El Circo de los Malditos

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«Si averiguaba algo sobre los asesinatos, me tocaría pagárselo, pero no con dinero.»

Noche de Halloween en el Circo de los Malditos: un enfrentamiento que decidirá el destino de San Luis.

Como si no tuviera bastante con su trabajo nocturno en Reanimators, Inc., Anita se ve involucrada en la investigación de una serie de crímenes que parecen indicar que un poderoso maestro vampiro y su clan han decidido darse un banquete de sangre. Acude a Jean-Claude con la esperanza de hallar pistas para resolver el caso, pero se descubre inmersa en una guerra vampírica en la que ella es parte del botín.

 

 

CAPITULO 1

Había sangre de pollo, seca, incrustada bajo mis uñas. Cuando se levanta a los muertos para ganarse la vida, hay que derramar un poco de sangre. Ésta anchaba mis manos y cara. Había tratado de limpiar lo peor antes de venir a esta reunión, pero algunas cosas sólo las lograría quitar con una ducha. Bebí a sorbos el café en una taza personalizada que decía, «Si me fastidias, pagas las consecuencias», y contemplé a los dos hombres que sentados enfrente.

El Sr. Jeremy Ruebens era pequeño, oscuro y gruñón. Nunca le había visto sin fruncir el ceño, o gritando. Sus rasgos estaban apiñados en la mitad de la cara, como si alguna mano gigantesca la hubiera hecho puré justo antes de que la arcilla se hubiera secado. Sus manos rozaron la solapa del abrigo, el clip de la corbata azul intenso, el cuello blanco de la camisa, se detuvieron en su regazo por un segundo y después comenzó a moverlas de nuevo, solapa del abrigo, corbata, cuello, regazo. Creí que tal vez me fuera posible observarle moverse nerviosamente cinco veces más antes de pedir a gritos misericordia y le prometiera hacer cualquier cosa que quisiera.

El segundo hombre era Karl Inger. Nunca le había visto antes. Era unos centímetros más alto de 1,84 cm. Estando de pie, sobrepasaría a Ruebens y a mí. Una masa ondulada de pelo rojo adornaba una cara grande. Honestamente, tenía unas patillas muttonchop que pasaban al bigote más grueso que hubiese visto alguna vez. Todo estaba recortado con esmero excepto su pelo rebelde. Tal vez tenía un mal día con su cabello.

Las manos de Ruebens hacían su baile interminable por cuarta vez.

Cuatro era mi límite. Quise rodear el escritorio, agarrar sus manos, y gritar, ¡Pare! Pero calculé que era un poco grosero, hasta para mí.

—No le recuerdo tan nervioso, Ruebens —dije.

Me echó un vistazo.

—¿Nervioso?

Hice señas a sus manos haciendo su recorrido interminable. Frunció el ceño y colocó las manos encima de los muslos. Estas permanecieron allí, inmóviles. El autocontrol era su mejor cualidad.

—No estoy nervioso, señorita Blake.

—Es Sra. Blake. ¿Y por qué está tan nervioso, Sr. Ruebens? —Bebí a sorbos mi café.

—No estoy acostumbrado a pedirle ayuda a gente como usted.

—¿Gente como yo? —le pregunté.

Se aclaró la garganta bruscamente.

—Sabe lo que quiero decir.

—No, Sr. Ruebens, no lo sé.

—Bien, una amante de los zombis… —se detuvo en mitad de la frase.

Me había enfadado y debía de haberse notado en mi cara—. No quería ofender —dijo suavemente.

—Si vino aquí para insultarme, saque el culo de mi oficina. Si tiene un asunto real, dígalo, o si no, saque el culo de mi oficina.

Ruebens se levantó.

—Le dije que no nos ayudaría.

—¿Ayudar a qué? No me ha dicho ni una maldita cosa —dije.

—Quizás deberíamos decirle por qué hemos venido —dijo Inger. Su voz era profunda, fuerte, agradable.

Ruebens inspiró aire profundamente y lo soltó por la nariz.

