Danza Macabra

Estos últimos días de mi vida son una mezcla entre una telenovela paranormal y una película de acción.

El primer asesino a sueldo intentó matarme en mi casa, lo cual debería ir contra las reglas. Después vino un segundo intento, y un tercero. Poco después averigüe unos curiosos rumores que corrían por toda la ciudad, Anita Blake, experta en lo paranormal y ejecutora de vampiros valía medio millón de dólares… viva o muerta. Así que ¿qué es lo que puede hacer una chica?, salvo acudir a los hombres de su vida para que la ayuden. En mi caso son un lobo alfa y el señor de los vampiros. Con asesinos profesionales trás ella no es mala idea tener toda la protección posible, sea humana o no. Aunque empiezo a preguntarme si dos monstruos son mejor que uno.

Gracias a Powerforo por la colaboración prestada en la traducción de este libro.

CAPITULO 1

El cadáver más hermoso que había visto alguna vez se sentaba tras mi escritorio. La camisa blanca de Jean-Claude resplandecía con la luz de la lámpara del escritorio. Un voluminoso encaje colgaba en su parte delantera, atisbando desde el interior de su chaqueta de terciopelo negra. Me mantenía de pie tras él, mi espalda contra la pared, los brazos cruzados sobre mi abdomen, lo que dejaba agradablemente cerca de la pistolera de la Browning mi mano derecha. No iba a usarla con Jean-Claude. Era el otro vampiro quien me preocupaba.

La lámpara del escritorio era la única luz de la habitación. El vampiro había solicitado que las del techo fueran apagadas. Su nombre era Sabin, y se mantenía de pie contra la pared contraria, amparado en la oscuridad. Estaba cubierto de la cabeza a los pies por una capa negra con capucha. Parecía salido de una vieja película de Vincent Price. Nunca había visto a un auténtico vampiro vestido así.

El último miembro de nuestro pequeño y feliz grupo era Dominic Dumare. Estaba sentado en una de las sillas para clientes. Era alto, delgado, pero no débil. Sus manos eran grandes y fuertes, lo suficientemente grandes como para esconder mi cara en su palma. Estaba vestido con un traje negro de tres piezas, como un chofer, excepto por el alfiler de diamante de su corbata. Una barba y un bigote finos delineaban los fuertes huesos de su cara.

Cuando entró en mi oficina, le sentí como una ligera brisa psíquica a mi espalda. Sólo me había encontrado con otras dos personas que tenían ese estilo. Una había sido la sacerdotisa vudú más poderosa con la que me había encontrado alguna vez. El segundo, había sido el segundo sacerdote vudú más poderoso con el que me había encontrado alguna vez. La mujer estaba muerta. El hombre trabajaba para Inc, Reanimators, igual que yo. Pero Dominic Dumare no había venido para solicitar trabajo.

—Sra. Blake, por favor, siéntese —dijo Dumare—. Sabin encuentra de lo más ofensivo sentarse cuando una señora aun está de pie.

Eché un vistazo a Sabin por detrás de él.

—Me sentaré si él se sienta —indiqué.

Dumare miró a Jean-Claude. Éste emitió una sonrisa suave, condescendiente.

—¿Tiene usted tan poco control sobre su siervo humano?

No tuve que ver la sonrisa de Jean-Claude para saber que estaba allí.

—Ah, está en lo correctocon ma petite. Es mi sierva humana, así declarado ante el consejo, pero no responde ante nadie.

—Parece orgulloso de ello —dijo Sabin.

Su voz sonaba a británica y propia de la clase alta.

—Es una Ejecutora y ha realizado más ejecuciones de vampiros que cualquier otro humano. Es una nigromante de tal poder que usted ha recorrido medio mundo para consultarle. Es mi siervo humano, pero sin ninguna marca para mantenerla a mi lado. Sale conmigo sin la ayuda del encanto vampírico. ¿Por qué no debería estar orgulloso?

