Capítulo 6 – Ofrendas Ardientes

El sargento Rudolph Storr apareció antes de que los canguros peludos pudieran llegar. Le había llamado yo. Era el responsable de la Brigada Regional de Investigación Preternatural, BRIP o RIP. Mucha gente nos llama RIP, por Rest In Peace[1]. Oye, al menos saben quienes somos.

Dolph mide más de dos metros, con cuerpo de luchador, aunque no sólo es el tamaño físico lo que le hace impresionante. Había formado un equipo que se suponía era una broma para apaciguar a los liberales, y lo había hecho funcionar. El BRIP había solucionado más delitos preternaturales en los tres últimos años que cualquier otra unidad policial. Incluyendo al FBI. Dolph incluso había sido invitado para dar una conferencia en Quántico[2]. Nada mal para alguien a quien habían dado ese puesto como castigo. Dolph no era exactamente optimista, pocos policías lo son; pero si le dan limones, hace una limonada jodidamente buena.

Cerró la puerta detrás de él y me miró fijamente.

―El doctor dijo que mi detective estaba aquí. Ya lo veo.

―Nunca dije que fuera detective. Dije que estaba con la brigada. Asumieron el resto.

Sacudió la cabeza. El pelo negro le escondía hasta las puntas de las orejas. Se había retrasado con el corte de pelo.

―Si juegas a policías, ¿por qué no le gritaste al poli que supuestamente debía estar en esta puerta?

Le sonreí.

―Pensé en dejártelo a ti. Asumo que ya sabe que fue un niño muy malo.

―Me encargué de ello ―contestó Dolph.

Se quedó de pie en la puerta. Me quedé sentada en la silla. En realidad, había conseguido no sacar el arma. Estaba feliz por ello. Me observaba fijamente, lo bastante severo como para dañar sin tener un arma apuntándole.

―¿Qué ocurre, Anita?

―Sabes todo lo que sé ―contesté.

―¿Cómo llegaste a convertirte en Johnny-el-Duro[3]?

―Stephen me llamó.

―Cuéntame ―pidió.

Le conté. Incluso la parte de la prostitución. Quería que esto parara. Los polis son bastante buenos atajando delitos si les dices la verdad. Excluí algunas cosas, como que había matado al viejo alfa de los hombres leopardo. Fue lo único que excluí. Para mí fue casi lo mismo que ser sincera.

Dolph parpadeó y escribió todo en su fiel cuaderno.

―¿Dices que nuestra víctima permitió que alguien le hiciera eso?

Negué con la cabeza.

―No creo que sea así de simple. Creo que fue allí sabiendo que le encadenarían. Sabría lo del sexo y el dolor, pero no creo que supiera que iban a estar tan cerca de matarle. Los médicos tuvieron que ponerle sangre. Su cuerpo entraba en shock más rápido de lo que tardaba en funcionar.

―He oído de cambiaformas que han curado heridas peores que éstas ―comentó Dolph.

Me encogí de hombros.

―Algunas personas se curan mejor que otras, hasta entre los cambiaformas. Nathaniel está en los últimos puestos de la estructura de poder, según me han dicho. Tal vez, aparte de ser débil, no se cura bien ―extendí las manos―. No lo sé.

Dolph rebuscó entre sus notas.

―Alguien le dejó en la entrada de emergencias envuelto en una sabana. Nadie vio nada. Simplemente apareció.

―Nadie ve nunca nada, Dolph. ¿No es esa la regla?

Con eso me gané una pequeña sonrisa. Era agradable verla. Últimamente, Dolph no estaba muy contento conmigo. Había averiguado recientemente que salía con el Amo de la Ciudad. Y no le gustó. No podía confiar en alguien que socializaba con los monstruos. No podía culparle.

―Sí, es la regla. ¿Me estás diciendo todo lo que sabes sobre esto, Anita?

Levanté una mano haciendo el saludo scout.

―¿Te mentiría yo?

―Si eso sirve para tus propósitos, sí.

Nos observamos mutuamente. El silencio era tan denso que se podría caminar sobre él. Lo dejé asentarse. Si Dolph pensaba que iba a romper el silencio antes que él, estaba muy equivocado. La tensión entre nosotros no era por este caso. Era su rechazo a mi elección de citas. Ahora, su desilusión por mí estaba siempre presente. Urgente, pesada, esperando que pidiera perdón o dijera, «Caramba, sólo bromeaba». El hecho de que saliera con un vampiro hacía que confiara menos en mí. Lo entendía. Hace dos meses, incluso menos, habría opinado igual. Pero ahora se trataba de con quién, o con qué, estaba saliendo. Dolph y yo, ambos teníamos que aprender a llevarlo.