—Muy bien —se recostó en su silla—. La última vez que nos encontramos era miembro de la organización Humanos en Contra de Vampiros.

Incliné la cabeza alentadoramente y sorbí mi café.

—Desde entonces, he comenzado un nuevo grupo, Humanos Primero.

Tenemos los mismos objetivos que HCV, pero nuestros métodos son más directos.

Le observé. El objetivo principal del HCV era volver a convertir en ilegales a los vampiros, entonces podrían ser perseguidos como animales.

Servía para mí. Solía ser una asesina de vampiros, cazadora independiente, cualquier cosa.

Ahora era una ejecutora de vampiros. Tenía que tener una sentencia de muerte para matar a un vampiro específico o era asesinato. Para conseguir una autorización, tenías que demostrar que el vampiro era un peligro para la sociedad, lo que significaba que tenías que esperar a que el vampiro matara a la gente. La matanza más baja era de cinco personas, la más alta veintitrés. Eran muchos cadáveres.

En los buenos viejos tiempos, se podía matar a un vampiro simplemente al verlo.

—¿Qué quiere decir exactamente con métodos más directos?

—Sabe lo que significa —dijo Ruebens.

—No —dije—, no lo sé.

Lo pensé, pero iba a tener que decirlo en voz alta.

—El HCV ha dejado de desacreditar a los vampiros en los medios de comunicación o en política. Humanos Primero se posicionará para destruirlos a todos ellos.

Sonreí sobre mi taza de café.

—Quiere decir, ¿matar hasta el último vampiro en los Estados Unidos?

—Ese es el objetivo —dijo.

—Eso es asesinato.

—Usted ha matado a vampiros. ¿Realmente cree que es asesinato?

Era el momento de respirar profundamente. Hace unos meses habría dicho que no. Pero ahora, realmente no lo sabía.

—No estoy segura, Sr. Ruebens.

—Si la nueva legislación es aprobada, Sra. Blake, los vampiros podrán votar. ¿Eso no la asusta?

—Sí.

—Entonces, ayúdenos.

—Deje de dar rodeos, Ruebens, sólo dígame lo que quiere.

—Muy bien, entonces. Queremos el lugar de descanso del amo de la ciudad.

Le miré durante unos segundos.

—¿Lo dice en serio?

—Esto es muy serio, Sra. Blake.

Tuve que sonreír.

—¿Qué le hace pensar que sé donde descansa el amo durante el día?

Fue Inger quién contestó.

—Sra. Blake, por favor. Si podemos confesarnos culpables de apoyar el asesinato, entonces puede confesarse culpable de conocer al amo.

Sonrió muy suavemente.

—Dígame donde obtuvo la información y tal vez la confirme, o tal vez lo haga.

Su sonrisa se ensanchó sólo un poco.

—Ahora ¿quién da rodeos?

Tenía un punto.

—Si digo que conozco al amo, entonces ¿qué?

—Denos su lugar de descanso —dijo Ruebens.

Se inclino hacia delante, con una mirada impaciente, casi lujuriosa en su cara. No me sentí halagada. No era yo quien lo conmovía. Era el pensamiento de estacar al amo.

—¿Cómo sabe usted que el amo es un él?

—Había un artículo en The Post. Procuró no mencionar ningún nombre, pero la criatura era claramente un varón —dijo Ruebens.

Me pregunté si a Jean‐Claude le gustaría ser llamado la criatura. Mejor no saberlo.

—Si le doy una dirección y usted va, ¿qué?, ¿le atraviesa el corazón?

Ruebens inclino la cabeza. Inger sonrió.

Negué con la cabeza.

—Entonces no puedo.

—¿Se niega a ayudarnos? —preguntó Ruebens.

—No, simplemente no conozco el lugar de descanso. —Me sentí aliviada por ser capaz de decir la verdad.

—Miente para protegerle —dijo Ruebens. Su cara se ponía más oscura, el ceño fruncido con profundas arrugas en su frente.

—Realmente no lo sé, Sr. Ruebens, Sr. Inger. Si quieren que un zombi se levante, podemos hablar, por otra parte… —Dejé la frase sin terminar y les ofrecí mi mejor sonrisa profesional. No parecieron impresionados.