Oyéndole hablar, habrías pensado que todo eso era idea suya. Lo cierto era que había intentado marcarme y yo había logrado escapar. Salíamos juntos porque me había chantajeado. O salía con él, o mataba a mi otro novio. Jean-Claude había conseguido que todo funcionara a su favor. ¿Por qué no estaba sorprendida?

—Hasta que ella muera, usted no puede marcar a ningún otro humano —dijo Sabin—. Se ha negado a sí mismo mucho poder.

—Soy consciente de lo que he hecho —expuso Jean-Claude.

Sabin se rió, y era asfixiantemente amarga.

—Hacemos cosas extrañas por amor.

Lo habría dado todo por ver la cara de Jean-Claude en aquel momento. Todo lo que podía ver era su largo pelo negro esparcido sobre su chaqueta, negro sobre negro. Sus hombros se pusieron rígidos, sus manos se deslizaron a través del papel secante de mi escritorio. Estaba completamente silencioso. Esa quietud tan desesperante que sólo los vampiros antiguos tienen, como sí, si lo hicieran durante el tiempo suficiente, ellos simplemente desaparecerían.

—¿Es eso lo qué le ha traído aquí, Sabin? ¿Amor? —La voz de Jean-Claude era neutra, vacía.

La risa de Sabin cortó el aire como un cristal roto. Sentí cómo el sonido dañaba algo profundamente dentro de mí. No me gustó.

—Basta de juegos —indiqué—. Acaben.

—¿Es siempre tan impaciente? —preguntó Dumare.

—Sí —afirmó Jean-Claude.

Dumare sonrió, brillante y vacío como una bombilla.

—¿Le dijo Jean-Claude por qué deseábamos verla?

—Me dijo que Sabin contrajo algún tipo de enfermedad al tratar de pasar el mono.

El vampiro se rió otra vez, arrojándolo como un arma a través del espacio.

Mono, muy bien, Sra. Blake, muy bien.

La risa me cortó como pequeñas cuchillas. Nunca había experimentado nada así sólo con una voz. En una pelea, habría sido molesto. Mierda, era molesto en este momento. Sentí que como un fluido se deslizaba por mi frente. Levanté mi mano izquierda. Mis dedos se separaron manchados de sangre. Saqué la Browning y me separé de la pared. Apunté a la negra figura a través de la habitación.

—Haga eso otra vez, y le pego un tiro.

Jean-Claude se levantó despacio de la silla. Su poder fluyó sobre mí como un viento fresco, poniéndome la piel de gallina en los brazos. Levantó una pálida mano, casi translúcida, con poder. La sangre fluyó por aquella piel reluciente.

Dumare se quedó en su silla, pero también sangraba por un corte casi idéntico al mío. Dumare se limpió la sangre, pero todavía sonreía.

—El arma no será necesaria —respondió.

—Ha abusado de mi hospitalidad —dijo Jean-Claude.

Su voz llenó el cuarto de ecos siseantes.

—No hay nada que pueda decir para pedir perdón —expresó Sabin—. Pero no tuve intención de hacerlo. Estoy usando tanto mi poder para mantenerme, que no tengo el mismo control que una vez tuve.

Me moví despacio, alejándome de la pared, con el arma todavía apuntando. Quería ver la cara de Jean-Claude. Tenía que ver cuánto daño le habían hecho. Rodeé el escritorio hasta que pude verle por el rabillo del ojo. Su cara estaba ilesa, impecable y reluciente como el nácar.

Él levantó su mano, una delgada línea de sangre todavía se deslizaba hacia abajo.

—Eso no fue ningún accidente.

—Acércate a la luz, amigo —dijo Dumare—. Debes dejarles ver, o no lo entenderán.

—No quiero ser visto.

—Está muy cerca de acabar con toda mi buena voluntad —indicó Jean-Claude.

—La mía, también —añadí.

Esperaba que pudiera pegarle un tiro a Sabin o poder soltar el arma pronto. Incluso en una postura de disparar a dos manos, si es mantenida indefinidamente, tus manos comenzaban a vacilar un poco.

Sabin se deslizó hacia el escritorio. La capa negra se derramó alrededor de sus pies como un fondo oscuro. Todos los vampiros eran elegantes, pero este era ridículo. Comprendí que no andaba en absoluto. Levitaba dentro de aquella oscura capa.

