Capítulo 5 – Ofrendas Ardientes

Stephen se encontraba en una estrecha cama de hospital. El rizado pelo rubio era más largo que el mío, cubriendo la blanca almohada. Las violentas cicatrices rojas y rosas se entrecruzaban en su delicada cara. Parecía como si le hubieran empujado por una ventana, que era exactamente lo que había pasado. Stephen, que no me superaba en más de nueve kilos, había mantenido la posición. Al final, Zane le había empujado por la ventana con tela metálica de seguridad. Fue como estrujar a alguien contra un rallador de queso metálico. Si hubiera sido humano, estaría muerto. Incluso Stephen estaba herido, mal herido. Pero se curaba. No podía ver decolorarse literalmente las cicatrices. Era parecido a ver florecer una flor. Sabías que ocurría, pero no conseguías verlo. Cada vez que volvía a mirarle, me encontraba con una cicatriz menos. Asustaba como el demonio.

Nathaniel estaba en la otra cama. Tenía el pelo más largo que Stephen. Apostaba que hasta la cintura. Era difícil asegurarlo cuando sólo le había visto tumbado. Era del más oscuro caoba, casi marrón, pero no… De un caoba vivo, intenso. El cabello extendido sobres las sábanas blancas era como la piel de un animal, espeso y brillante.

Era bastante más que guapo, y no podía medir más de metro setenta. El pelo ayudaba a la ilusión de feminidad. Pero los hombros eran desproporcionadamente amplios; en parte por levantar pesas, en parte por genética. Tenía hombros grandes, pero cuadraban más con alguien de aproximadamente quince centímetros más alto. Tenía que tener dieciocho años para desnudarse en el Placeres Prohibidos. La cara era delgada, la mandíbula demasiado suave. Podía tener dieciocho, pero no desde hacía mucho. Posiblemente, un día crecería dentro de esos hombros.

Estábamos en una habitación privada, en el área de aislamiento. La zona que la mayoría de los hospitales mantenía para licántropos, vampiros, y otros vecinos preternaturales. Cualquier cosa que pensara que podía ser peligrosa. Zane había sido peligroso. Pero los policías se lo habían llevado con las heridas casi curadas. La carne había expulsado al suelo mis balas, como trozos rechazados de un órgano. No pensaba que necesitásemos la sala de aislamiento para Stephen y Nathaniel. Podría estar equivocada con Nathaniel, pero no lo creía. Confiaba en el juicio de Stephen.

Nathaniel no había recobrado el conocimiento. Yo había preguntado que heridas tenía, y me lo dijeron porque todavía creían que era policía, y además les había salvado el trasero. La gratitud es algo maravilloso.

Alguien, mas o menos, había destripado a Nathaniel. No estoy diciendo que le hubieran rajado el estomago con un cuchillo, sino que le abrieron y dejaron que los intestinos llegaran al suelo; los médicos encontraron trozos de escombros en los intestinos. Había signos de trauma severo en otras partes del cuerpo. Habían abusado sexualmente de él. Y sí, una prostituta puede ser violada. Todo lo que tiene que decir es «no». Nadie, ni siquiera un licántropo, estaría de acuerdo en ser violado mientras le cuelgan los intestinos hasta el suelo. La violación pudo haber sido antes y después intentaron matarle. Era un poco menos enfermizo hacerlo en ese orden. Un poco.

Tenía marcas en las muñecas y los tobillos, como si hubiera sido encadenado. Las marcas estaban en carne viva, como si hubiera luchado, y no se curaban. Lo que significaba que habían usado cadenas con un alto contenido en plata. De ese modo, no solo le sujetaban, sino que le hacían daño. Quién lo hubiera hecho, sabía con antelación que atraparía a un licántropo. Estaban preparados. Lo que planteaba algunas preguntas muy interesantes.

Stephen dijo que Gabriel había estado prostituyendo a los hombres leopardo. Entendía por qué la gente quería algo tan exótico como ellos. Sabía que el existía sadomasoquismo. Los cambiaformas podían aguantar un infierno de dolor. Así, la combinación hasta parecía tener un cierto sentido. Pero esto iba más allá de los juegos sexuales. Nunca había oído algo tan brutal fuera de un caso de un asesino múltiple.

