Capítulo 3 – Ofrendas Ardientes

Siento haberme retrasado tanto, no era intención dejar pasar tanto tiempo, pero weno, os dejo el capi 3, espero que lo disfruteis.


Cuando Larry estuvo metido en la cama con su Demorol, tan profundamente dormido que nada, salvo un terremoto le habría despertado, hice mi llamada telefónica. Todavía no tenía ni la mas mínima idea de a quién era, lo que me molestaba. No era sólo inconveniente, era inquietante. ¿Quién había conseguido mis números privados y por qué?
El teléfono no había terminado de sonar una vez cuando alguien lo descolgó. La voz al otro lado de la línea era masculina, suave, y llena de pánico.

―Hola… hola…

Toda mi irritación desapareció en un instante con algo muy cercano al miedo.

―Stephen, ¿qué ocurre?

Oí que tragaba con dificultad al otro lado del teléfono.

―Gracias a Dios.
―¿Qué ha pasado? ―Hice sonar mi voz muy clara, muy tranquila, porque quería gritarle, obligarle a decirme qué demonios ocurría.
―¿Puedes venir al hospital universitario St. Louis?

Eso consiguió llamar mi atención.

―¿Cómo de mal estás?
―No soy yo.

Mi corazón ascendió hasta la garganta y, mi voz salió estrangulada y tirante.

―Jean-Claude. ―Al momento de decirlo, supe que era una tontería.

Era poco después del mediodía. Si Jean-Claude hubiera necesitado un medico, habrían tenido que ir hasta él. Los vampiros no se movían en pleno día. ¿Por qué estaba tan preocupada por un vampiro? Había aceptado salir con él. Mi familia, Católicos devotos, estarían conmocionados. Yo aún estaba un poco avergonzada, era difícil defenderme.

―No es Jean-Claude. Es Nathaniel.
―¿Quién?

El aliento de Stephen salió con un suspiro de resignación.

―Pertenecía al grupo de Gabriel.

Que era otra forma de decir que era un hombre leopardo. Gabriel había sido el líder de los leopardos, su alfa, hasta que yo lo había matado. ¿Por qué le había matado? La mayoría de las heridas que él me había hecho, se habían curado. Era una de las ventajas de las marcas de vampiro. No cicatrizaba tan fácilmente, pero había un resto cicatrizado en la parte alta de mis nalgas y más abajo. Débil, casi inexistente, pero siempre tendría un pequeño recordatorio de Gabriel. Un recordatorio de que su fantasía había sido violarme, hacerme gritar su nombre, y luego matarme. Conociendo a Gabriel, probablemente no habría sido delicado en cuando a matarme, después o durante, en cualquier momento le habría servido. Mientras yo todavía estuviera caliente. A la mayoría de los licántropos no les iba la carroña.
Soné despreocupada, hasta en mi propia cabeza. Pero mis dedos acariciaban a lo largo de mi espalda, como si pudiera sentir las cicatrices por encima de mi falda. Tenía que ser despreocupada. Tenía que serlo. O comenzaría a gritar y no pararía.

―Los del hospital no saben que Nathaniel es un cambiaformas, ¿verdad? ―comenté.
―Lo saben. Se cura demasiado rápido para que no se den cuenta. ―Bajó su voz.
―Entonces, ¿por qué susurras?
―Estoy en la sala de espera, en una cabina telefónica. ―Había un sonido al otro lado, como si hubiera tenido que acercar el receptor a su boca. Refunfuñó―. Se va a cortar en un minuto. ―Después volvió―. Necesito que vengas, Anita.
―¿Por qué?
―Por favor.
―Eres un hombre lobo, Stephen. ¿Qué haces cuidando cachorros de gato?
―Mi nombre es uno de los que aparecen en su cartilla en caso de emergencia. Nathaniel trabaja en Placeres Prohibidos.
―¿Es un stripper? ―pregunté, aunque podía ser un camarero, pero no era probable.

Jean-Claude poseía Placeres Prohibidos, y nunca había malgastado a un cambiaformas fuera del escenario. Eran condenadamente exóticos.

―Sí.
―¿Necesitáis que os lleve? ―Parecía ser el trabajo del día, pensé.
―Sí, y no.

Había algo en su voz que no me gustaba. Inquietud, tensión. Stephen no solía andarse con rodeos. No se andaba con juegos. Simplemente lo decía.

―¿Cómo se hizo daño Nathaniel? ―Tal vez si hacía mejores preguntas, obtendría mejores respuestas.
―Un cliente se puso demasiado rudo.
―¿En el club?
―No. Anita, por favor, no hay tiempo. Ven y asegúrate de que no se va a casa con Zane.
―¿Quién demonios es Zane?
―Otro de la manada de Gabriel. Ha estado prostituyéndolos desde que Gabriel murió, pero no los protege como Gabriel lo hacía. No es un alfa.
―¿Prostituyéndolos? ¿De qué hablas?

