

―Eso hubiera estado cerca del asunto, Larry.

―Ese es exactamente el punto ―contestó―. No quería dispararle.

―Podría haberte matado, Larry.

―Lo sé.

Agarré el volante lo suficientemente fuerte como para cambiar el color de mi piel; blanca y rosa. Solté un largo suspiro y traté de no gritar.

―Obviamente no lo sabes, o habrías tenido más cuidado.

―Estoy vivo, y ella no está muerta. El vampiro no tiene ni un rasguño. Todo salió bien.

Salí de Olive y empecé a ir hacia la 270. Teníamos que dirigirnos al norte, hacia St. Charles. Larry tenía un piso allí. Era un paseo de alrededor de veinte minutos; hoy por ti, mañana por mí. Su piso tenía vistas a un lago donde los gansos anidaban en primavera y se congregaban en invierno. Richard Zeeman, profesor de ciencias de secundaria, hombre lobo alfa, y en aquel entonces, mi novio, le había ayudado a trasladarse. A Richard le había gustado de verdad que los gansos anidaran justo bajo el balcón. A mí también.

―Larry, vas a tener que deshacerte de esos escrúpulos, o acabarás muerto.

―Seguiré haciendo lo que pienso que es correcto, Anita. Nada que puedas decir me hará cambiar de opinión.

―Mierda, Larry. No quiero tener que enterrarte.

―¿Qué habrías hecho tú? ¿Dispararle?

―No le habría dado la espalda, Larry. Probablemente, podría haberla desarmado, o haberla mantenido ocupada hasta que el otro asistente llegara. No habría tenido que pegarle un tiro.

―Dejé que el asunto se me fuera de las manos ―concluyó.

―Tus prioridades estaban invertidas. Deberías haber neutralizado la amenaza antes de comprobar a la víctima. Vivo, podrías ayudar al vampiro. Muerto, sólo serías otra víctima.

―Bueno, al menos tengo una cicatriz que tú no tienes.

Sacudí la cabeza.

―Tendrás que intentarlo más si quieres tener una cicatriz que yo no tenga.

―¿Has dejado que un humano te clave una de tus estacas en la espalda?

―Dos humanos con múltiples mordiscos a los que solía llamar siervos humanos antes de que supiera el verdadero significado del término. Inmovilicé a uno y le apuñalé. La mujer me atacó por la espalda.

―Pero lo tuyo no fue un error ―comentó.

Me encogí de hombros.

―Podría haberles disparado en cuanto les vi, pero en aquel entonces no mataba humanos tan fácilmente. Aprendí la lección. Sólo porque no tienen colmillos, no significa que no puedan matarte.

―¿Eras    escrupulosa    a    la   hora   de   disparar   a   los  siervos  humanos? ―preguntó Larry.

Giré en la 270.

―Nadie es perfecto. ¿Por qué la mujer intentaba con tanto ahínco matar al vampiro?

Sonrió abiertamente.

―Te va a encantar. Ella es miembro de Humanos Primero. El vampiro era un médico del hospital. Se había metido en un armario de ropa. Era donde siempre dormía durante el día si tenía que quedarse hasta demasiado tarde en el hospital para conducir hasta casa. Sólo lo colocó en una camilla y lo bajó al depósito.

―Estoy sorprendida de que no le expusiera a la luz del sol directamente. Los últimos rayos del día funcionan tan bien como los del mediodía.

―El armario de ropa que usaba estaba en el suelo del sótano, por si acaso alguien abría por error la puerta durante el día. Sin ventanas. Ella tendría miedo de que alguien la viera antes de que pudiera subirse al montacargas y salir.

―¿De verdad pensó que lo ejecutarías sin más?

―Supongo. No lo sé, Anita. Estaba loca, realmente loca. Nos escupió a nosotros y al vampiro, diciendo que nos pudriríamos todos en el infierno. Que teníamos que limpiar el mundo de monstruos. Los monstruos iban a esclavizarnos a todos. ―Larry tembló, luego frunció el ceño―. Pensé que Humanos Contra Vampiros era bastante malo, pero este grupo, Humanos Primero, da miedo de verdad.

―HCV intenta trabajar dentro de la ley ―indiqué―. Humanos Primero no finge que le importe. Reivindicaron haber estacado a aquel alcalde vampiro de Michigan.

―¿Reivindicaron? ¿No les crees?

―Creo que lo hizo alguien de su querido y cercano entorno.

―¿Por qué?

―La policía me envió una descripción y algunas fotos de las medidas de seguridad que él había tomado. Humanos Primero pueden ser radicales, pero aún no están bien organizados. Habrían tenido que planear, y tener mucha suerte, para llegar a ese vampiro durante el día. Se tomaba, como muchos antiguos, muy en serio su seguridad diurna. Creo que, quienquiera que fuera, es feliz dejando a los radicales derechistas cargar con la culpa.