No les podía dejar solos, sin protección. Incluso sin la amenaza de asesinos sexuales, todavía estaban los propios leopardos. Zane podía haber gritado y haberme besado los pies, pero había otros. Si no tenían ninguna estructura de manada, ningún alfa, no tenían a nadie a quien decirle que dejara a Nathaniel en paz. Sin un líder, podría ser que dieran marcha atrás, o que me viera en la necesidad de matarles a todos, uno a uno. No era un plan agradable. Los auténticos leopardos no se preocupan de quién es jefe. No tienen estructura de manada, pero los cambiaformas no son animales; son personas. Lo que significaba que no importa lo solitaria o sencilla que fuera la forma animal, la mitad de la gente siempre encuentra una forma de enredar las cosas. Si Gabriel había seleccionado con mucho cuidado a su gente, no podía confiar en que no vinieran y se llevaran a Nathaniel de nuevo. Gabriel había sido un gatito morboso, y Zane tampoco me había impresionado mucho. ¿A quién pedir refuerzos? A la manada local de hombres lobo, por supuesto. Stephen era un miembro de su grupo. Ellos le debían protección.

Hubo un golpe en la puerta. Saqué la Browning y la sostuve en mi regazo, bajo la revista que había estado leyendo. Había logrado encontrar una copia de hacía tres meses del National Wildlife, con un artículo de osos Kodiak[1]. La revista escondía el arma muy bien.

―¿Quién es?

―Soy Irving.

―Entra. ―Sostuve el arma por si acaso alguien trataba de entrar detrás de él.

Irving Griswold era un hombre lobo y periodista. Para ser reportero, era un buen tipo, pero no era tan cuidadoso como yo. Cuando viera que entraba él solo, guardaría el arma.

Irving empujó la puerta, sonriendo. El pelo castaño rizado le rodeaba la cabeza como un halo marrón, con un brillante punto calvo en el centro. Las gafas se apoyaban en una pequeña nariz. Era bajo, y eso daba la impresión de que era redondo sin ser gordo. Parecía de todo menos un gran lobo malo. Ni siquiera parecía un periodista, lo cuál era uno de los motivos que lo hacían tan buen reportero, pero probablemente, siempre le impediría ser material de cámara. Trabajaba para el St. Louis Post-Dispatch, y me había entrevistado muchas veces.

Cerró la puerta detrás de él. Guardé el arma.

Sus ojos se ensancharon. Habló en voz baja, pero no en susurros.

―¿Cómo está Stephen?

―¿Cómo entraste aquí? Se suponía que había policías en la puerta.

―¡Ostras, Blake, yo también me alegro de verte!

―No juegues conmigo, Irving. Se supone que ahí hay un guardia.

―Está hablando en recepción con una enfermera muy bonita.

―Mierda.

No era una auténtica poli, por lo que no podía acercarme a ellos gritándoles, pero era tentador. Había una propuesta de ley a debate en Washington para entregar insignias federales a los ejecutores. A veces creía que era una muy mala idea. Otras veces no.

―Cuéntamelo rápido antes de que me echen. ¿Cómo esta Stephen?

Se lo dije.

―¿No te preocupa Nathaniel?

Parecía incómodo.

―Sabes que Sylvie ejerce de jefe de la manada mientras Richard está fuera de la ciudad trabajando para su maestro, ¿verdad?

Suspiré.

―No, no lo sabía.

―Sé que no hablas con Richard desde que rompisteis, pero creí que alguien te lo habría mencionado.

―Todos los lobos se mueven a mí alrededor como si hubiera habido un fallecimiento. Nadie me habla de Richard, Irving. Pensé que les había prohibido hablarme.

―No que yo sepa.

―Estoy sorprendida de que no entraras aquí buscando una historia.

―No puedo hacer un reportaje, Anita. Está demasiado cerca de casa.

―¿Debido a qué conoces a Stephen?

―A todos los implicados son cambiaformas, y yo soy un afable reportero.