Su poder fluyó sobre mi piel como agua helada. Mis manos estaban, de repente, estables una vez más. Nada mejor que un vampiro de varios cientos de años avance hacia ti para avivar tus nervios.

Sabin se detuvo en el lado contrario del escritorio. Usaba poder para moverse, simplemente para estar ahí, como un tiburón, como si muriera al dejar de moverse.

Jean-Claude se pasó a mí lado. Su poder danzó sobre mi cuerpo, levantando el pelo de detrás de mi cuello, haciendo contraerse mi piel. Se detuvo casi al alcance del otro vampiro.

—¿Qué le ha pasado, Sabin?

Sabin se mantuvo de pie al borde de la iluminación. La lámpara debería haber arrojado alguna luz sobre la capucha de su capa, pero no lo hacía. El interior de la capucha era tan liso, negro y vacío como una cueva. Su voz salió de aquella nada. Me hizo saltar.

—Amor, Jean-Claude, el amor fue lo que me pasó. Mi amor sembró conciencia. Dijo que estaba mal alimentarse de personas. Después de todo, una vez fuimos humanos. Por amor a ella traté de beber sangre fría. Lo intenté con sangre de animal. Pero no era suficiente para mantenerme.

Miré fijamente aquella oscuridad. Seguí apuntando con el arma, pero comenzaba a sentirme tonta. Sabin no parecía en absoluto asustado de ella, eso me aterraba. Tal vez no le preocupaba. Eso también asustaba.

—Ella le hizo ser vegetariano. Genial —dije—. Usted parece bastante poderoso.

Él se rió, y con la risa, las sombras de su capucha se desvanecieron lentamente, como la subida de una cortina. La arrojó hacia atrás con un rápido floreo.

No grité, pero jadeé y di un paso atrás. No pude evitarlo. Cuando comprendí lo que había hecho, me paré y me hice retroceder ese paso, y encontrar sus ojos. Sin sobresaltos.

Su pelo era espeso, liso y dorado, caía como una brillante cortina sobre sus hombros. Pero su piel… su piel se había podrido en media cara. Parecía lepra en una fase avanzada, pero peor. La carne estaba cubierta por póstulas gangrenosa, y debería haber apestado a rayos. La otra mitad de su cara era todavía hermosa. El tipo de cara que los pintores medievales habían tomado prestadas para los querubines, una dorada perfección. Un cristalino ojo azul rodaba en su cuenta putrefacta con peligro de rodar por su mejilla. El otro ojo estaba seguro y me miraba a la cara.

—Puedes guardar el arma, ma petite. Fue un accidente, al fin y al cabo —dijo Jean-Claude.

Bajé la Browning, pero no la guardé. Me llevó más esfuerzo del normal hablar de forma tranquila.

—¿Eso fue lo que ocurrió porque dejó de alimentarse de humanos?

—Eso creemos —dijo Dumare.

Aparté mi mirada fija de la cara devastada de Sabin y miré hacia atrás, a Dominic.

—¿Piensa que puedo ayudarle a curarlo? —No pude esconder la incredulidad en mi voz.

—Oí de su reputación en Europa.

Arqueé mis cejas.

—No sea modesta, Sra. Blake. Entre los que perciben tales cosas, tiene cierta notoriedad.

Notoriedad, no fama. Hmmm.

—Guarda en su sitio el arma, ma petite. Sabin ha sido todo lo… —¿Cuál fue su palabra?— …grandilocuente que ha podido esta noche. ¿No es así, Sabin?

—Eso me temo, parece ir tan mal ahora.

Enfundé el arma y sacudí mi cabeza.

—Sinceramente, no tengo la más mínima idea de cómo ayudarle.

—Si usted supiera cómo, ¿me ayudaría? —preguntó Sabin.

Le miré y afirmé con la cabeza.

—Sí.

—Incluso aunque sea un vampiro y usted una Ejecutora.

—¿Ha hecho algo en este país por el cual merezca una ejecución?

