Huesos Sangrientos

Cuando los monstruos están implicados, nunca es sólo un cuerpo muerto. De una manera o de otra los muertos se multiplican.

Primero estaban los muertos del cementerio, doscientos años llevan descansando. He sido contratada para reanimarlos y decidir una disputa sobre la posesión de las tierras donde estaban enterrados. Luego aparecen tres adolescentes muertos en el bosque, de un modo que nunca había visto antes. Después encuentran a esa niña muerta, totalmente desangrada encima de su cama. Sabía muy bien lo que eso significaba, no se necesita tener un master en estudios paranormales para ver que algo raro esta sucediendo en Branson, Missouri. Y yo era justo el centro de todo ello. Mi nombre es Anita Blake, bienvenido a mi vida…

CAPITULO 1

Era el Día de San Patrick, y lo único verde que llevaba puesto era una chapa que decía, Pellízcame y eres hombre muerto. Había comenzado el trabajo anoche con una blusa verde, pero me la había manchado de sangre del pollo decapitado. Larry Kirkland, reanimador en período de entrenamiento, había dejado caer al ave decapitada. Lo que provocó que el pollo sin cabeza bailara, rociándonos a todos con la sangre. Finalmente atrapé al maldito animal, pero la blusa estaba arruinada.

Tuve que correr a casa y cambiarme. Lo único que no estaba arruinado era la chaqueta del traje gris carbón que había dejado en el coche. Me la coloqué encima de una blusa negra, falda negra, medias oscuras y botas negras. A Bert, mi jefe, no le gustaba que fuéramos a trabajar de negro, pero si tenía que estar en la oficina a las siete sin haber dormido nada, tendría que vivir con eso.

Me acurruqué alrededor de mi jarra de café, bebiéndolo tan negro como podía tragarlo. No ayudaba mucho. Miré una serie de fotos brillantes de 8 x 10 encima de mi escritorio. La primera era de una colina que había sido removida, probablemente por una excavadora. Una mano esquelética salía de la tierra. La siguiente foto mostraba que alguien había tratado de retirar con cuidado la suciedad, mostrando el ataúd astillado y los huesos a un lado del ataúd. Un nuevo cuerpo. La excavadora había vuelto otra vez. Había apartado la tierra y encontrado un cementerio. Los huesos salpicaban la tierra como flores dispersas.

Un cráneo extendía sus mandíbulas en un grito silencioso. Un mechón pálido de pelo aún se aferraba a él. La tela oscura, manchada, envuelta alrededor del cadáver, eran los restos de un vestido. Descubrí al menos tres fémures al lado de la mitad superior de un cráneo. A menos que el cadáver hubiera tenido tres piernas, teníamos delante un verdadero lío.

Las fotos estaban bien hechas, aunque de una forma horripilante. El color hacía más fácil distinguir los cadáveres, pero demasiado brillantes. Parecían fotos de un depósito de cadáveres hechas por un fotógrafo de moda.

Probablemente habría alguna galería de arte en Nueva York que colgaría las malditas fotos y serviría queso y vino mientras la gente las observaría diciendo: «Fuerte, ¿no cree? Muy fuerte».

Eran fuertes y tristes.

Solamente había fotos. Ninguna explicación. Bert me había dicho que fuera a su oficina después de que las hubiera visto. Me lo explicaría todo. Sí, y yo le creía. Y el Conejito de Pascua es amigo mío, también.

Junté las fotos, las metí en el sobre, cogí mi jarra de café con la otra mano y fui hacia la puerta.

No había nadie en el despacho. Craig se había ido a casa. Mary, nuestra secretaria de día, no entraba hasta las ocho. Era un espacio de dos horas en el que la oficina no era dirigida por nadie. Que Bert me llamara a su oficina cuando éramos los únicos allí me molestó mucho. ¿Por qué el secretismo?

La puerta de la oficina de Bert estaba abierta. Él se sentaba detrás de su escritorio, bebiendo café y revolviendo algunos papeles. Me echó un vistazo, sonrió y me hizo señas para que me acercara. La sonrisa me molestó. Bert nunca era agradable a menos que quisiera algo.

El traje de mil dólares enmarcaba blanco sobre blanco, con la camisa y la corbata. Los ojos grises centelleaban con alegría. Sus ojos son del color del cristal de una ventana sucia, así que centellear es un verdadero esfuerzo. Su pelo rubio como la nieve había sido cortado de nuevo. El corte era tan corto, que podía verle el cuero cabelludo.

—Siéntate, Anita.

Dejé el sobre en su escritorio y me senté.

—¿Qué estás haciendo, Bert?

Su sonrisa se ensanchó. Por lo general, no usaba la sonrisa en nadie que no fuera un cliente. Seguro que no la desaprovecharía en mí.

—¿Viste las fotos?

—Sí, ¿y qué?

—¿Podrías levantar esos muertos?

Le miré ceñuda y bebí a sorbos mi café.

—¿Qué edad tienen?

—¿No podrías decirlo por las fotos?

—En persona podría decírtelo, pero no con sólo mirar unas fotos. Contesta la pregunta.