―¿De verdad crees que perderías el trabajo si lo supieran?

―Trabajo, maldición. ¿Qué diría mi madre?

Sonreí.

―Entonces no puedes jugar al guardaespaldas.

Frunció el ceño.

―Sabes, no había pensado en eso. Cuando lastimaban en público a algún miembro del grupo y no podía esconderlo, Raina siempre iba al rescate. Con sus muertes, no creo que haya ningún alfa que no esconda lo que son. Nadie que me haya confiado la protección de Stephen, de todos modos.

Raina había sido la antigua lupa de la manada antes de que yo tomara el cargo. Técnicamente, la lupa anterior no tiene que morir para renunciar; a diferencia del Ulfric o Líder de la manada. Pero Raina había sido amiga de Gabriel. Habían compartido ciertas aficiones, como la producción de películas porno amateur con humanos y cambiaformas como protagonistas. Ella había ayudado a rodar una película mientras Gabriel intentaba violarme. Ah, sí, había sido un verdadero placer darle boleto a Raina.

―Esta es la segunda vez que has ignorado a Nathaniel ―dije―. ¿Qué pasa, Irving?

―Te dije que Sylvie es la responsable hasta que Richard regrese a la ciudad.

―¿Y…?

―Nos ha prohibido a todos ayudar de cualquier forma a los hombres leopardo.

―¿Por qué?

―Raina usó a muchos en sus películas porno, junto a lobos.

―He visto una de esas pelis. No estoy impresionada. Horrorizada sí, pero no impresionada.

Irving me miró muy serio.

―También dejó que Gabriel y los gatos castigaran a los miembros rebeldes de la manada.

―¿Castigar? ―Lo convertí en pregunta.

Irving inclinó la cabeza.

―Sylvie fue uno de los castigados, más de una vez. Los odia a todos, Anita. Si Richard no lo hubiera prohibido, habría usado a la manada para perseguir a los leopardos y matarlos a todos.

―He visto lo que para Raina y Gabriel eran juegos y diversión. Creo que por una vez, estoy de acuerdo con Sylvie.

―Limpiaste la casa para nosotros; tú y Richard. Richard mató a Marcus y ahora él es el Ulfric, líder de la manada. Tú mataste a Raina por nosotros, y ahora eres nuestra lupa.

―Le disparé, Irving. Según la ley de la manada, o eso fue lo que me dijeron, usar un arma invalida el desafío. Hice trampa.

―No eres la lupa porque mataras a Raina. Lo eres porque Richard te escogió como su compañera.

Negué con la cabeza.

―Ya no salimos, Irving.

―Pero Richard no ha escogido nueva lupa, Anita. Hasta que lo haga, el puesto es tuyo.

Richard era alto, moreno, hermoso, honesto, sincero y valiente. Era perfecto, salvo por ser un hombre lobo. Incluso podría habérselo perdonado, o eso creí. Hasta que le vi en acción. Hasta que vi toda la enchilada: la carne había estado un poco cruda y retorciéndose, y la salsa un poco sangrienta.

Ahora solo salía con Jean-Claude. No estaba segura de si era una mejora pasar de estar saliendo con un hombre lobo alfa, a estar saliendo con el Amo de la Ciudad, pero había hecho mi elección. Eran las manos pálidas de Jean-Claude las que sostenían mi cuerpo. Su rizado pelo negro el que estaba sobre mi almohada. Los ojos azules como la medianoche los que me miraban fijamente mientras hacíamos el amor.

Las chicas buenas no tienen sexo antes del matrimonio, sobre todo no con los no muertos. No creo que las chicas buenas echen de menos al ex-novio A, cuando han elegido al novio B. Tal vez me había equivocado. Richard y yo nos evitamos siempre que podemos, que ha sido durante la mayor parte de las pasadas seis semanas. Ahora está fuera de la ciudad. Ahora es fácil evitarse el uno al otro.

―No te preguntaré lo que estás pensando ―indicó Irving―, creo que lo sé.

―No seas tan endemoniadamente listo ―repliqué.

Extendió las manos.

―Gajes del oficio.

Eso me hizo reír.