Sabin se rió. La piel podrida se estiró, y un ligamento reventó con un húmedo chasquido. Tuve que apartar la mirada.

—Aún no, Sra. Blake, aún no. —Su cara se ensombreció rápidamente; el humor desapareció repentinamente—. Ha instruido su cara para no mostrar nada, Jean-Claude, pero vi el horror en sus ojos.

La piel de Jean-Claude había vuelto a su lechosa perfección habitual. Su cara aún era encantadora, perfecta, pero al menos él había dejado de brillar. Sus ojos azul medianoche ahora sólo eran ojos. Todavía era hermoso, pero era una belleza casi humana.

—¿No merece esto un poco de horror? —preguntó.

Sabin sonrió, y lamenté que lo hiciera. Los músculos del lado podrido no funcionaban, y su boca colgó torcida. Aparté la mirada, luego me obligué a mirar hacia atrás. Si él podía estar atrapado en esa cara, podría mirarla.

—¿Entonces me ayudará?

—Le ayudaría si pudiera, pero es a Anita a la que usted ha venido a preguntar. Ella debe dar su propia respuesta.

—¿Bien, Sra. Blake?

—No sé cómo ayudarle —repetí.

—¿Comprende lo extremo de mi circunstancia, Sra. Blake? El verdadero horror, ¿lo llega a comprender usted?

—La putrefacción, probablemente, no le matará, pero es progresivo, ¿verdad?

—Ah, sí, es progresivo y virulento.

—Le ayudaría si pudiera, Sabin, pero ¿qué puedo hacer que Dumare no pueda? Él es un nigromante, tal vez tan poderoso como yo, tal vez más. ¿Por qué me necesita usted?

—Comprendo, Sra. Blake, que no conoce ninguna solución expresa para el problema de Sabin —dijo Dumare—. Por lo que pude descubrir, él es el único vampiro que ha sufrido alguna vez tal destino, pero pensé que si veíamos a otro nigromante tan poderoso como yo mismo —sonrió modestamente—, o casi tan poderoso como yo, quizás juntos podríamos encontrar un hechizo para ayudarle.

—¿Un hechizo? —Eché un vistazo a Jean-Claude.

Él emitió ese maravilloso encogimiento de hombros galo que significaba todo y nada.

—Sé poco de nigromancia, ma petite. Tú sabrías si tal hechizo es posible más que yo.

—No es sólo su capacidad como nigromante lo que nos ha traído —dijo Dumare—. También ha actuado como un foco para al menos dos reanimadores diferentes, creo que es la palabra americana para lo que usted hace.

Asentí.

—Es la palabra, pero ¿dónde oyó que podía actuar como foco?

—Venga, Sra. Blake, la capacidad de combinar los poderes de otro reanimador con los suyos propios y así ampliar ambos poderes es un talento raro.

—¿Puede usted actuar como un foco? —pregunté.

Trató de parecer humilde, pero realmente se vio contento consigo mismo.

—Debo admitir que sí, puedo actuar como un foco. Piense en lo que podríamos hacer juntos.

—Podríamos levantar un infierno de zombis, pero eso no curará a Sabin.

—Cierto. —Dumare se adelantó en su silla.

Su cara delgada y hermosa enrojeció impaciente, un verdadero conversor buscando discípulos.

Nunca fui una seguidora.

—Ofrecería enseñarle verdadera nigromancia, no ese vudú superficial que ha estado haciendo.

Jean-Claude emitió un suave sonido, a medias entre una risa y una tos.

Fulminé con la mirada la divertida cara de Jean-Claude, pero dije:

—Me va bien con este vudú superficial.

—No quise insultarla, Sra. Blake. Pronto necesitará un profesor de algún tipo. Si no a mí, entonces debe encontrar a otro.

—No sé de qué me habla.

—Control, Sra. Blake. El simple poder, no importa cuán impresionante sea, no es lo mismo que el poder usado con gran cuidado y control.

Sacudí mi cabeza.

—Le ayudaré si puedo, Sr. Dumare. Participaré incluso en un hechizo si hablo primero con una bruja local que conozco.

