El Café Lunático

No te ofrezcas como voluntaria para luchar contra vampiros, acorta tu esperanza de vida.

Y no te enamores de un hombre lobo, interferirá en tu trabajo. Especialmente cuando eres una experta en lo paranormal, como yo. Mi trabajo me hace relacionarme con todo tipo y forma de monstruos. Y no todos ellos quieren matarme.

Toma, como ejemplo, la manada local de licántropos – hombres lobos para ti. Gran número de ellos están desapareciendo, y han acudido a mí en búsqueda de ayuda. Quizás porque estoy saliendo con el lider de la manada. He sobrevivido a mucho – desde vampiros celosos hasta zombies asesinos – pero el amor puede que mate…

CAPITULO 1

Quedaban dos semanas para Navidad. Un mal momento del año para levantar a los muertos. Mi último cliente de la noche estaba sentado frente a mí. No había ninguna nota con su nombre. Ninguna nota que dijera: levantamiento de zombis o matanza de vampiros. Nada. Lo que probablemente significaba que quería que hiciera algo que no podía hacer.

La pre-navidad es la época muerta del año, no es un juego de palabras. Mi jefe, Bert, acepta cualquier trabajo que llega.

George Smitz era un hombre alto, de aproximadamente 1,80 m. Era amplio de hombros y musculoso. No la clase de músculos que se consiguen levantando pesas y corriendo alrededor de una pista interior.

Eran músculos de los que se consiguen con fuerza y trabajo físico. Habría apostado mi dinero a que el Sr. Smitz era obrero de la construcción, agricultor, o algo similar. Estaba amplio y firmemente constituido con mugre incrustada bajo unas uñas que el jabón nunca tocaba.

Se sentó delante de mí aplastando su sombrero, amasándolo en sus manos grandes. El café que había aceptado estaba enfriándose en el borde de mi escritorio. No había tomado ni un sorbo.

Yo bebía mi café en una gran taza de navidad que mi jefe, Bert, había insistido que trajera. La taza de navidad personalizada era para añadir un toque personal a la oficina. Mi taza tenía un reno en albornoz y zapatillas con luces de Navidad en la cornamenta, celebrando la alegre temporada con champán y una frase que decía “Bingle Jells”.

A Bert, realmente, no le gustaba mi taza, pero lo dejaba pasar, probablemente, temiendo lo que pudiera traer. Se mostró muy contento con mi traje para la tarde. Una blusa de cuello alto, tan perfectamente roja que había tenido que usar maquillaje para no verme tan pálida. La falda y la chaqueta hacían juego, eran de un profundo verde oscuro. No me había vestido para Bert. Me había vestido para mi cita.

El contorno de plata de un ángel brillaba en mi solapa. Parecía muy navideño. La 9 mm Browning Hi-power no parecía muy navideña en absoluto, pero ya que estaba escondida bajo la chaqueta no importaba.

Podría haber molestado al Sr. Smitz, pero no parecía preocupado en eso como para preocuparme. Mientras no le pegara un tiro personalmente a él.

—Entonces, Sr. Smitz, ¿cómo puedo ayudarle? —pregunté.

Contemplaba sus manos, y sólo sus ojos se elevaron para mirarme.

Era un gesto de muchacho, un gesto incierto. Resultaba extraño en su rostro de hombre adulto.

—Necesito ayuda y no sé a quién más acudir.

—Exactamente ¿qué tipo de ayuda necesita, Sr. Smitz?

—Es mi esposa.

Esperé a que continuara, pero sólo contempló sus manos. Su sombrero algodonoso era una bola apretada.

—¿Quiere que levante a esposa de entre los muertos? —pregunté.

Alzó la vista con los amplios ojos alarmados.

—No está muerta. Lo sé.

—Entonces, ¿qué puedo hacer por usted, Sr. Smitz? Levanto a los muertos y soy ejecutora judicial de vampiros. ¿Qué hay en esa descripción que pueda ayudar a su esposa?

—El Sr. Vaughn dijo que usted sabía todo sobre los licántropos. —Lo dijo como si lo explicara todo. No lo hacía.