La voz de Stephen se elevó alta y clara, demasiado alegre.

―Hola, Zane. ¿Has visto ya a Nathaniel?

No podía oír la respuesta, sólo el zumbido de toda esa gente en la sala de espera.

―No creo que ellos quieran que se vaya aún. Está muy lastimado ―dijo Stephen.

Zane debió acercarse al teléfono, muy cerca de Stephen. Una voz baja, casi un gruñido, atravesó el cable.

―Se irá a casa cuando yo diga que se vaya a casa.

La voz de Stephen rayaba el pánico.

―No creo que a los médicos les guste eso.
―Me importa una mierda. ¿Con quién estás hablando?

Para que su voz sonara tan clara tenía que haber sujetado a Stephen contra la pared. Amenazándole, pero sin decir nada específico.
Los gruñidos se convirtieron de repente en una voz muy clara. Le había arrebatado el teléfono a Stephen.

―¿Quién es usted?
―Anita Blake, y usted debe ser Zane.

Él se rió, y fue demasiado bajo, como si su garganta estuviera lastimada.

―La lupa humana de los lobos. Ah, estoy tan asustado.

Lupa era la palabra usada entre los hombres lobos para referirse a la compañera de su líder. Era la primera humana en ser honrada de esa manera. Aunque ya no estaba saliendo con su Ulfric. Habíamos roto después de que le vi comerse a alguien. Oye, una mujer tiene que tener algún principio.

―Gabriel tampoco se asustaba de mí. Y mira lo que consiguió ―dije.

Zane se mantuvo en silencio durante unos cuantos segundos. Respiró sobre el teléfono como un perro jadeante, pero no como si lo hiciera a propósito, más bien, como si no pudiera evitarlo.

―Nathaniel es mío. Aléjese de él.
―Stephen no es suyo ―aseguré.
―¿Le pertenece a usted? ―Podía oír el movimiento de tela. Un movimiento de tejido, al otro lado del teléfono que no me gustaba―. Él es taaaan mono. ¿Ha probado estos suaves labios? ¿Ha extendido éste largo pelo rubio sobre su almohada?

Sabía, sin verlo, que estaba tocando a Stephen, magreándolo, para acompañar las palabras.

―No le toque, Zane.
―Demasiado tarde.

Apreté el teléfono y forcé a mi voz para que sonara calmada.

―Stephen está bajo mi protección, Zane. ¿Me entiende?
―¿Qué haría para mantener seguro a su lobo favorito, Anita?
―No quiere apretar esa tecla, Zane. Verdaderamente, no quiere.

Bajó su voz hasta un susurro casi doloroso.

―¿Me mataría para mantenerlo seguro?

Por lo general, tenía que encontrarme con alguien al menos una vez antes de amenazar con matarlo, pero estaba a punto de hacer una excepción.

―Sí.

Se rió, bajo y nervioso.

―Veo por qué usted le gustaba tanto a Gabriel. Tan dura, tan segura de sí misma. Taaaaan peligrosa.
―Suena a una mala imitación de Gabriel.

Hizo un ruido a mitad de camino entre un silbido y un «bah».

―Stephen no debería haber interferido.
―Es amigo de Nathaniel.
―Yo soy todo el amigo que él necesita.
―No lo creo.
―Me llevo a Nathaniel conmigo, Anita. Si Stephen intenta detenerme, le lastimaré.
―Le hace daño a Stephen, y yo le lastimo a usted.
―Así sea ―colgó.

Mierda. Corrí a mi Jeep. Estaba a treinta minutos de distancia, veinte si aceleraba mucho. Veinte minutos. Stephen no era dominante. Era una víctima. Pero también era leal. Si pensaba que Nathaniel no debía ir con Zane, lo intentaría y lo protegería. No lucharía por él, pero podía lanzar su cuerpo delante del coche. No tenía ninguna duda de que Zane le pasaría por encima. En el mejor de los casos. En el peor, Zane se llevaría tanto a Stephen como a Nathaniel. Si Zane actuaba tan similar a Gabriel como hablaba, más bien prefería elegir mis posibilidades en el coche.

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~ por lectorascompulsivas en 28 diciembre 2009.

5 comentarios to “Capítulo 3 – Ofrendas Ardientes”

  1. Muchas gracias !!!!!! 🙂

  2. De nada, wapa. 🙂

  3. Holaaa!!!

    gracias por este capitulo!!!!!

  4. Wenas Marina. 🙂

    De nada, wapa, en breve subiré otro. 😉

  5. gracias, gracias, me ayuda ahora que toy enfermita

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