Y aún así era mi amigo, y le respetaba. Incluso estaba de acuerdo con él, pero si conseguía salir de este maldito hospital, tendría una cita con Jean-Claude esta noche. A pesar de mis dudas sobre Richard, moralidades en general y paseos con muertos, deseaba esa cita. Pensar en un Jean-Claude esperándome, hacía que mi cuerpo se tensase y calentase. Embarazoso, pero cierto. No creo que nada, salvo dejar a Jean-Claude, habría satisfecho a Dolph. No estaba segura de que fuese una opción, por muchos motivos. Así que me senté y miré a Dolph. Él me miró fijamente. El silencio se hizo más denso con cada tic-tac del reloj.

Un golpe en la puerta nos salvó. El oficial, ahora alerta en la puerta, susurró algo a Dolph. Éste afirmó con la cabeza y cerró la puerta. La mirada que me echó era aún menos amistosa, si eso era posible.

―El oficial Wayne dice que fuera hay tres parientes de Stephen. También dice que si son todos parientes, se comerá el arma.

―Dile que se retire ―dije―. Son miembros de la manada. Los hombres lobo consideran eso más próximo que la familia.

―Pero legalmente no lo son ―dijo Dolph.

―¿Cuántos de tus hombres quieres perder cuándo el siguiente cambiaformas atraviese esa puerta?

―Podemos dispararles tan bien como tú, Anita.

―Pero sin embargo tienes que avisarles antes de poder disparar, ¿verdad? Incluso tienes que tratarlos como personas en lugar de monstruos o acabarías delante del comité de evaluación.

―Los testigos dicen que tú le diste a Zane, sin apellidos, una advertencia.

―Me sentía generosa.

―Disparaste delante de testigos. Eso siempre te hace generosa.

Volvimos a observarnos el uno al otro. Quizás no se trataba sólo de salir con un vampiro. Quizá se trataba de que básicamente, Dolph era policía y comenzaba a sospechar que yo mataba humanos; asesinaba personas. La gente que me hería o me amenazaba, tenía tendencia a desaparecer. No muchos, pero suficientes. Y hace menos de dos meses que he matado a dos personas donde los cuerpos no podían ocultarse. Las dos veces en defensa propia. Nunca vi el interior de un tribunal. Ambos asesinos tenían historiales más largos que mi estatura. Las huellas digitales de la mujer habían coincidido con las del asesino de varios políticos que la Interpol tenía por ahí. En realidad, al ser asesinos de alto nivel nadie se apenó, al menos, no la policía.

Pero esto alimentó las sospechas de Dolph. Maldición, casi las confirmaban.

―¿Por qué me recomendaste a Pete McKinnon, Dolph?

Tardó tanto en responder que pensé que no iba a hacerlo, pero finalmente dijo:

―Porque eres la mejor en lo que haces, Anita. No siempre puedo aprobar tus métodos, pero ayudas a salvar vidas; mantienes en su sitio a los tipos malos. Eres mejor en un escenario de asesinato que muchos de los detectives de mi equipo.

Para Dolph, esto era un discurso. Abrí la boca, y después la cerré.

―Gracias, Dolph. Viniendo de ti es un gran cumplido.

―Sencillamente, pasas demasiado tiempo con los malditos monstruos, Anita. No hablo sólo de con quién sales. Hablo en general. Has jugado bajo sus reglas durante tanto tiempo que a veces olvidas lo que es ser normal.

Sonreí.

―Levanto muertos para vivir, Dolph. Nunca he sido normal.

Sacudió la cabeza.

―No entiendas mal deliberadamente lo que estoy diciendo, Anita. No es el pelo o los colmillos lo que te hacen un monstruo, no siempre. A veces, es simplemente donde marcas la línea.

―El hecho de que juegue con monstruos es lo que me hace valiosa para ti, Dolph. Si te soy sincera, no sería tan buena ayudando a solucionar delitos preternaturales.

―Sí. A veces me pregunto que si te hubiera dejado en paz y no te hubiera obligado a ayudarnos, serías… más suave.

Le miré ceñuda.

―¿Dices que te culpas por lo que me he convertido? ―Intenté reír, pero su cara me frenó.

―¿Cada cuánto tuviste que estar entre monstruos por cada uno de mis casos? ¿Con qué frecuencia tuviste que hacer tratos para ayudar a mantener en su sitio a un asesino? Si yo te hubiera dejado en paz…

Me levanté. Tendí la mano hacia él, dejándola caer sin haberle tocado.

―No soy tu hija, Dolph. No eres mi guardián. Ayudo a la policía porque me gusta hacerlo. Soy hábil en ello. ¿A quién más vas a llamar?

