Capítulo 1 – Ofrendas Ardientes II parte

Siento no haber subido antes el final del capitulo uno, pero aquí lo tenéis. 🙂


―Comenzó a escribir a los periódicos y a la televisión. Buscaba reconocimiento por las muertes. Prendió fuego a un par de policías antes de que lo atrapáramos. Llevábamos puestos aquellos enormes trajes plateados que se usan para los incendios en las plataformas petroleras. No logró quemarnos. Lo bajamos a comisaría y fue un error. La incendió.
―¿Dónde más podía haberle llevado? ―pregunté.

Se encogió de hombros.

―No lo sé, a otra parte. Todavía tenía puesto el traje, y me agarré a él. Le dije que nos quemaríamos juntos si no paraba. Se rió y se prendió fuego a sí mismo. ―McKinnon posó su vaso con sumo cuidado al borde del escritorio―. Las llamas eran de color azul pálido, casi como las de una estufa de gas, pero un poco más pálidas. No le quemaron, pero de alguna manera, prendió fuego a mi traje. La maldita cosa esta preparada para aguantar algo así como 6.000ºC, y comenzó a derretirse. La piel humana se quema a los 60ºC, pero de algún modo no me derretí como el traje. Tuve que desnudarme mientras se reía. Salió por la puerta y no pensó que nadie sería lo bastante estúpido para agarrarle.

No dije lo obvio. Le dejé hablar.

―Le alcance en el vestíbulo y le golpeé ruidosamente un par de veces contra una pared. Una cosa curiosa, donde mi piel le tocaba no se quemaba. Era como si el fuego avanzase lentamente sobre su espacio y continuase por mis brazos, así que mis manos estaban bien.

Asentí.

―Hay una teoría que dice que el aura de un piro les impide quemarse. Cuando usted tocó su piel, estaba demasiado cerca de su propia aura, de su propia protección, para quemarse.

Me contempló.

―Tal vez fue lo que pasó, porque le lancé con fuerza contra la pared repetidas veces. Gritaba. Le quemaré. Le quemaré vivo. Entonces el fuego cambió al amarillo, al normal, y comenzó a quemarse. Le dejé apartarse y me dirigí a por un extintor. No podíamos apagar el fuego de su cuerpo. Los extintores funcionaban sobre las paredes, sobre todo lo demás, pero no funcionaban con él. Era como si el fuego avanzara lenta y profundamente por el interior de su cuerpo. Aplacamos cierta cantidad de llamas, pero aparecían más, hasta que todo fue fuego. ―Los ojos de McKinnon estaban distantes y llenos de horror, como si todavía lo viera―. No murió, Sra. Blake, no como debía. Gritó durante mucho tiempo y no pudimos ayudarle. No pude ayudarle. ―Su voz se calmó. Simplemente se sentó allí y contempló la nada.

Esperé y finalmente pregunté suavemente.

―¿Por qué está aquí, Capitán?

Parpadeó y volvió en sí.

―Creo que tenemos otro firebug en nuestras manos, Sra. Blake. Dolph dijo que si alguien puede ayudarnos a evitar la pérdida de vidas, es usted.
―La capacidad psíquica no es técnicamente algo sobrenatural. Es sólo un talento, como lanzar una gran pelota curva.

Sacudió su cabeza.

―Lo que vi morir ese día en el suelo de la comisaría no era humano. No podía haber sido humano. Dolph dice que es experta en monstruos. Ayúdeme a atrapar a éste antes de que mate.
―¿Él o ella no ha matado aún? ¿Son solo daños materiales? ―inquirí.

Asintió.

―Podría perder mi trabajo por haber venido. Debería haber seguido el protocolo y conseguir el permiso según la cadena de mando, pero sólo hemos perdido un par de edificios. Quiero que siga siendo así.

Inspiré lentamente y solté el aire.

―Estaré encantada de ayudar, Capitán, pero francamente, no sé lo que puedo hacer por usted.

Sacó un grueso archivador.

―Aquí está todo lo que tenemos. Revíselo y llámeme esta noche.