—Consentimos la reunión a esta intempestiva hora y pagamos unos cuantiosos honorarios por la consulta. Lo menos que podía hacer es, ser cortés.

Quise decir, Usted empezó, pero parecería infantil.

—Le ofrecí café. Usted lo rechazó.

El ceño de Ruebens se hizo más profundo, aparecieron líneas de cólera alrededor de sus ojos.

—¿Trata a todos sus clientes igual?

—La última vez, me llamó perra que ama a los zombis. No le debo nada.

—Aceptó nuestro dinero.

—Mi jefe fue quien lo hizo.

—Llegamos aquí temprano, Sra. Blake. Seguramente podemos llegar a un acuerdo.

No había querido encontrarme con Ruebens en absoluto, pero después de que Bert aceptó su dinero, estaba algo apegado a él.

Había concertado la reunión al amanecer. Después del trabajo de noche, pero antes de que me acostara. Desde aquí podía conducir a casa y conseguir ocho horas de sueño ininterrumpido. Dejé que fuera el sueño de Ruebens el que se interrumpiera.

—¿Puede averiguar el lugar de descanso del amo? —preguntó Inger.

—Probablemente, pero si lo hiciera, no se lo diría.

—¿Por qué no? —preguntó.

—Como está liada con él… —dijo Ruebens.

—Silencio, Jeremy.

Ruebens abrió la boca para protestar, pero Inger dijo:

—Por favor, Jeremy, por la causa.

Ruebens luchó visiblemente por tragarse la cólera, pero la refrenó.

Control.

—¿Por qué no, Sra. Blake? —Los ojos de Inger parecían muy serios, un destello agradable se filtró fundiendo el hielo.

—No he matado a vampiros amos antes y ninguno de ellos con una estaca.

—¿Cómo, entonces?

Sonreí.

—No, Sr. Inger, si quiere lecciones de cómo matar a un vampiro, va a tener que ir a otra parte. Simplemente, contestando sus preguntas, podría ser acusada de cómplice de asesinato.

—¿Nos lo diría si tuviéramos un plan mejor? —dijo Inger.

Pensé en eso durante un minuto. Jean‐Claude muerto, realmente muerto. Haría seguramente mi vida más fácil, pero… si no.

—No sé —dije.

—¿Por qué no?

—Porque pienso que le matará. No les doy humanos a los monstruos, Sr. Inger, aunque esas personas me odien.

—No la odiamos Sra. Blake.

Hice señas con la taza de café hacia Ruebens.

—Tal vez usted no lo hace, pero él sí.

Ruebens me fulminó con la mirada. Al menos no trató de negarlo.

—Si volvemos con un plan mejor, ¿podemos volver a hablar?

Contemplé los pequeños ojos enojados de Ruebens.

—Seguramente. ¿Por qué no?

Inger se levantó y me ofreció la mano.

—Gracias, Sra. Blake. Ha sido muy productivo.

Su mano envolvió la mía. Era un hombre grande, pero no trató de usar su tamaño para hacerme sentir pequeña. Lo aprecié.

—La próxima vez que nos encontremos, Anita Blake, será más cooperativa —dijo Ruebens.

—Eso suena como una amenaza, Jerry.

Ruebens sonrió, una sonrisa muy desagradable.

—Humanos Primero cree que el fin justifica los medios, Anita.

Abrí mi chaqueta púrpura. Dentro había una pistolera de hombro completa con un 9 mm Hi‐power Browning. El delgado cinturón de la falda púrpura era lo bastante grande para esconder la pistolera. Lo más chic del terrorista ejecutivo.

—En lo que se refiere a la supervivencia, Jerry, también lo creo.

—No la hemos amenazado —dijo Inger.

—No, pero aquí Jerry piensa en ello. Sólo quiero que él y el resto de su pequeño grupo sepa que voy en serio. Métanse conmigo y alguien morirá.

—Hay docenas de los nuestros —dijo Ruebens—, y usted está sola.

—Sí, ¿pero quién va a ser el primero en la fila? —dije.