—Cerca de doscientos años.

Simplemente le observé.

—La mayor parte de los reanimadores no podrían levantar a un zombi tan viejo sin un sacrificio humano.

—Pero tú puedes —contestó.

—Sí. No vi ni una lapida en las fotos. ¿Tenemos algún nombre?

—¿Por qué?

Sacudí la cabeza. Había sido el jefe durante cinco años, emprendió la compañía cuando sólo eran él y Manny y no sabía ni una mierda sobre la reanimación de muertos.

—¿Cómo puedes haber estado alrededor de un puñado de reanimadores durante estos años y saber tan poco sobre lo que hacemos?

La sonrisa desapareció un poco, el brillo comenzó a decolorarse en sus ojos.

—¿Por qué necesitas nombres?

—Se usan nombres para llamar al zombi de la tumba.

—¿Sin un nombre no puedes levantarlos?

—Teóricamente, no —dije.

—Pero tú puedes hacerlo —repitió. No me gustaba lo seguro que estaba.

—Sí, puedo hacerlo. John, probablemente también pueda hacerlo.

Sacudió la cabeza.

—No quieren a John.

Terminé lo último de mi café.

—¿Quiénes son?

—Beadle, Beadle, Stirling & Lowenstein.

—Un bufete de abogados —dije.

Asintió.

—No más juegos, Bert. Sólo dime qué demonios está ocurriendo.

—Beadle, Beadle, Stirling & Lowenstein tienen a algunos clientes que han construido un centro vacacional muy lujoso en las montañas cerca de Branson. Un complejo muy exclusivo. Un lugar donde las estrellas ricas del país, que no poseen una casa en la zona, puedan ir para escapar de las multitudes. Millones de dólares están en juego.

—¿Y qué tiene que ver el viejo cementerio con eso?

—La tierra en la que construyen se disputó entre dos familias. Los tribunales decidieron que los Kellys poseían la tierra y les pagaron mucho dinero. La familia Bouvier afirmó que esa era su tierra y había una conspiración familiar para demostrarlo. Pero nadie podía encontrar el cementerio. Ah.

—Lo encontraron —dije.

—Encontraron un viejo cementerio, pero no necesariamente el que la familia Bouvier afirmaba.

—¿Entonces quieren levantar a los muertos y preguntarles quiénes son?

—Exactamente.

Me encogí de hombros.

—Puedo reanimar un par de cadáveres de los ataúdes. Preguntarles quiénes son. ¿Qué pasaría si el apellido es Bouvier?

—Tienen que comprar la tierra por segunda vez. Piensan que algunos cadáveres son Bouviers. Por eso quieren reanimar a todos los cuerpos.

Levanté las cejas.

—Bromeas.

Sacudió la cabeza, parecía contento.

—¿Puedes hacerlo?

—No sé. Dame las fotos otra vez. —Puse la jarra de café en su escritorio y volví a coger las fotos—. Bert, han mezclado todo como una feria en domingo.

Esto es una fosa común gracias a las excavadoras. Los huesos están todos mezclados. Sólo he leído sobre un caso de alguien que reanimara a un zombi de

una fosa común. Pero llamaban a una persona específica. Tenían un nombre. —Sacudí la cabeza—. Sin un nombre, puede ser imposible.

—¿Querrías intentarlo?

Extendí las fotos sobre el escritorio, contemplándolas. La parte superior de un cráneo se había puesto de arriba abajo como un plato hondo. Al lado, dos huesos de dedos que estaban atados por algo seco que debió ser una vez tejido humano. Huesos, huesos en todas partes, pero no un nombre al que llamar. ¿Podría hacerlo? Francamente, no lo sabía. ¿Quería intentarlo? Sí. Quería.

—Querría intentarlo.

—Maravilloso.

—Levantando unos cuantos cada noche me va a llevar semanas, si es que puedo hacerlo. Con la ayuda de John sería más rápido.

—Esto les costará millones si se retrasa mucho tiempo —dijo Bert.

—No hay ningún otro modo de hacerlo.

—Levantaste al clan entero de la familia Davidsons, incluyendo al tatarabuelo. Aún sin haberte propuesto hacerlo. Puedes levantar más que de uno en uno.

Negué.

—Fue un accidente. Alardeaba. Quisieron reanimar a tres miembros de la familia. Pensé que podría ahorrarles dinero si lo hacía todo a la vez.

—Levantaste a diez miembros de la familia, Anita. Sólo pidieron tres.

—¿Tantos?

—Entonces, ¿puedes reanimar el cementerio entero en una noche?

—Estás loco —dije.

—¿Puedes hacerlo?

Abrí la boca para decirle que no, y la cerré. Había reanimado un cementerio entero una vez. No todos tenían dos siglos de antigüedad, pero algunos habían sido aun más viejos, casi trescientos. Y los reanime a todos. Por supuesto, tenía dos sacrificios humanos de los que tomar el poder. Esa era una larga historia, de cómo acabé con dos personas muertas dentro de un círculo de poder. Defensa propia, pero a la magia no le importó. La muerte es la muerte. ¿Podría hacerlo?