—¿Tiene miedo que intente robarle su poder?

Sonreí.

—No, salvo que me mate, lo máximo que usted o cualquier otro puede hacer es pedirlo prestado.

—Es muy sabia para su edad, Sra. Blake.

—Usted no es mucho mayor que yo —dije.

Algo cruzó su cara, un diminuto parpadeo, y lo supe.

—Usted es su siervo humano, ¿verdad?

Dominic sonrió, extendiendo sus manos.

—Oui.

Suspiré.

—Creo que dijo que no intentaba esconderme nada.

—El trabajo de un siervo humano es ser los ojos y los oídos de su amo durante el día. Le sería inútil a mi amo si los cazadores de vampiros pueden descubrir qué soy.

—Yo le descubrí.

—Pero en otra situación, sin Sabin a mi lado, ¿podría?

Pensé en ello durante un momento.

—Tal vez. —Sacudí la cabeza—. No lo sé.

—Gracias por su honestidad, Sra. Blake.

—Estoy seguro que nuestro tiempo ya ha finalizado. Jean-Claude dijo que tenía un compromiso urgente, Sra. Blake. Mucho más importante que mi pequeño problema —dijo Sabin. Había una pequeña punzada en eso último.

Ma petite tiene una cita con otro galán.

Sabin contempló a Jean-Claude.

—Entonces, es cierto que le permite salir con otro. Pensé que al menos eso debía ser un rumor.

—Muy poco de lo que oiga sobre ma petite será un rumor. Crea todo lo que oiga.

Sabin se rió entre dientes, tosió, como si luchara por impedir que la risa se escapara de su arruinada boca.

—Si creyera todo lo que oí, habría venido con un ejército.

—Vino con un siervo porque sólo le permití uno—dijo Jean-Claude.

Sabin sonrió.

—Demasiado cierto. Venga Dominic, no debemos quitarle a la Sra. Blake más de su valioso tiempo.

Dominic se levantó obedientemente, alzándose sobre nosotros. Sabin tenía más o menos mi altura. Por supuesto, no estaba segura si sus piernas aún permanecían allí. Él podría haber sido más alto en otro tiempo.

—No me gusta usted, Sabin, pero nunca dejaría voluntariamente a otro ser de la forma en la que usted está. Mis planes de ésta noche son importantes, pero si creyera que podríamos curarle inmediatamente, los cambiaría.

El vampiro me miró. Su color azul, sus ojos azules eran como mirar fijamente el agua clara del océano. No había tirón en ellos. Tampoco era que se estuviera comportando o, como la mayoría de los vampiros, no podía hacerme apartar los ojos.

—Gracias, Sra. Blake. Creo que usted es sincera. —Extendió una mano enguantada desde su voluminosa capa.

Vacilé, luego la tomé. Me apretó muy ligeramente y me costó mucho no retirarla. Me obligué a sujetar su mano y sonreír, dejarla separarse y no limpiar mi mano en la falda.

Dominic también me estrechó la mano. Su toque era fresco y seco.

—Gracias por su tiempo, Sra. Blake. Me pondré en contacto con usted mañana y hablaremos de más cosas.

—Esperaré su llamada, Sr. Dumare.

—Llámeme, Dominic, por favor.

Asentí con la cabeza.

—Dominic. Podemos hablar de ello, pero lamento coger su dinero cuando no estoy segura de poder ayudarle.

—¿Puedo llamarte Anita? —preguntó.

Vacilé y me encogí de hombros.

—Por qué no.

—No se preocupe por el dinero —dijo Sabin—, tengo demasiado para todo el bien que me ha hecho.

—¿Cómo lleva la mujer a la que ama el cambio de aspecto? —preguntó Jean-Claude.

Sabin le miró. Y no fue una mirada amistosa.

—Lo encuentra repulsivo, igual que yo. Se siente culpable. Ni me ha abandonado, ni está conmigo.

—Usted ha vivido durante, aproximadamente, setecientos años —comenté—. ¿Por qué echarlo a perder por una mujer?

