Capítulo 7 – Ofrendas Ardientes

Hacer de niñera de los hombres lobos me había retrasado para mi cita. Con el tiempo que me había llevado leer el archivo de McKinnon, se me había hecho aún más tarde, pero si había un incendio esa noche, sería embarazoso si no estaba preparada. Aprendí dos cosas del archivo. Una; que todos los incendios habían sido provocados después del anochecer, lo que al instante me hacía pensar en vampiros. Salvo que los vampiros no podían provocar incendios. No era una de sus capacidades. De hecho, el fuego era una de las cosas que más temían. Ah, había visto a algunos vampiros que podían controlar pequeñas llamas. Encender o apagar la llama de una vela, trucos de salón, pero el fuego era un elemento de pureza. La pureza y los vampiros no se mezclaban. Lo segundo que aprendí del archivo consistía en que no sabía mucho sobre incendios en general o incendios provocados en particular. Iba a necesitar un libro o una buena clase.

Jean-Claude había hecho reservas en Demiche’s, un restaurante muy agradable. Había tenido que correr a casa, a mi nueva casa alquilada, y cambiarme. Se me había hecho lo bastante tarde para que quedáramos en encontrarnos en el restaurante. El problema con estas citas románticas era dónde colocar mis armas. Los vestidos provocativos eran el último desafío para llevar armas ocultas.

La ropa formal la escondía más, pero hacía que fuera más difícil el sacar el arma. Cualquier forma ajustada lo hacía difícil. Esa noche llevaba puesto un vestido ceñido con aberturas altas a ambos lados, me aseguré que las medias fueran negras, y la ropa interior de encaje negro. Me conocía lo suficiente como para saber que alguna vez, durante la noche, me olvidaría y enseñaría la ropa interior. Y si tenía que sacar el arma, seguramente la mostraría. Entonces, ¿por qué usarla? Respuesta: llevaba una pistola Firestar de 9mm metida dentro de un ceñidor.

El ceñidor era una correa elástica colocada por encima de la ropa interior, pero bajo la ropa de calle. Estaba diseñada para usarse bajo una chaqueta de traje con botones bajos. Levantabas la chaqueta con la mano libre, sacabas el arma, y voilà, comenzabas a disparar. La faja no se llevaba bien bajo la mayoría de ropa de vestir porque tenías capas de tela que levantar antes de poder alcanzar el arma. Era mejor que nada, pero sólo si el tipo malo era paciente. Pero ese vestido, todo lo que tenía que hacer era introducir mi mano por una de las rajas. Tenía que sacar el arma bajo el ceñidor, y de debajo del vestido, no era lo suficientemente rápido, pero no estaba tan mal. Tampoco funcionaba con un vestido especialmente ajustado. Nadie ganaba peso en forma de arma.

Había encontrado un sujetador sin tirantes que conjuntaba con las bragas negras, así que, una vez que me quitara el arma y el vestido, llevaría lencería. Los zapatos eran de tacón, más alto de lo que aceptaría normalmente, pero era eso o recortar el vestido. Y ya que me negaba a coser, serían los tacones.

El inconveniente principal de los vestidos de tirantes consistía en que mostraba todas mis cicatrices. Pensé en comprar una chaqueta corta para cubrirlas, pero no era un vestido para llevarla. Así que, pasaba. Jean-Claude había visto las cicatrices antes, y la poca gente lo bastante grosera como para echar un segundo vistazo podía tener una buena vista.

Me sabía maquillar bastante bien; sombra de ojos, colorete, barra de labios. La barra de labios era roja, muy, muy roja. Pero tenía el color adecuado para ella. Piel pálida, pelo rizado y negro, ojos marrones. Con todos los contrastes y colores fuertes, la barra de labios rojo brillante iba a juego. Me sentía muy elegante, hasta que vi a Jean-Claude.

Estaba sentado a la mesa, esperándome. Lo vi desde la entrada, aunque el maître se encontraba como a dos personas por delante de mí. No me importaba. Disfrutaba de la vista.