―Así que Sylvie os ha prohibido a todos ayudar a los leopardos. ¿Dónde deja eso a Stephen?

―Rechazó una orden directa, Anita. Para alguien como Stephen, de los últimos en la estructura de la manada, tuvo agallas. Pero Sylvie no estará impresionada. Le despedazará y no permitirá que nadie baje y haga de canguro. La conozco bien.

―No puedo quedarme las veinticuatro horas del día, Irving.

―Se curarán en un día, más o menos.

Le miré ceñuda.

―No puedo sentarme aquí durante dos días.

Apartó la vista y se acercó al lado de la cama de Stephen. Fijó la mirada en el hombre dormido, las manos agarradas por delante de él.

Me acerqué a ellos, rozando el brazo de Irving.

―¿Qué es lo que no me estás contando?

Negó con la cabeza.

―No sé qué quieres decir.

Le giré, le hice encararme.

―Dímelo, Irving.

―No eres un cambiaformas, Anita. Ya no sales con Richard. Tienes que salir de nuestro mundo, no adentrarte más.

Me pareció tan serio, tan solemne, que me asustó.

―Irving, ¿qué ocurre?

Sólo sacudió la cabeza. Le agarré ambos brazos y resistí el impulso de sacudirle.

―¿Qué me estás ocultando?

―Tienes una forma de obligar al grupo a proteger a Stephen, inclusive a Nathaniel.

Retrocedí un paso.

―Te escucho.

―Estás por encima de Sylvie.

―No soy un cambiaformas, Irving. Era la nueva novia del líder. Ya ni siquiera lo soy.

―Eres más que eso, Anita, y lo sabes. Has matado a algunos de los nuestros. Matas fácilmente y sin remordimientos. La manada lo respeta.

―Vaya, Irving, qué declaración más emotiva.

―¿Te sientes mal por haber matado a Raina? ¿Perdiste el sueño por Gabriel?

―Maté a Raina porque intentaba matarme. Maté a Gabriel por la misma razón, instinto de supervivencia. Y no, no perdí el sueño.

―La manada te respeta, Anita. Si pudieras encontrar a algunos miembros del grupo que ya se hayan revelado como cambiaformas y les convencieras de que eres más aterradora que Sylvie, les protegerían, a ambos.

―No soy más aterradora que Sylvie, Irving. No puedo golpearles hasta hacerles papilla. Ella sí puede.

―Pero tú puedes matarles ―dijo muy suavemente, mirándome a la cara, observando mi reacción.

Abrí la boca, y la cerré.

―¿Qué intentas conseguir, Irving?

Sacudió la cabeza.

―Nada. Olvida que lo dije. No debería haberlo hecho. Sitúa más policías aquí y vete a casa, Anita. Aléjate de todo esto mientras puedas.

―¿Qué ocurre, Irving? ¿Sylvie es un problema?

Me miró. Sus ojos, que por lo general siempre eran alegres, estaban solemnes, alertas. Sacudió la cabeza.

―Me tengo que ir, Anita.

Le agarré del brazo.

―No vas a ir a ninguna parte hasta que me digas qué pasa.

Se giró hacia mí, despacio, de mala gana. Le solté el brazo y retrocedió.

―Habla.

―Sylvie ha desafiado a todos los que estaban por encima de ella en la manada, y ha ganado.

Le miré.

―¿Y?

―Tienes que entender que es extraño que una mujer se abra paso por la fuerza hasta llegar a ser la segunda al mando. Mide aproximadamente metro y setenta, de huesos pequeños. Pregúntame cómo gana.

―Estás siendo evasivo, Irving. No pareces tú. No voy a jugar a las veinte preguntas contigo. Sólo dímelo.

―Mató a las dos primeras personas contra las que luchó. No tenía que hacerlo. Decidió que sí. Los tres siguientes desafiados, simplemente, decidieron que ella era superior. No quisieron arriesgarse a que los matara.

―Muy práctico ―comenté.

Asintió con la cabeza.

―Sylvie siempre ha sido así. Finalmente, escogió a uno del círculo más interno para luchar. Es demasiado pequeña para ser un Enforcer, además, creo que le tenía miedo a Jamil y a Shang-Da.