―¿Le dijiste a la policía lo que sospechabas?

―Claro. Por eso preguntaron.

―Estoy sorprendido de que no te hayan hecho bajar y verlo en persona.

Me encogí de hombros.

―No puedo ir personalmente a cada delito preternatural. Además, técnicamente soy una civil. Los policías son algo suspicaces con eso de implicar civiles en sus casos, pero lo más importante era que los medios estarían por todas partes: La Ejecutora Judicial Soluciona el Asesinato Vampiro.

Larry sonrió abiertamente.

―Es un delicado titular para ti.

―Desafortunadamente ―dije―, también creo que el asesino es humano. Creo que es alguien que estaba cerca de él. Se parece a cualquier asesinato bien planeado, excepto que la víctima es un vampiro.

―Sólo  tú  harías  que  un  asesinato  de vampiro de libro pareciera ordinario ―comentó Larry.

Tuve que sonreír.

―Supongo. ―Mi busca sonó, y salté. Saqué el maldito aparato de la falda y lo sostuve donde pudiera ver el número. Lo miré ceñuda.

―¿Qué ocurre? ¿Es la policía?

―No. No reconozco el número.

―Nunca das tu número de busca a desconocidos.

―Soy consciente de ello.

―Oye, no seas tan gruñona conmigo.

Suspiré.

―Lo siento.

Larry estaba reduciendo lentamente mi nivel de agresividad. Estaba, a fuerza de repetir, enseñándome a ser más agradable. Cualquier otro, y su cabeza, habrían servido de alimento en una cesta. Pero Larry lograba pulsar los botones adecuados. Podría regañarme para que fuera más agradable y no le golpearía. La base de una fructífera relación.

Estábamos a unos pocos minutos del piso de Larry. Le metería en la cama y contestaría la llamada. Si no era la policía, o un alzamiento de zombis, iba a enfadarme. Me molestaba que sonara si no era importante. Es para lo que sirven los buscas, ¿no? Si no era un asunto importante, iba a caer sobre toda persona responsable. Con Larry dormido podría ser tan desagradable como quisiera ser. Casi era un alivio.

Cadena de tiendas de música.

Médico forense.

Cadena de helados y restaurantes de comida rápida.

Capítulo 1 – Ofrendas Ardientes II parte

•24 noviembre 2009 • 5 comentarios

Siento no haber subido antes el final del capitulo uno, pero aquí lo tenéis. 🙂


―Comenzó a escribir a los periódicos y a la televisión. Buscaba reconocimiento por las muertes. Prendió fuego a un par de policías antes de que lo atrapáramos. Llevábamos puestos aquellos enormes trajes plateados que se usan para los incendios en las plataformas petroleras. No logró quemarnos. Lo bajamos a comisaría y fue un error. La incendió.
―¿Dónde más podía haberle llevado? ―pregunté.

Se encogió de hombros.

―No lo sé, a otra parte. Todavía tenía puesto el traje, y me agarré a él. Le dije que nos quemaríamos juntos si no paraba. Se rió y se prendió fuego a sí mismo. ―McKinnon posó su vaso con sumo cuidado al borde del escritorio―. Las llamas eran de color azul pálido, casi como las de una estufa de gas, pero un poco más pálidas. No le quemaron, pero de alguna manera, prendió fuego a mi traje. La maldita cosa esta preparada para aguantar algo así como 6.000ºC, y comenzó a derretirse. La piel humana se quema a los 60ºC, pero de algún modo no me derretí como el traje. Tuve que desnudarme mientras se reía. Salió por la puerta y no pensó que nadie sería lo bastante estúpido para agarrarle.

No dije lo obvio. Le dejé hablar.

―Le alcance en el vestíbulo y le golpeé ruidosamente un par de veces contra una pared. Una cosa curiosa, donde mi piel le tocaba no se quemaba. Era como si el fuego avanzase lentamente sobre su espacio y continuase por mis brazos, así que mis manos estaban bien.

Asentí.

―Hay una teoría que dice que el aura de un piro les impide quemarse. Cuando usted tocó su piel, estaba demasiado cerca de su propia aura, de su propia protección, para quemarse.

Me contempló.

―Tal vez fue lo que pasó, porque le lancé con fuerza contra la pared repetidas veces. Gritaba. Le quemaré. Le quemaré vivo. Entonces el fuego cambió al amarillo, al normal, y comenzó a quemarse. Le dejé apartarse y me dirigí a por un extintor. No podíamos apagar el fuego de su cuerpo. Los extintores funcionaban sobre las paredes, sobre todo lo demás, pero no funcionaban con él. Era como si el fuego avanzara lenta y profundamente por el interior de su cuerpo. Aplacamos cierta cantidad de llamas, pero aparecían más, hasta que todo fue fuego. ―Los ojos de McKinnon estaban distantes y llenos de horror, como si todavía lo viera―. No murió, Sra. Blake, no como debía. Gritó durante mucho tiempo y no pudimos ayudarle. No pude ayudarle. ―Su voz se calmó. Simplemente se sentó allí y contempló la nada.