El pelo de Jean-Claude era negro y rizado, pero le había hecho algo, así es que estaba recto y liso, cayéndole por delante de los hombros y rizándose en las puntas. Su cara parecía aún más delicada, como la porcelana fina. Era hermoso, no atractivo. No estaba segura de qué era lo que salvaba su cara de ser femenina; alguna línea en su mejilla, la curva de su mandíbula, algo. Nunca le confundirías con algo que no fuera masculino. Estaba vestido de azul marino, un color con el que nunca le había visto. La chaqueta corta de tela brillante, casi metálica, estaba cubierta con encaje negro en un patrón de flores. La camisa llevaba sus típicos volantes, era una camisa de 1600, pero era de un rico y azul exquisito, hasta el montón de volante que subían por su cuello hasta enmarcar su cara y salían por debajo de las mangas de la chaqueta hasta cubrir la mitad superior de sus blancas y delicadas manos.

Sostenía una copa vacía en su mano, haciendo girar el tallo de vidrio entre sus dedos, mirando la luz a través del cristal. No podía beber vino más que un sorbo de vez en cuando, y se lamentaba.

El maître me condujo por entre las mesas hacia él. Alzó la vista, y el ver su cara completa, hizo que mi pecho se cerrara, y de repente fuera difícil respirar. El azul, tan próximo a su cara, hacía sus ojos más azules de lo que los había visto alguna vez, no era el color del cielo a medianoche, era azul cobalto, el color de un buen zafiro. Pero ninguna joya tendría alguna vez esa carga de inteligencia, de oscuro conocimiento. La mirada en sus ojos cuando me vio caminar hacia él, me hizo temblar. No de frío, no de miedo. De anticipación.

Con los tacones y con las aberturas a ambos lados del vestido, tenía arte al andar. Tenías que lanzarte, retroceder, encorvarte, balanceando las caderas al caminar, o el vestido se enredaría en tus piernas y los tacones en tus tobillos. Tenías que andar como si supieses que podías llevarlo puesto y parecer maravillosa. Si dudabas o vacilabas, caerías al suelo y te convertirías en calabaza. Después de años de incapacidad para llevar tacones y vestidos, Jean-Claude me había enseñado en un mes lo que mi madrastra no pudo en veinte años.

Él se puso de pie, y no me importó, aunque una vez me enfadé en una cita en una fiesta de promoción, porque lo hacía para cualquier chica de la mesa. Uno, había madurado desde entonces; dos, así podría ver el resto del traje de Jean-Claude.

Los pantalones eran de lino negro, ajustado a su liso y perfecto cuerpo. Por la forma, sabía que no había nada bajo los pantalones, salvo él. Las botas negras abrazaban sus piernas hasta las rodillas. Eran de suave cuero, parecida al seda; arrugada y blanda.

Se deslizó hacia mí y le observé acercarse. Todavía estaba algo asustada de él. Con miedo de cuánto lo quería. Parecía un conejo atrapado ante las luces de un coche, congelado, esperando que llegara la muerte. ¿Pero latía el corazón del conejo más y más rápido? ¿Llegaba su aliento ahogado a su garganta? ¿Era esa ansiedad por el miedo o sólo por la muerte?

Envolvió sus brazos alrededor de mí, acercándome. Sus pálidas manos estaban calientes cuando se deslizaron por mis brazos desnudos. Se había alimentado esa noche, había robado el calor de alguien. Pero ellos habían querido hacerlo, estarían hasta impacientes. El Amo de la Ciudad nunca mendigaba donantes. La sangre era el único fluido corporal que no compartiría con él. Deslicé mis manos sobre la seda de su camisa, por debajo de la chaqueta corta. Quería acomodar mi cuerpo contra su calor robado. Quería pasar mis manos por la rugosidad del lino, contrastando con la suavidad de la seda. Jean-Claude siempre era un sensual banquete, hasta con ropa.

Besó mis labios ligeramente. Habíamos aprendido que la barra de labios desaparecía. Entonces inclinó mi cabeza a un lado y respiró a lo largo de mi cara, por mi cuello. Su aliento era como una ráfaga de fuego recorriendo mi piel. Habló, sus labios justo encima del firme pulso de mi cuello.

―Estás preciosa ésta noche, ma petite. ―Presionó sus labios contra mi piel, suavemente.

Solté un suspiro entrecortado y me aparté de él.