―¿Jamil? ¿Richard no le desterró? ¡Pero si era uno de los lacayos de Marcus y Raina!

Irving se encogió de hombros.

―Richard pensó que la transición sería más suave si mantenía algo de la vieja guardia en el poder.

Negué.

―Jamil debería haber sido desterrado o eliminado.

―Tal vez, pero en realidad, Jamil parece apoyar a Richard. Creo que le sorprendió cuando no fue asesinado al instante. Richard se ha ganado su lealtad.

―No sabía que Jamil tuviera algún tipo de lealtad ―declaré.

―Ninguno lo sabía. Sylvie luchó y ganó el puesto de Geri, segundo al mando.

―¿Se mata por eso?

―Sorprendentemente, no.

―Ok, por tanto, Sylvie asciende en el grupo. Es la segunda al mando. Genial, ¿y?

―Creo que quiere ser Ulfric, Anita. Creo que quiere el puesto de Richard.

Le observé.

―Hay sólo un modo de ser Ulfric, Irving.

―Matar al viejo líder ―contestó él―. Sí, supongo que Sylvie lo sabe.

―No la he visto luchar, pero he visto a Richard. La supera en al menos cuarenta y cinco kilos; cuarenta y cinco kilos de músculo, y él es bueno. No le puede ganar en una pelea justa, ¿verdad?

―Parece como si Richard estuviera herido, Anita. Ha perdido el corazón. Creo que si ella le desafía, y de verdad lo desea, le ganaría.

―¿Qué estás diciendo? ¿Que está deprimido? ―pregunté.

―Es más que eso. Sabes cuánto lamenta ser un monstruo. Nunca había matado a nadie hasta Marcus. No puede perdonárselo.

―¿Cómo sabes todo eso?

―Escucho. Los periodistas somos buenos oyentes.

Nos contemplamos el uno al otro.

―Cuéntame el resto.

Irving miró hacia abajo, después dijo:

―No habla conmigo de ti. Lo único que me dijo fue que incluso tú no podías aceptar lo que era. Incluso tú, la Ejecutora, estabas horrorizada.

Ahora fue mi turno de bajar la mirada.

―Me gustaría no estarlo.

―No podemos cambiar lo que sentimos ―dijo Irving.

Encontré su mirada.

―Lo haría si pudiera.

―Lo sé.

―No quiero que muera Richard.

―Ninguno de nosotros quiere. Tengo miedo de lo que Sylvie haría sin nadie que pueda pararla ―señaló hacia la otra cama―. Su primera orden sería perseguir a todos los hombres leopardo. Y matarlos.

Aspiré profundamente y lo solté.

―No puedo cambiar cómo me siento por lo que vi, Irving. Vi cómo Richard se comía a Marcus. ―Caminé de arriba abajo por el pequeño cuarto, sacudiendo la cabeza―. ¿Qué puedo hacer para ayudar?

―Llama a la manada y exígeles que te reconozcan como lupa. Haz que algunos vengan aquí y les protejan en contra de las órdenes expresas de Sylvie. Pero tienes que darles tu protección. Tienes que prometerles que ella no les hará ningún daño, porque te ocuparás de que no pueda.

―Si hago eso y a Sylvie no le gusta, tendré que matarla. Es como hacerla caer en una trampa para acabar con ella. Es un poco premeditado hasta para mí.

Sacudió la cabeza.

―Te pido que seas nuestra lupa. Ser la lupa de Richard. Para enseñar a Sylvie que si sigue presionando, Richard puede que no la mate, pero tú sí lo harás.

Suspiré.

―Mierda.

―Lo siento, Anita. No habría dicho nada, pero…

―Tenía que saberlo ―dije.

Le abracé, y se puso rígido por la sorpresa, luego también me abrazó.

―¿Por qué lo hiciste?

―Por contármelo. Sé que a Richard no le va a gustar.

La sonrisa se desvaneció de su cara.

―Richard ha castigado a dos miembros del grupo desde que asumió el mando. Desafiaron su autoridad, su gran momento, y casi mató a ambos.