—Realmente no lo sé, Bert.

—Eso no es un no —contestó. Tenía una mirada impaciente, de anticipación, en su cara.

—Deben haberte ofrecido un buen montón de dinero —dije.

Sonrió.

—Presentamos un presupuesto para este proyecto.

—¿Hicimos qué?

—Nos enviaron a este grupo, la Resurrection Company, en California, y la Essential Spark, en Nueva Orleans.

—Ellos prefieren Élan Vital, que la traducción inglesa —dije. Francamente, sonaba más a un salón de belleza que a una empresa de reanimación, pero nadie me había preguntado—.Y entonces, ¿qué? ¿La oferta más baja se lleva el trabajo?

—Ese era su plan —dijo Bert.

Parecía completamente satisfecho de sí mismo.

—¿Qué? —pregunté.

—Déjame explicártelo otra vez —dijo—. Hay cuantos, ¿tres reanimadores en el país entero que podrían levantar a un zombi viejo sin un sacrificio humano? Tú y John sois dos de ellos. Además de Phillipa Freestone, de Resurrection.

—Probablemente —dije.

Asintió..

—Bien. ¿Podría Phillipa levantar sin tener un nombre?

—No tengo ninguna forma de saberlo. John podría. Tal vez ella también.

—¿Podría ella o John, levantarlos de un fosa común sin estar en un ataúd?

Esto me detuvo.

—No lo sé.

—¿Cualquiera de ellos tienen alguna posibilidad de levantar el cementerio entero? —Me observaba muy fijamente.

—Disfrutas demasiado con esto —dije.

—Sólo contesta la pregunta, Anita.

—Sé que John no puede hacerlo. No creo que Phillipa sea tan buena como John, así que no, no pueden hacerlo.

—Estoy por encima de la oferta —dijo Bert.

Me reí.

—¿Por encima de la oferta?

—Nadie más puede hacerlo. Nadie salvo tú. Intentaron tratar esto como cualquier otro asunto de construcción. Pero no va a haber ninguna otra oferta, ¿ahora la hay?

—Probablemente no —contesté.

—Entonces voy a limpiarlos del mapa —dijo con una sonrisa.

Sacudí la cabeza.

—Eres un avaro hijo de perra.

—Te llevas una parte de los honorarios, lo sabes.

—Lo sé. —Nos miramos el uno al otro—. ¿Y si lo intento y no puedo reanimar a todos en una noche?

—Aún serías capaz de levantarlos a todos al final, ¿verdad?

—Probablemente. —Me levante recogiendo mi jarra de café—. Pero yo no gastaría el cheque hasta que lo haya hecho. Voy a irme a ver si duermo algo.

—Quieren el presupuesto esta mañana. Si aceptan nuestros términos, vendrán a por ti en un helicóptero privado.

—Helicóptero, sabes que odio volar.

—Pero por todo ese dinero, volarás.

—Genial.

—Estate lista para que te avise en cualquier momento.

—No me presiones, Bert. —Vacilé en la puerta—. Déjame llevar a Larry conmigo.

—¿Por qué? Si John no puede hacerlo, Larry seguramente no pueda.

Me encogí de hombros.

—Tal vez no, pero hay formas de combinar el poder durante un levantamiento. Si no puedo hacerlo sola, tal vez pueda conseguir un aumento de poder de nuestro aprendiz. Parecía pensativo.

—¿Por qué no llevar a John? Combinados, podrías hacerlo.

—Sólo si comparte su poder voluntariamente. ¿Crees que haría eso?

Bert negó con la cabeza.

—¿Vas a decirle que el cliente que no lo quiso? ¿Qué le propusiste al cliente que lo hiciera él y ellos preguntaron directamente por mí?

—No —dijo Bert.

—Por eso lo estás haciendo así, sin testigos.

—El tiempo es esencial, Anita.

—Seguramente Bert, pero no quisiste decirle al Sr. John Burke que otro cliente me prefiere antes que a él.

Bert se miró las manos, cuyos dedos aferraban el borde del escritorio. Alzó la vista, los ojos grises serios.

—John es casi tan bueno como tú, Anita. No quiero perderle.

—¿Crees que continuará si algún cliente más me elige a mí?

—Eso hiere su orgullo —dijo Bert.

—Y hay tanto de él para dañar —contesté.

Bert sonrió.

—Tus ataques verbales no ayudan.

Me encogí de hombros. Sonaba mezquino decir que él había empezado, pero lo había hecho. Habíamos tratado de salir juntos, pero John no podía manejar que fuera una versión femenina de él. No, él no podía manejar que fuera una versión mejor de él.

—Intenta comportarte, Anita. Larry no es suficiente, necesitamos a John.

—Siempre me comporto, Bert.

Suspiró.

—Si no me hicieras ganar tanto dinero, no aguantaría toda tu mierda.

—Idem —contesté.

Esto resumía nuestra relación. El negocio. No nos gustábamos mutuamente, pero podíamos trabajar juntos. Sociedad libre para trabajar.

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