Asintió.

―Sí, ¿a quién más? Los cambiaformas de fuera pueden entrar y… visitar a los pacientes.

―Gracias, Dolph.

Tomó una gran bocanada de aire y la soltó en un suspiro.

―Vi la ventana por la que empujaron a tu amigo Stephen. Si hubiera sido humano, estaría muerto. Fue simple suerte que ningún civil fuera asesinado.

―Creo que Zane, como mínimo, era cuidadoso con los humanos. Con la fuerza que tiene, habría sido más fácil matar que mutilar.

―¿Por qué le importaría eso?

―Porque está en la cárcel hasta que consiga la fianza.

―No le soltarán ―dijo Dolph.

―No mató a nadie, Dolph. ¿Cuándo has visto que alguien no consiga una fianza en una acusación por lesiones?

―Piensas como un policía, Anita. Es lo que te hace útil.

―Pienso como policía y como monstruo. Eso es lo que me hace útil.

Afirmó con la cabeza, cerró el cuaderno y lo introdujo en el bolsillo interior de la chaqueta.

―Sí, eso es lo que te hace útil. ―Se marchó sin otra palabra. Hizo pasar a loa tres hombres lobo y cerró la puerta.

Kevin era alto, moreno, desaliñado y olía a cigarrillos. Lorraine era pulcra y remilgada, como una maestra de segundo grado. Olía a White Linen[4] y pestañeaba nerviosamente mientras me miraba. Teddy; dicho por él, no por mí, pesada alrededor de ciento treinta kilos, músculo la mayor parte. Se había revuelto el pelo hasta formar una cresta oscura y fina, que hacía que la cabeza pareciera demasiado pequeña para el descomunal cuerpo. Los hombres parecían asustados, pero el apretón de manos de Lorraine dejó poder vibrando bajo mi piel. Parecía un conejo asustado, y tenía el suficiente poder para ser el gran lobo malo.

Pasados veinte minutos, fui libre para marcharme. El trío mal conjuntado de hombres lobo se había dividido en turnos, de tal modo que uno de ellos estuviera siempre con los enfermos. ¿Confiaba en los nuevos lobos para protegerlos? Sí. Porque si dejaban sus puestos y permitían que Stephen fuera asesinado, les mataría de veras. Si hacían lo mejor que podían y sencillamente, no eran lo bastante fuertes, bien; pero si se rendían… Le había dado a Stephen, y ahora también a Nathaniel, mi protección. No estaba bromeando. Me aseguraría de que todos lo supieran.

Kevin lo expresó mejor:

―Si Sylvie se revela, se la enviamos.

―Hazlo.

Sacudió la cabeza, jugando con un cigarrillo apagado. Le había dicho que no podía fumar, pero parecía que tocarlo le consolaba.

―Está meando fuera del tiesto. Espero que pueda limpiarlo.

Sonreí.

―Elocuente, Kevin, muy elocuente.

―Elocuente o no, Sylvie va a romper su culo si puede.

Mi sonrisa se ensanchó. No pude evitarlo.

―Déjame preocuparme por mi propio culo. Mi trabajo es mantener tu culo a salvo, no el mío.

Los tres me miraron. Había algo en sus caras, casi la misma expresión, pero no podía leerlas.

―Ser lupa es más que solo luchar por la superioridad ―susurró Lorraine.

―Lo sé ―contesté.

―¿En serio? ―preguntó. Había algo infantil en su pregunta.

―Eso creo.

―¿Nos matará si le fallamos ―preguntó Kevin―, pero moriría por nosotros? ¿Se arriesgará a pagar el mismo precio que nos pide pagar?

Me gustaba más Kevin cuando no era tan elocuente. Observé a estos tres extraños. Personas que acababa de conocer. ¿Arriesgaría mi vida por ellos? ¿Podía pedirles que arriesgaran sus vidas por mí, si yo no quisiera devolverles el favor?

Les miré, realmente les miré. Las pequeñas manos de Lorraine se apretaban con tanta fuerza que temblaban. Teddy me observaba con calma mirándome a los ojos, pero con desafío; con una inteligencia que podrías perderte si sólo le mirabas el cuerpo. Kevin parecía que debería estar en un callejón en busca de pelea, o en un bar de copas terminándose su dosis de whisky. Había algo debajo de ese cinismo. Era miedo. Miedo a que terminara siendo como todos los demás, un aprovechado al que le importara un bledo cualquiera de ellos. Raina lo había sido, y ahora Sylvie. Se suponía que la manada era su refugio, su protección, no lo que más temieran.