―¿Qué? ―pregunté.

―Los cortó en rodajas, Anita. Parecía otra persona, un extraño.

―Richard no hace esas cosas.

―Las hace ahora, aunque no todo el tiempo. La mayoría de las veces está bien, pero entonces se quiebra y monta en cólera. No quiero estar en ningún sitio cercano cuando pierda el control.

―¿Tan grave es? ―inquirí.

―Tiene que aceptar lo que es, Anita. Tiene que conseguir abrazar a su bestia, o va a volverse loco.

Negué con la cabeza.

―No puedo ayudarle a querer a su bestia, Irving. Tampoco puedo aceptarlo.

Irving se encogió de hombros.

―No es tan malo ser peludo, Anita. Hay cosas peores… como ser un muerto viviente.

Le miré con el ceño fruncido.

―Sal, Irving, y gracias por contármelo.

―Espero que sigas agradeciéndomelo dentro de una semana.

―Yo también.

Irving me dio algunos números de teléfono y se fue. Nadie quería quedarse demasiado tiempo. La gente podría sospechar que fuera algo más que un simple reportero. Nadie parecía preocuparse de mi reputación. Levantaba zombis, ejecutaba vampiros y salía con el Amo de la Ciudad. Si la gente comenzaba a sospechar que era un cambiaformas, ¿qué maldita diferencia habría?

Tres de los nombres de los miembros sumisos de la manada que Irving me había dado eran lo suficientemente duros para jugar a los guardaespaldas y lo bastante débiles para ser intimidados. No quería hacer esto. La manada se basaba en la obediencia: castigo y recompensa, sobre todo castigo. Si los miembros del grupo a los que llamaba me rechazaran, tendría que castigarles, o yo no sería la lupa; no sería lo bastante fuerte como para respaldar a Richard. Por supuesto, posiblemente, él no estuviera agradecido. Parecía que ahora me odiaba. No le culpaba. Me odiaría por interferir.

Pero no era sólo Richard. Era Stephen. Él había salvado mi vida una vez, y todavía no le había devuelto el favor. También era una de esas personas víctimas de todo el mundo, hasta hoy. Sí, Zane casi le había matado, pero ese no era el asunto. Había puesto la amistad por encima de la lealtad a la manada. Lo que significaba que Sylvie podría retirarle la protección. Sería como los hombres leopardo, carnaza para cualquiera. No podía dejar que eso le pasara, no si podía evitarlo.

Stephen podría terminar muerto. Richard podría terminar muerto. Yo podría tener que matar a Sylvie. Podría tener que mutilar, o matar a algún miembro del grupo para hacerme entender. Podría, podría, podría. Maldición.

Nunca había matado antes, excepto en defensa propia, o por venganza. Si pusiera toda la carne en el asador, sería asesinato premeditado y a sangre fría. Tal vez no en un sentido técnico, pero sabía lo que podría empezar con este movimiento. Eran como fichas de dominó. Todas están quietas y en orden hasta que golpeas una; luego no hay parada posible. Terminaría con un bonito mosaico en el suelo: Richard firmemente en el poder, Stephen y los hombres leopardos protegidos, Sylvie relegada o muerta. Las tres primeras cosas iban a pasar. Era decisión de Sylvie como resultaría la última. Brutal, pero verdadero. Por supuesto, había otra opción: Sylvie podía matarme. Eso le dejaría el camino libre otra vez. Sylvie no era exactamente despiadada, pero no dejaba a nadie meterse en su camino. Compartíamos ese rasgo. No, no soy despiadada. Si lo fuera, habría llamado a Sylvie para una reunión y le habría disparado sobre la marcha. Aún no era lo suficientemente sociópata para hacerlo. La misericordia me matará, pero a veces, es todo lo que nos hace humanos.

Hice las llamadas. Elegí primero el nombre de un hombre, Kevin, sin apellido. Su voz estaba trabada por el sueño, brusca, como si fumara.

―¿Quién diablo es?

―Agradable ―contesté―, muy agradable.

―¿Quién es?

―Soy Anita Blake. ¿Sabe quién soy? ―Cuando se trata de amenazar, menos es más. Clint Eastwood, y yo.