Ese era un saludo entre vampiros, colocar un ligero beso encima del pulso de la garganta. Era un gesto reservado para los amigos muy íntimos. Mostraba gran confianza y afecto. Rechazarlo, significaba que estabas enfadado o desconfiabas. Todavía me parecía demasiado íntimo para hacerlo en público, pero le había visto usarlo con otros y también había visto empezar peleas por un rechazo. Era un viejo gesto que volvía a estar de moda. De hecho, se había vuelto un saludo chic entre artistas y otros del mismo tipo. Suponía que era mejor que los besos al aire cerca de la cara.

El maître sostuvo mi silla. Le indiqué que se fuera. No era feminismo, era falta de gracia. Nunca lograba colocarme a la mesa sin que la silla golpeara mis piernas o estar tan lejos de la mesa que tenía que terminar arrastrando la silla por mi cuenta. Así que al diablo con él, lo haría yo misma.

Jean-Claude me observó luchar con el asiento, sonriendo, pero no se ofreció a ayudarme. Al final, al menos había conseguido librarme de eso. Él se sentó en su propia silla con un elegante descenso. Era un movimiento casi afectado, pero se asemejó más a un gato. Incluso en reposo, había un potencial muscular bajo la piel, una presencia física que era completamente masculina. Solía pensar que era un truco de vampiros. Pero era, simplemente, él.

Sacudí mi cabeza.

―¿Qué ocurre, ma petite?

―Me sentí elegante hasta que te vi. Ahora parezco una de las hermanastras feas.

Chasqueó la lengua.

―Sabes que eres preciosa, ma petite. ¿Tendré que alimentar tu vanidad diciéndote cuánto?

―No estaba a la pesca de elogios ―gesticulé hacia él y sacudí mi cabeza otra vez―. Estás asombroso esta noche.

Él sonrió, inclinando su cabeza a un lado, haciendo que su pelo cayera hacia delante.

Merci, ma petite.

―¿Te has hecho una permanente lisa? ―pregunté―. Se ve genial ―añadí de prisa, y lo hacía, pero esperaba que no fuera tan permanente como una permanente rizada.

Amaba sus rizos.

―Si lo fuera, ¿qué dirías?

―Si lo fuera, te lo acabo de decir. Ahora estás burlándote de mí.

―¿Lamentarías la pérdida de mis rizos? ―preguntó.

―Podría devolverte el favor ―contesté.

Abrió los ojos con fingido horror.

―No tu suprema gloria, ma petite, mon Dieu. ―Se reía de mí, pero estaba acostumbrada.

―No sabía que pudiera llevarse tan apretado el lino ―indiqué.

―Y  yo  no sabía que podrías esconder un arma bajo tan a… ajustado vestido. ―Su sonrisa se agrandó.

―Mientras no abrace a nadie, no lo sabrán.

―Muy cierto.

Llegó un camarero y nos preguntó qué queríamos beber. Pedí agua y Coca-Cola. Jean-Claude rehusó. Si pudiera haber pedido algo, habría sido vino.

Atrajo su silla hasta sentarse casi a mi lado. Cuando llegara la comida, se movería hasta su sitio, pero elegirla era parte del entretenimiento de la noche. Me había llevado a cenar en varias citas, para comprender lo que quería Jean-Claude, o casi necesitaba. Era su siervo humano. Portaba tres de sus marcas. Uno de los efectos secundarios de la segunda señal era que podía tomar sustento a través de mí. Si teníamos que hacer un largo viaje por mar, no habría tenido que alimentarse de nadie del barco. Podía vivir a través de mí durante un tiempo. También podía probar la comida a través de mí.

Por primera vez en casi cuatrocientos años, podía probar la comida. Tenía que comerlo por él, pero él podía disfrutar de una comida. Era trivial, comparado con algunas otras cosas que había ganado con la vinculación, pero era lo que pareció complacerle más. Pedía la comida con una ilusión casi infantil y me miraba comerlo, saboreándolo igual que yo. En privado, rodaría de espaldas como un gato, sus manos presionadas en su boca, como si tratase de exprimir cada sabor. Era lo único que le hacía verse gracioso. Era magnífico, sensual, pero raramente gracioso. Ya había ganado dos kilos en seis semanas comiendo por él.

Deslizó su brazo sobre el respaldo de mi silla, y leímos juntos el menú. Se inclinó lo bastante cerca para que su pelo acariciara mi mejilla. El olor de su perfume, «oh, lo siento», colonia, acarició mi piel. Aunque si lo que Jean-Claude llevaba puesto era colonia, entonces Brut era un insecticida.