Sabin se giró hacia mí, una gota de lodo se escurrió por su cara como una lágrima negra.

—¿Me pregunta si ella se lo merecía, Sra. Blake?

Tragué y sacudí mi cabeza.

—No es asunto mío. Siento preguntar.

Colocó la capucha sobre su cara. Se apartó de mí, oscuridad de nuevo, una sombra donde su cara debería haber estado.

—Ella me iba a abandonar, Sra. Blake. Pensé que sacrificaría cualquier cosa por mantenerla a mi lado, en mi cama. Me equivoqué. —Giró aquella oscuridad hacia Jean-Claude—. Le veremos mañana por la noche, Jean-Claude.

—Lo espero ansiosamente.

Ningún vampiro ofreció estrecharse la mano. Sabin se deslizó hacia la puerta, el traje se arrastraba tras él, vacío. Me pregunté cuánto de su parte inferior había desparecido y decidí que no quería saberlo.

Dominic estrechó mi mano otra vez.

—Gracias, Anita. Nos has dado esperanza. —Sostuvo mi mano y miró fijamente mi cara como si pudiera leer algo—. Y piense en mi oferta de enseñarla. Hay muy pocos que seamos verdaderos nigromantes.

Retiré mi mano.

—Pensaré en ello. Ahora, realmente me tengo que ir.

Él sonrió, sostuvo la puerta para Sabin, y se fueron. Jean-Claude y yo nos mantuvimos un momento en silencio. Yo lo rompí primero.

—¿Se puede confiar en ellos?

Jean-Claude se sentó en el borde de mi escritorio, sonriendo.

—Por supuesto que no.

—Entonces, ¿por qué permitiste que vinieran?

—El consejo ha declarado que ningún Maestro Vampiro de Estado Unidos peleará hasta que esa repugnante ley que está revoloteando sobre Washington desaparezca. Una guerra de no muertos y la campaña anti vampiros incitaría a la ley a convertirnos en ilegales otra vez.

Sacudí mi cabeza.

—No creo que la Ley Brewster tenga ninguna posibilidad de crecer como una bola de nieve. Los vampiros son legales en Estados Unidos. Si estoy de acuerdo con ello o no, no creo que eso vaya a cambiar.

—¿Cómo puedes estar tan segura?

—Es algo duro decirles a un grupo de seres vivos que tienen unos derechos, luego cambiar de opinión y decir que el asesinato de estos es legal otra vez. La Unión Americana de Libertad Civil haría su agosto.

Él sonrió.

—Quizás. Independientemente de eso, el consejo ha forzado una tregua entre todos nosotros hasta que la ley sea decidida de una u otra forma.

—Entonces puedes dejar entrar a Sabin en tu territorio, porque si se comporta mal, el consejo le perseguirá y le matará.

Jean-Claude asintió.

—Pero aún así, tú estarías muerto —dije.

Él extendió sus manos, elegantes y vacías.

—Nada es perfecto.

Me reí.

—Supongo que no.

—Ahora, ¿no llegas tarde a tu cita con Monsieur Zeeman?

—Estás siendo terriblemente civilizado con esto —comenté.

—Mañana por la noche estarás conmigo, ma petite. Sería un pobre… competidor si envidiara su noche a Richard.

—Por lo general, eres un mal competidor.

—Ahora, ma petite, eso es injusto. Richard no está muerto, ¿verdad?

—Sólo porque sabes que si le matas, te mato. —Levanté una mano antes de que él pudiera decirlo—. Trataría de matarte, y tu tratarías de matarme, etc. —Era una vieja discusión.

—De éste modo, Richard vive, tu sales con los dos y yo soy paciente. Más paciente de lo que alguna vez he sido con nadie.

Estudié su rostro. Es uno de esos hombres que es hermoso más que atractivo, pero la cara es masculina; no le encontrarías nada femenino, incluso con el pelo largo. De hecho, había algo terriblemente masculino en Jean-Claude, no importaba cuánto encaje usara.

Podía ser mío: encierro, reclusión y colmillos. No estaba segura de que lo quería.