Cogí la carpeta y la coloqué en el centro del papel secante de mi escritorio.

―Mi número está en el archivo. Llámeme. Tal vez no sea un firebug. Tal vez es algo más. Pero independientemente de lo que sea, Sra. Blake, puede cubrirse de llamas y no quemarse. Puede atravesar un edificio y despedir fuego como si rociara agua. Sin acelerantes, Sra. Blake, aún así, las casas han prendido como si hubieran sido empapadas en algo. Cuando llevamos la madera al laboratorio, estaba limpia. Lo que sea que esté haciendo, es como si obligara al fuego a hacer cosas que no debería. ―Le echó un vistazo a su reloj―. Es tarde. Estoy trabajando para introducirla en esto oficialmente, pero tengo miedo de que prefieran esperar a que muera alguien. Yo no quiero esperar.
―Le llamaré esta noche, pero puede que sea tarde. ¿A partir de qué hora sería demasiado tarde para llamarle?
―Llámeme a cualquier hora, Sra. Blake, a cualquier hora.

Asentí con la cabeza y me levanté. Le ofrecí la mano. La estrechó. Su presión era firme, sólida, pero no demasiado apretada. Muchos de los clientes masculinos que querían saber sobre mis cicatrices, apretaban mi mano como si quisieran que gritara «¡tío!», pero McKinnon se sentía seguro. Tenía sus propias cicatrices.

Apenas me había sentado cuando sonó el teléfono.

―¿Qué pasa, Mary?
―Soy yo ―contestó Larry―. Mary no creyó que te molestaría si me pasaba directamente contigo.

Supuestamente, Larry Kirkland, ejecutor novato, estaba en el depósito de cadáveres estacando vampiros.

―No. ¿Qué pasa?
―Necesito que me lleves a casa. ―Había una leve vacilación en su voz.
―¿Qué ocurre?

Se rió.

―Ya debería saber que no sirve de nada ser tímido contigo. Estoy todo cosido. El doctor ha dicho que me pondré bien.
―¿Qué ha pasado? ―insistí.
―Ven a recogerme y te lo contaré todo. ―Después, el pequeño hijo de perra me colgó.

Sólo había un motivo por el que no querría hablar. Había hecho algo estúpido y estaba herido. Dos cuerpos para estacar. Dos cuerpos que no se habrían levantado durante, al menos, otra noche. ¿Qué podía haber salido mal? Como dice un viejo refrán: sólo hay un modo de averiguarlo.
Mary aplazó mis citas. Me coloqué la pistolera completa, extraje la Browning Hi-Power del cajón superior del escritorio y la introduje en ella. Ya que me había quitado la chaqueta del traje en la oficina, había guardado el arma en el cajón, pero fuera de la oficina y después del anochecer, siempre llevaba el arma encima. La mayoría de las criaturas que me habían hecho alguna cicatriz estaban muertas. Con casi todas, lo había hecho yo personalmente. Las balas de plata son maravillosas.

 

La Browning High Power, técnicamente llamada P35, es uno de los mejores modelos de pistola fabricado por la Fabrique Nationale (FN) de Herstal. Apodada La reina de las 9 mm, tiene la fama de ser el modelo con recámara más exitoso del 9mm Parabellum, debido a su fiabilidad, buena precisión y a su empuñadura ergonómica.

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~ por lectorascompulsivas en 24 noviembre 2009.

5 comentarios to “Capítulo 1 – Ofrendas Ardientes II parte”

  1. Siento el retraso, chic@s, y como recompensa, os subo tambien el dos. 🙂

  2. Ole!!Con premios así… casi gusta más leer 2 de golpe, q 1 de a poquitos. Aunq al final te quedas con las mismas ganas de seguir leyendo más. Jajajaja!!!

  3. Sip, jajaj, siempre nos quedamos con ganas de mas, 🙂

  4. Es una traducion estupenda igual que las anteriores felicidades a las chicas que lo estais haciendo posible!!

  5. Gracias, Lysa, nos agrada que os gusten nuestras traducciones. 🙂

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