—Basta ya, Jeremy. Sra. Blake, no vinimos aquí para amenazarla.

Vinimos por su ayuda. Volveremos con un plan mejor y hablaremos otra vez.

—No lo traiga —dije.

—Por supuesto —dijo Inger—. Vamos, Jeremy.

Abrió la puerta. Un golpeteo suave de llaves vino desde el exterior de la oficina.

—Adiós Sra. Blake.

—Adiós, Sr. Inger, ha sido realmente desagradable.

Ruebens se detuvo en la entrada y dijo entre dientes:

—Es una abominación ante Dios.

—Jesús le ama también —dije sonriendo.

Cerré de golpe la puerta tras ellos. Infantil.

Me senté en el borde de mi escritorio y esperé a asegurarme que se habían marchado antes de salir. No pensaba que intentaran algo en el aparcamiento, pero realmente no quería tener que comenzar a pegarle tiros a la gente. Ah, lo haría si tuviera que hacerlo, pero era mejor evitarlo.

Había esperado que enseñar el arma haría que Ruebens se echara atrás.

Parecía haberle enfurecido. Giré mi cuello tratando de aliviar un poco la tensión. No funcionó.

Podía irme a casa, ducharme y conseguir ocho horas de sueño ininterrumpido. Glorioso. Mi busca sonó. Me sobresalté como si hubiera sido pinchada. Nerviosa, ¿yo?

Golpeé el botón, y el número que apareció me hizo gemir. Era la policía. Para ser exactos, era el Equipo de Investigación Preternatural Regional. La Escuadrilla de Espectros. Eran responsables de todos los delitos preternaturales en Missouri. Yo era su experta civil sobre monstruos. A Bert no le gustaba que trabajara con ellos, pero la publicidad era buena.

El busca sonó otra vez. El mismo número.

—Mierda —dije suavemente—. Ya lo oí la primera vez, Dolph.

Pensé en fingir que me había ido ya a casa, había apagado el busca y no estaba disponible, pero no lo hice. Si el sargento detective Rudolf Storr me llamaba después del amanecer, era que necesitaba mi experiencia.

Rayos.

Llamé al número, y tras una serie de operadoras, finalmente oí la voz de Dolph. Su voz sonó remota y metálica Su esposa le había regalado un teléfono móvil para su cumpleaños. Debíamos estar cerca del límite de la señal. Aún apretaba el botón antes de hablar como si fuera la radio de la policía. Siempre sonaba como un idioma distinto.

—Hola, Dolph, ¿qué pasa?

—Homicidio.

—¿Qué clase de homicidio?

—La clase que necesita tu experiencia —dijo.

—Es demasiado temprano para jugar a las veinte preguntas. Sólo dime que ha pasado.

—Despertaste en el lado equivocado de la cama esta mañana, ¿verdad?

—No he podido acostarme aún.

—Te compadezco, pero te necesito aquí. Parece que tenemos una víctima de vampiro en nuestras manos.

Respiré hondo y lo solté despacio.

—Mierda.

—Se podría decir eso.

—Dame la dirección —dije.

Lo hizo. Era cerca del río, en los bosques, en el camino del diablo y llegando a Arnold. Mi oficina estaba a las afuera del Bulevar Verde Oliva.

Tenía un paseo de unos cuarenta y cinco minutos por delante. ¡Estupendo!

—Estaré allí tan pronto como pueda.

—Esperaremos —dijo Dolph, después colgó.

No me molesté en decir adiós al tono de llamada. Una víctima de vampiro. Nunca había visto una matanza solitaria. Eran como las patatas fritas, una vez que los vampiros las probaban, no podían quedarse con sólo una. El quid era, ¿cuántos morirían antes de que agarráramos a éste?

No quise pensar en ello. No quería conducir hasta Arnold. No quería contemplar cadáveres antes del desayuno. Quería irme a casa. Pero de alguna manera no creía que Dolph lo entendiera. La policía tiene muy poco sentido del humor cuando trabajan en un caso de asesinato.

Pensando en eso, yo tampoco.

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