Su calida energía llenó el espacio, se extendió desde ellos, bailando sobre mi cuerpo. Estaban nerviosos, asustados. Las fuertes emociones hacían que la mayoría de los cambiaformas tuvieran una fuga de poder. Si eres sensible a ello, lo sientes. Lo había sentido muchas veces durante años. Esta vez, de alguna manera, era diferente. No solo sentí el poder, mi cuerpo reaccionó. No fue un simple temblor de piel, un escalofrío; era algo más profundo. Era casi sexual, pero tampoco era eso exactamente. Era como si el poder hubiera encontrado una parte de mí, acariciado una parte de mí que nunca había sabido que estaba ahí.

Su poder me llenó, tocó algo, y sentí, independientemente de lo que fuera, como si encendiera un interruptor. Un embate de energía caliente fluyó en mi interior extendiéndose por la piel, como si cada poro del cuerpo emitiera una fogosa ráfaga de aire. Hizo que mi garganta emitiera un grito suave. Conocía el sabor del poder, y no era Jean-Claude. Era Richard. De alguna forma me había conectado con el poder de Richard. Me pregunté si él lo estaba sintiendo fuera del estado, donde estudiaba para su licenciatura

Hace seis semanas, para salvar sus vidas, deje que Jean-Claude nos uniera a los tres. Ellos se morían, y yo no podía permitirlo. Richard había invadido mis sueños por casualidad, pero en gran medida fue Jean-Claude quien nos había protegido, porque de otra forma era demasiado doloroso. Era la primera vez que sentía el poder de Richard desde aquel día. La primera vez que sabía con seguridad que el lazo aun se mantenía ahí, todavía fuerte. La magia es así. Ni siquiera el odio puede destruirla.

De repente supe que palabras decir, palabras que no podía haber sabido.

―Soy lupa, soy la madre de todos. Soy vuestra protección, vuestro refugio, vuestra paz. Me enfrentaré con vosotros contra todo mal. Vuestros enemigos son mis enemigos. Comparto la sangre y la carne con vosotros. Somos lukoi, somos la manada.

El calor desapareció repentinamente. Me tambaleé. Sólo la mano de Teddy me impidió caer al suelo.

―¿Está bien? ―preguntó con una voz tan profunda e impresionante como todo él.

Agité la cabeza.

―Estoy bien, estoy bien.

Tan pronto como pude, retrocedí. Richard había sentido el tirón a cientos de kilómetros de distancia y lo había cortado. Me había cerrado de golpe la puerta sin saber lo que estaba haciendo o porqué. Un ataque de rabia bailaba en el interior de mi cabeza como un grito silencioso. Estaba muy furioso.

Ambos estábamos ligados a Jean-Claude. Yo era su sierva humana y Richard su lobo. Era una dolorosa intimidad.

―Usted no es un lukoi ―dijo Lorraine―, no es un cambiaformas. ¿Cómo lo hizo?

Sonreí.

―Secreto de profesión.

La verdad era que no lo sabía. Tendría que preguntarle a Jean-Claude esta noche. Esperaba que pudiera explicármelo. Era el tercer maestro vampiro en la historia que había ligado a un mortal y a un cambiaformas en un mismo vínculo. Sospechaba que no había un manual y que Jean-Claude improvisaba más a menudo de lo que quisiera saber.

Teddy se arrodilló.

―Usted es la lupa.

Los otros dos le siguieron. Se humillaron como pequeños y sumisos lobos, aunque a Kevin no le gustara, y a mí tampoco. Pero no estaba segura de cuánto era sólo pose y cuánto necesario. Quería que fueran sumisos; no quería tener que luchar contra nadie, o matar a alguno. Por tanto, les dejé arrastrarse lentamente por el suelo, subir las manos a lo largo de mis piernas y olisquear mi piel como perros. En ese momento entró la enfermera.

Todos se levantaron del suelo. Traté de explicarlo y finalmente lo dejé. La enfermera se mantenía de pie, observándonos, con una extraña sonrisa congelada en la cara. Al final retrocedió sin hacer ninguna maldita cosa.

―Enviaré al Doctor Wilson para que les revise. ―Agitó la cabeza demasiadas veces, demasiado rápido y cerró la puerta tras de ella. Si hubiera llevado tacones, habría apostado que podríamos haber oído la carrera.

Eso en cuanto a no ser uno de los monstruos.



[1] Descanse en paz

[2] Cuidad de Virginia, situada en el área metropolitana de Washington, conocida por tener una de las Bases de Infantería de Marina más grandes del mundo.

[3] En el original, Johnny-on-the-spot. Término popular que significa persona que está disponible y lista a actuar cuando sea necesario.

[4] Perfume femenino de Estée Lauder.

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~ por lectorascompulsivas en 5 julio 2010.

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