Alejé mi cabeza de la caricia de su cabello, principalmente porque la sensación de tenerlo tan cerca era en todo lo que podía pensar. Tal vez, si hubiese aceptado su invitación de vivir con él en el Circo de los Malditos, parte de ese calor se habría disipado. Pero había alquilado una casa en tiempo récord en mitad de la nada, así mis vecinos no estarían en la línea de tiro, que era el motivo por el cual había dejado mi último apartamento. Odiaba la casa. No era chica de casas. Era chica de apartamentos. Pero en los apartamentos había vecinos.

El encaje de su chaqueta parecía áspero contra mis hombros casi desnudos. Colocó su mano sobre mi hombro, rozando mi piel con sus yemas. Su pierna acarició mi muslo y comprendí que no había oído ni una maldita cosa de lo que me había dicho. Era embarazoso.

Dejó de hablar y me miró, me miró fijamente a unos centímetros de mí, con aquellos extraordinarios ojos.

―Te he especificado mi selección del menú. ¿Has oído algo de lo que he dicho?

―Lo siento. ―Sacudí mi cabeza.

Se rió, y se filtró sobre mi piel, al igual que su aliento, cálido y escurridizo, sobre mi cuerpo. Era un truco vampiro, pero a baja escala, y se habían convertido en los juegos preliminares públicos. En privado hacíamos otras cosas.

―Sin disculpas, ma petite. Sabes que me gusta que me encuentres… embriagador ―susurró contra mi mejilla.

―Ve a sentarte a tu lado de la mesa. Ya has estado aquí el suficiente tiempo para saber lo que quieres. ―Se rió otra vez y yo le aparté.

Movió diligentemente su silla hacia atrás, hasta ocupar lugar.

―Tengo lo que quiero, ma petite.

Tuve que bajar la mirada para no fijarme en sus ojos. El calor subió sigilosamente por mi cuello, por mi cara, y no pude detenerlo.

―Si  lo  que  quieres  decir  es  qué  quiero  comer,  es una pregunta diferente ―dijo él.

―Eres un dolor en el culo ―aseguré.

―Y en tantos otros sitios ―respondió.

No pensé que pudiera sonrojarme más. Me equivoqué.

―Para.

―Adoro el hecho de que pueda hacerte sonrojar. Es encantador.

El tono de su voz me hacía sonreír a pesar de mí misma.

―Esto no es un vestido para estar encantadora. Yo aspiraba a atractiva y sofisticada.

―¿Es que no puedes estar encantadora, tanto como atractiva y sofisticada? ¿Hay alguna regla que impida ser las tres cosas?

―Hábil, muy hábil ―indiqué.

Abrió sus ojos ampliamente, intentando parecer inocente, y falló. Era muchas cosas, pero inocente no era una de ellas.

―Ahora, empecemos a negociar la comida ―dije.

―Lo haces sonar como un trabajo.

Suspiré.

―Antes de que llegaras, pensaba que la comida era algo que comías para no morirte. Nunca estaré tan atraída por la comida como tú. Contigo es casi un fetiche.

―Apenas un fetiche, ma petite.

―Una afición, entonces.

―Quizás ―afirmó.

―Tan sólo dime lo que te gusta del menú, y negociaremos.

―Todo lo que pido es que lo pruebes. No tienes que comerlo.

―No, se acabó esa mierda de degustación. He ganado peso. Nunca cojo peso.

―Has ganado dos kilos, según dices. Aunque he buscado afanosamente ese fantasma de los dos kilos y no he podido encontrarlo. Eso hace que tu magnífico peso total sea de cincuenta kilos, ¿cierto?

―Así es.

―Oh, ma petite, estás cada vez más gigantesca.

Le miré, y no fue una mirada amistosa.

―Nunca bromees con una mujer sobre su peso, Jean-Claude. Al menos no en el americano siglo XX.

Extendió las manos.

―Mis más sinceras disculpas.

―Cuando pides perdón, intenta no sonreír al mismo tiempo. Estropea el efecto ―comenté.

Su sonrisa era tan amplia que me permitió ver un poquito de un colmillo.

―Trataré de recordarlo para el futuro.

El camarero volvió con mis bebidas.

―¿Quiere usted pedir o necesita unos minutos?

Jean-Claude me miró.

―Unos minutos.

La negociación comenzó.