—Mi jefe utiliza una gran cantidad de reclamos, Sr. Smitz. Pero, ¿qué tienen que ver los licántropos con  su esposa? —ésta era la segunda vez que preguntaba sobre su esposa. Creía que hablaba en inglés, pero quizás mis preguntas eran realmente en Swahili y no me daba cuenta. O tal vez lo que había pasado era demasiado horrible para decirlo con palabras.

Pasaba mucho en mi profesión.

Se inclinó hacia delante, sus intensos ojos sobre mi cara. También me incliné hacía delante, no podría ayudarle.

—Peggy es mi esposa, es un licántropo.

Parpadeé.

—¿Y?

—Si se supiera perdería su trabajo.

No discutí con él. Legalmente, no se podía discriminar a los licántropos, pero pasaba muy a menudo.

—¿Qué clase de trabajo tiene Peggy?

—Es carnicera.

Un licántropo carnicero. Era demasiado perfecto. Pero veía por qué perdería su trabajo. Preparaba comida teniendo una enfermedad potencialmente fatal. Yo no lo creía. Yo sabía, y el ministerio de salud sabía, que la licantropía sólo podía ser transmitida por un ataque en su forma animal. La mayoría de las personas no creían eso. No puedo decir que las culpe. Tampoco quiero ser peluda.

—Dirige una tienda de carne especial. Es un buen negocio. Lo heredó de su padre.

—¿También era un licántropo? —pregunté.

Negó con la cabeza.

—No, Peggy fue atacada unos años atrás. Sobrevivió… —se encogió de hombros—, pero usted ya sabe.

Realmente lo sabía.

—Entonces, su esposa es un licántropo y perderá su negocio si esto sale a la luz. Lo entiendo. Pero, ¿cómo puedo ayudarle?

Luché contra el impulso de echar un vistazo a mi reloj. Tenía las entradas. Richard no podía ir sin mí.

—Peggy ha desaparecido.

Ah.

—No soy detective privado, Sr. Smitz. No busco desaparecidos.

—Pero no puedo ir a la policía. Podrían averiguarlo.

—¿Cuánto tiempo lleva desaparecida?

—Dos días.

—Mi consejo es que vaya a la policía.

Sacudió tercamente la cabeza.

—No.

Suspiré.

—No sé nada sobre la búsqueda de desaparecidos. Levanto a los muertos, mato vampiros, eso es lo que hago.

—El Sr. Vaughn dijo que usted podría ayudarme.

—¿Le contó usted su problema?

Asintió con la cabeza.

Mierda. Bert y yo íbamos a tener una larga conversación.

—La policía es hábil en su trabajo, Sr. Smitz. Sólo cuénteles que su esposa ha desaparecido. No mencione la licantropía. Verá cómo la encuentran. —No me gusta decirle a un cliente que oculte información a la policía, pero es mejor que no ir en absoluto.

—Sra. Blake, por favor, estoy preocupado. Tenemos dos niños.

Comencé a decirle todos los motivos por los que no podía ayudarle, después me detuve. Tenía una idea.

—Reanimators, Inc. tiene un detective privado en nómina. Verónica Sims ha intervenido en muchos casos preternaturales. Podría ser capaz de ayudarle.

—¿Puedo confiar en ella?

—Hágalo.

Me contempló durante un largo momento, después asintió.

—Bien, ¿cómo me pongo en contacto con ella?

—Déjeme hacer una llamada, a ver si puede verle.

—Sería genial, gracias.

—Quiero ayudarle, Sr. Smitz. Cazar a cónyuges desaparecidos no es mi especialidad.

Marqué en el teléfono. Sabía el número de Ronnie de memoria.

Entrenábamos al menos dos veces por semana juntas, sin contar alguna película ocasional, cenar…. Las mejores amigas, un concepto que la mayoría de las mujeres no superan con la edad. Pregúntale a un hombre quién es su mejor amigo y tendrá que pensarlo. No lo sabrá. Una mujer lo sabría. Un hombre no sería capaz de pensar en un nombre, no para su mejor amigo. Las mujeres conservan la pista de esas cosas. Los hombres no lo hacen. No me preguntes por qué.

El contestador automático de Ronnie hizo clic.

—Ronnie, si estás ahí, soy Anita, cógelo.

El teléfono hizo clic, y un segundo más tarde hablaba sobre la genuina causa.

—Hola, Anita. Pensaba que tenías una cita con Richard esta noche.

¿Algo va mal?

Ves, las mejores amigas.