Estuvo silencioso durante casi treinta segundos, y dejé que el silencio aumentase. Su respiración se había acelerado. Casi podía sentirle el pulso rápido a través del teléfono.

Contestó como si estuviera acostumbrado a extrañas llamadas telefónicas y asuntos de la manada.

―Es nuestra lupa.

―Muy bien, Kevin, muy bien. ―Ceder también es bueno.

Tosió para limpiarse la garganta.

―¿Qué quiere?

―Quiero que vengas al St. Louis University Hospital. Han herido a Stephen y Nathaniel. Quiero que les protejas por mí.

―Nathaniel es un hombre leopardo.

―Así es.

―Sylvie nos ha prohibido ayudarles.

―¿Sylvie es tu lupa? ―Las preguntas son geniales, pero sólo si conoces las respuestas. Si haces preguntas y las respuestas te sorprenden, pareces tonto. Es difícil amenazar cuando pareces tonto.

Se mantuvo callado durante un segundo.

―No.

―¿Quién lo es?

Oí como tragaba.

―Usted.

―¿La supero en rango?

―Sabe que sí.

―Entonces trae tu trasero y haz lo que te digo.

―Sylvie me hará daño, lupa. De verdad que va a hacérmelo.

―Me encargaré de que no te lo haga.

―Usted sólo es la novia humana de Richard. No puede luchar contra Sylvie, al menos hacerlo y vivir.

―Tienes razón, Kevin. No puedo luchar contra Sylvie, pero puedo matarla.

―¿Qué quiere decir?

―Si te hace daño por ayudarme, la mataré.

―No quiere decir eso.

Suspiré.

―Mira, Kevin, ya conozco a Sylvie. Confía en mí cuando te digo que podría apuntarla con un arma a la cabeza y apretar el gatillo. Puedo, y mataré a Sylvie si me fuerza a hacerlo. Sin trucos, ni bromas, ni juegos. ―Escuché mi propia voz cuando lo dije. Parecía cansada, aburrida, y tan seria que casi daba miedo.

―Bien, lo haré, pero si me falla, me matará.

―Tienes mi protección, Kevin, y sé lo que eso significa en la manada.

―Eso   significa   que   tengo   que   reconocerla   como  dominante  sobre  mí ―contestó.

―Eso también significa que si alguien te desafía, puedo ayudarte a lidiar la batalla. Me parece un trato justo.

El silencio llenó la línea telefónica otra vez. Su respiración había disminuido, se había hecho más profunda.

―Prométame que no me matará.

―No puedo prometértelo, Kevin. Pero puedo prometer que si Sylvie te mata, la mataré por ti.

Silencio, esta vez más corto.

―La creo. Estaré en el hospital en cuarenta minutos o menos.

―Gracias, esperaré.

Colgué e hice las otras dos llamadas. Ambos consintieron en venir. Había dibujado una línea en el suelo, con Sylvie en un lado y yo en el otro. No iba a gustarle, ni un poco. No podía culparla. Si nuestros lugares estuvieran invertidos, me habría enfadado. Pero ella debería haber dejado a Richard en paz. Irving había dicho que era como si Richard estuviera herido, como si el corazón le hubiera abandonado. Yo había ayudado a colocar esa herida allí. Le había roto el corazón en trocitos diminutos y había bailado sobre ellos. No deliberadamente. Mis intenciones eran buenas, pero ya se sabe lo que dicen de las buenas intenciones.

No podía amar a Richard, pero podría matar por él. El asesinato era el más práctico de los dos regalos. Y últimamente, me había vuelto muy, muy práctica.



[1] Subespecie de oso pardo que habita en las costas del sur de Alaska e islas adyacentes, como la Kodiak. Se le llama también Oso gigante de Alaska debido a su gran tamaño, rivalizando con el oso polar por el título de carnívoro terrestre más grande de la Tierra.

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~ por lectorascompulsivas en 5 julio 2010.

Una respuesta to “Capítulo 5 – Ofrendas Ardientes”

  1. Muuuchas gracias por subirlo!!

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