Esperé y finalmente pregunté suavemente.

―¿Por qué está aquí, Capitán?

Parpadeó y volvió en sí.

―Creo que tenemos otro firebug en nuestras manos, Sra. Blake. Dolph dijo que si alguien puede ayudarnos a evitar la pérdida de vidas, es usted.
―La capacidad psíquica no es técnicamente algo sobrenatural. Es sólo un talento, como lanzar una gran pelota curva.

Sacudió su cabeza.

―Lo que vi morir ese día en el suelo de la comisaría no era humano. No podía haber sido humano. Dolph dice que es experta en monstruos. Ayúdeme a atrapar a éste antes de que mate.
―¿Él o ella no ha matado aún? ¿Son solo daños materiales? ―inquirí.

Asintió.

―Podría perder mi trabajo por haber venido. Debería haber seguido el protocolo y conseguir el permiso según la cadena de mando, pero sólo hemos perdido un par de edificios. Quiero que siga siendo así.

Inspiré lentamente y solté el aire.

―Estaré encantada de ayudar, Capitán, pero francamente, no sé lo que puedo hacer por usted.

Sacó un grueso archivador.

―Aquí está todo lo que tenemos. Revíselo y llámeme esta noche.

Cogí la carpeta y la coloqué en el centro del papel secante de mi escritorio.

―Mi número está en el archivo. Llámeme. Tal vez no sea un firebug. Tal vez es algo más. Pero independientemente de lo que sea, Sra. Blake, puede cubrirse de llamas y no quemarse. Puede atravesar un edificio y despedir fuego como si rociara agua. Sin acelerantes, Sra. Blake, aún así, las casas han prendido como si hubieran sido empapadas en algo. Cuando llevamos la madera al laboratorio, estaba limpia. Lo que sea que esté haciendo, es como si obligara al fuego a hacer cosas que no debería. ―Le echó un vistazo a su reloj―. Es tarde. Estoy trabajando para introducirla en esto oficialmente, pero tengo miedo de que prefieran esperar a que muera alguien. Yo no quiero esperar.
―Le llamaré esta noche, pero puede que sea tarde. ¿A partir de qué hora sería demasiado tarde para llamarle?
―Llámeme a cualquier hora, Sra. Blake, a cualquier hora.

Asentí con la cabeza y me levanté. Le ofrecí la mano. La estrechó. Su presión era firme, sólida, pero no demasiado apretada. Muchos de los clientes masculinos que querían saber sobre mis cicatrices, apretaban mi mano como si quisieran que gritara «¡tío!», pero McKinnon se sentía seguro. Tenía sus propias cicatrices.

Apenas me había sentado cuando sonó el teléfono.

―¿Qué pasa, Mary?
―Soy yo ―contestó Larry―. Mary no creyó que te molestaría si me pasaba directamente contigo.

Supuestamente, Larry Kirkland, ejecutor novato, estaba en el depósito de cadáveres estacando vampiros.

―No. ¿Qué pasa?
―Necesito que me lleves a casa. ―Había una leve vacilación en su voz.
―¿Qué ocurre?

Se rió.

―Ya debería saber que no sirve de nada ser tímido contigo. Estoy todo cosido. El doctor ha dicho que me pondré bien.
―¿Qué ha pasado? ―insistí.
―Ven a recogerme y te lo contaré todo. ―Después, el pequeño hijo de perra me colgó.

Sólo había un motivo por el que no querría hablar. Había hecho algo estúpido y estaba herido. Dos cuerpos para estacar. Dos cuerpos que no se habrían levantado durante, al menos, otra noche. ¿Qué podía haber salido mal? Como dice un viejo refrán: sólo hay un modo de averiguarlo.
Mary aplazó mis citas. Me coloqué la pistolera completa, extraje la Browning Hi-Power del cajón superior del escritorio y la introduje en ella. Ya que me había quitado la chaqueta del traje en la oficina, había guardado el arma en el cajón, pero fuera de la oficina y después del anochecer, siempre llevaba el arma encima. La mayoría de las criaturas que me habían hecho alguna cicatriz estaban muertas. Con casi todas, lo había hecho yo personalmente. Las balas de plata son maravillosas.

 

La Browning High Power, técnicamente llamada P35, es uno de los mejores modelos de pistola fabricado por la Fabrique Nationale (FN) de Herstal. Apodada La reina de las 9 mm, tiene la fama de ser el modelo con recámara más exitoso del 9mm Parabellum, debido a su fiabilidad, buena precisión y a su empuñadura ergonómica.