—No con la cita. Tengo aquí a un cliente que creo que es más de tu estilo que del mío.

—Dime —dijo ella.

Lo hice.

—¿Le has recomendado que vaya a la policía?

—Sí.

—¿No irá?

—¡No!

Suspiró.

—Bien, he buscado antes a desaparecidos, pero por lo general, después de que la policía hubiese hecho todo lo que podía. Tienen recursos que no puedo tocar.

—Soy consciente de eso —dije.

—¿No cambiará de idea?

—No lo creo.

—Entonces, soy yo o…

—Bert aceptó el trabajo sabiendo que era un desaparecido. Podría tratar de dárselo a Jamison.

—Jamison no sabe hacer un agujero en la tierra, salvo levantar a los muertos.

—Sí, pero siempre está impaciente por ampliar su repertorio.

—Pregúntale si puede estar en mi oficina… —hizo una pausa, mientras hojeaba su agenda.  El negocio debe ir bien—. Mañana a las nueve de la mañana.

—Jesús, siempre fuiste una madrugadora

—Una de mis pocas faltas —dijo ella.

Pregunté a George Smitz si a las nueve de la mañana estaba bien.

—¿Podría verme esta noche?

—Quiere verte esta noche.

Pensó en ello durante un minuto.

—¿Por qué no? No es como si tuviera una ardiente cita, a diferencia de algunas personas que podría mencionar. Sí, envíalo. Esperaré. La noche del viernes con un cliente es mejor que la noche del viernes sola, supongo.

—Realmente, has dado con una temporada de sequía —dije.

—Y tú has acertado con una temporada húmeda.

—Muy graciosa.

Se rió.

—Pensaré con mucha ilusión en la llegada del Sr. Smitz. Disfruta con Guys y Dolls.

—Lo haré. Te veré mañana por la mañana para nuestra carrera.

—¿Seguro que me quieres ahí tan temprano por si el barco de ensueño decide quedarse?

—Me conoces mejor que eso —dije.

—Sí, lo hago. Sólo era una broma. Te veré mañana.

Colgamos. Entregué una tarjeta de visita de Ronnie al Sr. Smitz, la dirección de su oficina, y lo puse en camino. Ronnie era lo mejor que podía hacer por él. Aunque todavía me molestaba que no fuera a la policía, pero oye, no era mi esposa.

«Tengo dos niños», había dicho él. No era mi problema. De verdad.

Craig, nuestro secretario nocturno estaba en el escritorio, lo que significaba que era más tarde de las seis. Llegaba tarde. Realmente, no era el momento de discutir con Bert del Sr. Smitz, pero…

Eché un vistazo a la oficina de Bert. Estaba oscuro.

—¿El jefe se ha ido a casa?

Craig levantó la vista del teclado del ordenador. Tiene el pelo castaño corto, fino como el de un bebé. Gafas redondas que combinan con una cara redonda. Es delgado y más alto que yo, pero ¿quién no lo es? Llevaba veinte años con esposa y dos críos.

—El Sr. Vaughn se marchó hace aproximadamente treinta minutos.

—Me lo figuraba —dije.

—¿Pasa algo?

Negué con la cabeza.

—Prográmame algo de tiempo para hablar mañana.

—No sé, Anita. Ya tiene reservado bastante.

—Encuéntrame algo de tiempo, Craig. O interrumpiré en una de las otras citas.

—Estás loca —dijo él.

—Apuéstalo. Encuentra tiempo. Si grita, dile que te apunté con un arma.

—Anita —lo dijo con una sonrisa, como si bromeara.

Le dejé hojeando la agenda tratando de hacerme algún hueco. Quise decirle. Bert hablaría conmigo mañana. Diciembre era nuestra temporada más baja para levantar zombis. La gente parecía pensar que no podíamos hacerlo tan cerca de Navidad, como si esto fuese magia negra o algo.

Entonces Bert programó otras cosas para pasar el período de poca actividad. Me había cansado de clientes con problemas sobre los que nada podía hacer. Smitz no era el primero este mes, pero iba a ser el último.

Con aquel alegre pensamiento me apretujé mi abrigo y me marché.

Richard esperaba. Si el tráfico cooperaba, podía llegar justo antes de que el número empezara. Tráfico de un viernes por la noche, seguramente no.

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