—Me tengo que ir —dije.

Se apartó de mi escritorio. De repente estaba de pie y lo suficientemente cerca para tocarme.

—Entonces vete ya, ma petite.

Podía sentir su cuerpo a centímetros del mío como una energía deslumbrante. Tuve que tragar antes de poder hablar.

—Ésta es mi oficina. Tienes que irte.

Tocó mis brazos ligeramente, un roce con las yemas de sus dedos.

—Disfruta de tu tarde, ma petite.

Sus dedos se cerraron alrededor de mis brazos, justo debajo de los hombros. No se inclinó o me acercó ese último centímetro. Simplemente sostuvo mis brazos y me miró fijamente.

Encontré sus oscuros ojos; azul oscuro. Hubo un tiempo, hasta hace poco, que no hubiera podido mirarle fijamente sin caer en ellos y perderme. En este momento podía hacerlo, pero de todas formas, estaba como perdida. Me puse de puntillas, acercando mi cara a él.

—Debería haberte matado hace tiempo.

—Has tenido tus oportunidades, ma petite. Pero sigues salvándome.

—Un error —dije.

Se rió, y el sonido se deslizó por mi cuerpo como piel desnuda contra piel desnuda. Me estremecí en sus brazos.

—Para —dije.

Me besó ligeramente, un roce de labios, así no podía sentir sus colmillos.

—Me echarías de menos si no estuviera, ma petite. Admítelo.

Me aparté de él. Sus manos se deslizaron por mis brazos, sobre mis manos, hasta que aparté mis dedos de sus manos.

—Me tengo que ir.

—Ya lo dijiste.

—Vete, Jean-Claude, ya basta de juegos.

Su cara se ensombreció al instante como si una mano la hubiera limpiado.

—No más juegos, ma petite. Vete con tu otro amante. —Era su turno de levantar la mano y decir—: Sé que vosotros no sois realmente amantes. Sé que te resistes a los dos. Bravo, ma petite. —Un destello de algo, tal vez enfado, cruzó su cara y se fue como una ola perdida en oscuras aguas.

—Mañana por la noche estarás conmigo y, será el turno de Richard de sentarse en casa y preguntarse. —Sacudió la cabeza—. Incluso por ti, no habría hecho lo que hizo Sabin. Incluso por tu amor, hay cosas que no haría. —De repente me contempló de forma feroz, la cólera llameaba en sus ojos, su cara—. Lo que hago ya es suficiente.

—No vayas de mártir conmigo —dije—. Si tú no hubieras interferido, Richard y yo ya estaríamos comprometidos, tal vez más.

—¿Y qué? Estarías viviendo en una casa con una valla blanca, con dos niños cualesquiera. Creo que te mientes más a ti que a mí, Anita.

Siempre era una mala señal cuando usaba mi verdadero nombre.

—¿Qué se supone que significa eso?

—Significa, ma petite, que probablemente te gusta la vida domestica tanto como a mí.

Con eso, se deslizó hacia la puerta y se marchó. La cerró silenciosamente, pero con firmeza, tras él.

¿Felicidad doméstica? Quién, ¿yo? Mi vida era una mezcla entre una telenovela sobrenatural y una película de aventuras y acción. Del tipoAs the Casket Turns encuentra a Rambo. Las vallas blancas no entraban. En eso Jean-Claude tenía razón.

Tenía todo el fin de semana libre. Era la primera vez en meses. Había estado esperando esta tarde con mucha ilusión toda la semana. Pero sinceramente, ahora no era la perfecta cara de Jean-Claude la que me invadía. Seguía apareciéndome la cara de Sabin. Vida eterna, dolor eterno, horror eterno. Una agradable vida después de la muerte.

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2 comentarios to “Danza Macabra”

  1. Hola, chicas.
    Pasaba por aquí echando un vistazo a las traducciones y para ver si teníais alguna noticia nueva, y os aviso de que el link de descarga de “Danza Macabra” no funciona. ¿Podríais solucionarlo?

    Gracias, 🙂

    • Listo, Soñando, ya está cambiado el link. 🙂

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