Veinte minutos más tarde necesitaba otra Coca-Cola, y ya sabíamos lo que queríamos. El camarero volvió, pluma alzada, esperanzador.

Había ganado en lo del aperitivo, así que no había ninguno. Había renunciado a la ensalada y le había permitido la sopa. Sopa de puerro y patatas, oye, no era un examen. Los dos queríamos el filete.

―Un pequeño corte ―le indiqué al camarero.

―¿Cómo lo quiere de hecho?

―La mitad bien hecho, la otra mitad medio crudo.

El camarero parpadeó.

―¿Perdone, señora?

―Es un corte de 250gr., ¿verdad?

Asintió.

―Córtelo por la mitad y prepare 125gr. bien hechos, y los otros 125gr. medio crudas.

Me miró ceñudo.

―No creo que podamos hacer eso.

―Con estos precios, deberían sacar a la vaca y hacer un ritual de sacrificio encima de la mesa. Sólo hágalo. ―Le tendí el menú.

Él lo tomó. Todavía frunciendo el ceño, se giró hacia Jean-Claude.

―¿Y usted, señor?

Jean-Claude le concedió una pequeña sonrisa.

―No pediré nada esta noche.

―Entonces, ¿le gustaría tomar vino con la cena, , señor?

Nunca perdía un segundo.

―No bebo vino.

Derramé la Coca-Cola por todo el mantel. El camarero hizo todo lo posible menos la maniobra Heimlich[1]. Jean-Claude rió hasta que las lágrimas asomaron por las esquinas de sus ojos. En realidad, no podía asegurarlo con esa luz, pero sabía que las lágrimas estaban teñidas de rojo. Sabía que habría manchas rosáceas en la servilleta de lino cuando la frotara ligeramente sobre sus ojos. El camarero huyó sin haber entendido la broma. Mirando fijamente a través de la mesa, al sonriente vampiro, me preguntaba si la había entendido o era yo el blanco. Había noches en las que no estaba segura de por dónde caería la mierda.

Pero para cuando estiró su mano hacia mí sobre la mesa, ya lo había entendido. Definitivamente, era el blanco de la broma.



[1] La Maniobra de Heimlich, también llamada Compresión abdominal es un procedimiento de primeros auxilios para desobstruir el conducto respiratorio, normalmente bloqueado por un trozo de alimento o cualquier otro objeto. Es una técnica efectiva para salvar vidas en caso de asfixia por atragantamiento.

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~ por lectorascompulsivas en 5 julio 2010.

8 comentarios to “Capítulo 7 – Ofrendas Ardientes”

  1. Prometo subir mas seguido, se me olvidó. 🙂

    Besotes por la paciencia que nos tenéis.

  2. Gracias a ti por ser tan amable de traducirlo.

  3. waaa, me encanta, x favor, x favor, x favor si teneis mas subirlo q me muero x seguir leyendo. Mil gracias x compartir vuestro trabajo, es genial.

  4. Saludos!!! sólo quería preguntar si aún está vivo este proyecto o ya lo abandonaron (la traducción del libro 7 me refiero)… de verdad la calidad de las traducciones de ustedes es genial y sería una pena que no siguieran.

    Muchas gracias por lo que hacen,
    Adiós.

  5. Por dios no lo dejéis, entendemos que es un trabajo pesado, pero si tenemos que fiarnos por la editorial que los traduce, no habríamos leído más que tres libros.
    Yo no llego a entender como una saga tan buena, tiene tan poca salida, en serio…
    Así que solo nos quedaís vosotras, que será de nosotras sin Anita ^^

    Muchísimas gracias por la traducción.
    Las demás que hay por ahí son pésimas.
    Besos

  6. Wenas gogatsu, pues la verdad, no sé si continuaremos con las traducciones, el grupo está un poco disperso, y la única traductora que teníamos, está bastante liada con cosas personales. Lo siento mucho, de verdad.

    Besos.

  7. Olaa xicas! me encaanta vuestro traabajo!!
    sois de lo mejorcito q aii ehh! ajajaj
    Vuestras traduccionees no tiene nada q ver cn otraas q veo colgadas x ahii,,,, x)
    Me gustaria preguntaros si pensais tardar muxo en acabr con este librito, q ya tengo ansiias de exarle el guante como qien dice… ajaja
    =)
    Ojala q esté pronto!!
    Un beso genios!!

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